Algunos miembros de nuestra Familia Religiosa han dado, por medio de pequeños videos, testimonios muy edificantes sobre su vocación, su amor a la misión y a la Congregación. Yo quisiera expresar lo mismo por medio de esta crónica, esperando que se sigan los mismos efectos…

Este escrito es un poco particular, porque no son hechos ocurridos días atrás, ni siquisera algunos meses, sino hace 20 años, un 14 de septiembre de 1997…

LOS PREPARATIVOS DE LA ESPOSA…

Habían pasado dos años desde el inicio de nuestra misión en Tierra Santa cuando llegó el momento de hacer los votos perpetuos. En ese entonces, solo 4 hermanas constituíamos la presencia de las SSVM en Medio Oriente: María de la Contemplación, María Pía, María de Guadalupe, y yo.

La mayor parte de las hermanas de nuestro grupo de noviciado “San Bernardo”, habían hecho los votos perpetuos en Argentina, el 15 de agosto de ese año. A la Hna. Guadalupe y a mí se nos preguntó si queríamos hacer la profesión con ocasión de la visita del P. Buela, que vendría a predicar Ejercicios Espirituales a los Padres del IVE de la Provincia de Medio Oriente (presentes entonces en Sudán, Egipto, Jordania y Tierra Santa).

Es cierto que cuando hicimos la primera profesión religiosa fue con la intención de hacerla para siempre; pero ahora había llegado el momento establecido por nuestras Constituciones para renovar esa entrega a Jesucristo de modo perpetuo, por ende pasaríamos a formar parte del Instituto definitivamente.

Lo primero y más importante fue hacer los Ejercicios Espirituales, que fueron predicados en Ortás por el P. Luis Montes. El lugar no podía ser más acorde para meditar sobre nuestras bodas con el Divino Esposo, ya que fue allí donde, según la tradición, el Rey Salomón escribió el Cantar de los Cantares, el Canto bíblico del Esposo y la Esposa; figura de Cristo y la Iglesia, del desposorio de Cristo con cada el alma, y con mayor razón, con toda alma consagrada.

En el Huerto cerrado fue la preparación espiritual, las bodas serían en otro Huerto… el de Getsemaní.

Para la Santa Misa fue elegida la Basílica de la Agonía, a los pies del Monte de los Olivos, en Jerusalén; conocida también como de las Naciones (porque colaboraron muchas Naciones en su construcción, entre ellas, Argentina). La Basílica, obra del arquitecto italiano Barluzzi, es en realidad como una gran custodia, porque guarda en su interior la roca sobre la cual Nuestro Señor oró a Su Padre, donde sufrió su agonía la noche del Jueves Santo, la roca que recibió como un cáliz las gotas de su sangre. Esta Roca es parte del presbiterio y está rodeada de una gran corona de espinas hecha en hierro. Junto a la Iglesia se halla el Huerto de los Olivos, donde según la tradición Jesús dejó a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, mientras se retiraba a rezar a pocos metros de allí.

Llegó por fin el 14 de septiembre. Apenas nos levantamos encontramos en distintos puntos de la casa carteles preparados por las hermanas, que nos recordaban lo grandioso de aquel día: Esposas de Cristo para siempre… ¿Estábamos soñando o era verdad? En pocas horas se sellaría en la tierra, en Su tierra, nuestra unión con Cristo por medio de los votos religiosos y el eco de esta profesión resonaría en el Cielo por toda la eternidad. Es verdad que de este modo daríamos para siempre nuestro “Si” a Jesucristo, pero en realidad se trataba de una “respuesta”; la llamada, la vocación, era una iniciativa de Su amor misericordioso y preferencial: “No me habéis elegido vosotros a mí, —dijo Jesús— sino que yo os he elegido a vosotros y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca” (Jn 15, 16).

Parafraseando a San Juan Pablo II podemos decir que fuimos seducidas por el fulgor de Aquel que es “el más hermoso de los hijos de Adán”, el Incomparable. Fuimos llamadas para señalar con nuestra vida al Verbo Encarnado como meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano[1].

SOBRE LA ROCA DE LA AGONÍA

Como la ceremonia sería por la tarde, dedicamos la mañana de ese día a embellecer la Iglesia y terminar de preparar la liturgia. Cuando ya faltaba poco para finalizar el trabajo, surgió una pregunta crucial que le hicimos al sacristán franciscano: ¿Tendrían una alfombra para la postración? Él nos respondió que la buscaría y la tendría lista para la tarde… De camino a casa surgió otra cuestión, a simple vista un poco descabellada: ¿Y si hacemos la postración sobre la misma roca de la Agonía? Por el momento quedó todo en suspenso, era mejor consultar. Cuando por la tarde llegamos nuevamente a la Basílica, salió a nuestro encuentro el sacristán (que era al mismo tiempo el Padre Guardián de aquel lugar Santo); traía en sus manos una alfombra y con una sonrisa de satisfacción nos dijo: “la alfombra ya está limpia”. Le agradecimos mucho, pero… igualmente le hicimos “la pregunta esencial”: — ¿Será posible que hagamos la prostración sobre la Roca de la agonía? Después de mirar la alfombra y con cierto asombro, respondió: — “Nunca nadie lo ha hecho, pero si quieren…” Nunca nadie lo había hecho… Efectivamente, habíamos asistido a una profesión solemne de un hermano franciscano amigo nuestro y al menos, en esa ceremonia, la postración se había realizado delante de la balaustra que rodea el presbiterio, no sobre la Roca….

A las 17 hs tuvo inicio la Santa Misa. Fue presidida por el R. P. Carlos Buela y concelebrada por los sacerdotes del IVE presentes en Tierra Santa y los que habían venido para los Ejercicios Espirituales. Después de la homilía, se nos preguntó si queríamos consagrarnos más íntimamente a Aquel que nos había llamado con el nuevo y especial vínculo de la profesión perpetua. Respondimos: Sí. Luego siguió el momento de la postración mientras se cantaban las letanías de los santos, pidiendo a Dios humildemente que nos confirmara en nuestro “santo propósito”. Aún tengo muy vivo el recuerdo, como en cámara lenta, cuando pasamos adelante con la Hna. Guadalupe, nos arrodillamos primero sobre la roca, y poco a poco con gran reverencia y hasta con cierta timidez, nos postramos. Nunca nadie lo había hecho…y ¿Por qué Jesús había escogido a  dos Servidoras? Más allá de que fuésemos nosotras o no, eran dos miembros de nuestra Congregación, por lo cual, implicaba una gracia para toda la Familia Religiosa. ¿Por qué Jesús, para sellar nuestra unión definitiva, quiso llevarnos no solo hasta el Huerto de los Olivos, donde había dejado a sus discípulos predilectos sino aún más adentro, al lugar donde Él rezó y sufrió en absoluta soledad?

Esa roca bendita era la misma sobre la cual el Cordero Inmaculado se ofreció víctima para restituir el honor del Padre y pagó, no con algo efímero, con oro o plata, sino con Su Sangre, lo que Él no había robado… o sea, por los pecados de todos los hombres de todos los tiempos.

¿Por qué nosotras, Señor? ¿Por qué quisiste que el día de nuestra profesión perpetua, postradas humildemente besáramos aquel lugar Santo, apoyando nuestro corazón donde Tu Corazón Divino sufrió una agonía atroz, como ningún hombre sufrió ni podrá sufrir jamás? ¿Quizá querías llevarnos hasta allí para enseñarnos dónde y cómo querías ser consolado por quienes llevamos el nombre de Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, por quienes debemos distinguirnos por el amor a la cruz, de la que tomamos dicho nombre?

A la postración siguió la lectura de la fórmula de la profesión perpetua, declarando que hacíamos oblación de todo nuestro ser para que nuestra vida fuese memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús, el Verbo hecho carne, ante el Padre y ante los hombres.

Libremente comprometimos todas nuestras fuerzas para no ser esquivas a la aventura misionera, para inculturar el evangelio, para prolongar la encarnación del Verbo…para ser como otra humanidad de Cristo…

Ante todos los presentes hicimos voto de vivir para siempre en castidad, pobreza y obediencia para seguir más íntimamente a Cristo; y un cuarto voto de consagración a María en esclavitud de amor. Luego, sobre el mismo altar donde se ofrecería la Divina Víctima, firmamos el acta de profesión.

Después el P. Buela nos puso a cada una la alianza, y la M. Contemplación nos puso las coronitas, ambos signos de nuestra unión esponsal con Jesucristo.

Pero esto no fue todo. Al finalizar la Misa nos hicieron notar, con gran agudeza, que el altar estaba apoyado sobre la Roca de la agonía, por lo tanto, siendo parte de la misma, habíamos hecho nuestra postración sobre el mismo altar donde se había ofrecido el Santo Sacrificio.

Todo lo vivido ese día era iluminado por las palabras de nuestro Directorio de Espiritualidad y se proyectaba como un programa de vida: “Todos los miembros de nuestro Instituto deben perfeccionarse siendo en Cristo una ofrenda eterna para Dios, una víctima viva y perfecta para alabanza de su gloria. Es la actitud del tercer binario de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio […] actitud que hay que vivir permanentemente, sin disminuciones, ni retracciones, sin reservas ni condiciones, sin subterfugios ni dilaciones, sin repliegues ni lentitudes” (DE 73).

ES JUSTO Y NECESARIO DAR GRACIAS

Cada día respondemos en el prefacio de la Santa Misa que “es justo y necesario” dar gracias a Dios. Pues bien, esta crónica quiere ser una acción de gracias, como un Te Deum que se eleve solemne para alabar, en primer lugar, a la Santísima Trinidad por tantos beneficios recibidos; porque después de 20 años de la profesión perpetua y 25 de vida religiosa, haciendo mías las palabras de Santa Teresita puedo decir: “No me arrepiento de haberme entregado al Amor”.

Acción de gracias porque llevo con gran honra y felicidad el hábito que me distingue como Servidora y conservo en lo más profundo del alma, un ardiente anhelo de amar y servir a mi Congregación, a la Familia Religiosa que me recibió en su seno, en la cual crecí, la que me formó y me dio la posibilidad de realizar mi vocación, de ser Esposa del Verbo Encarnado.

Es justo y necesario agradecer a la Santísima Virgen de quien soy hija y esclava de amor; como también a todos los Santos que han intercedido por mi vocación, de manera muy especial a nuestro Patrono San José.

Justo y necesario es agradecer a Dios, porque a través de un instrumento humano que fue nuestro Fundador, dio vida a nuestro Instituto, en el cual pude entrar y recibir cada día, por medio del misterio de la comunión de los santos — y de modo particular del sacrificio y oración de mis hermanos y hermanas en el Verbo Encarnado— gracias y bendiciones que solo Él conoce y que comprenderemos plenamente en el Cielo.

De esto se sigue el deber de agradecer a las superioras que me han acompañado y aconsejado todos estos años, a quienes fueron mis formadoras; a las Servidoras con quienes compartí la vida de misión y los años de vida monástica; a los miembros del IVE que fueron mis directores espirituales, confesores, profesores y predicadores de Ejercicios Espirituales; en fin, a todos los miembros que me edificaron con sus ejemplos.

Es justo y necesario también que agradezca a mis padres y hermanos que me apoyaron en mi vocación desde aquel 15 de marzo de 1992, cuando con 18 años dejé lo que constituía “mi vida” para seguir al Verbo Encarnado.

¡Ya se cumplen 20 años de aquel 14 de septiembre! vividos en medio de bendiciones, grandes alegrías, desafíos misioneros y pruebas… pero siempre bendiciones, porque TODO coopera para el bien de los que aman a Dios, como enseña San Pablo.

Por todo esto y todas las gracias que Dios nos tiene preparadas en su Providencia, repito desde lo más profundo de mi alma: ¡Adelante, Congregación querida, siempre adelante! ¡Sigue floreciendo en vocaciones, porque son un signo patente de la bendición Divina!

¡Sigue creciendo en nuevas fundaciones, evangelizando en los lugares más difíciles y donde nadie quiera ir, porque una sola alma que allí se salve bien justifica todo el sacrificio misionero!

¡Mantén bien en alto el estandarte de la cruz y sigue siempre adelante! hasta que nos encontremos todos juntos en la Patria Celestial para entonar el canto nuevo, que durará toda la eternidad. ¡Todos juntos con Dios y para siempre!

En Cristo y María,

Hna. María del Cielo, SSVM – Monasterio“Madonna delle Grazie” (Velletri, Italia)

13 de septiembre de 2017, I vísperas de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

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[1] Cf. San Juan Pablo II, Exhortación apostólica Vita consecrata, 15 y 16.

 

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