El pasado mes de junio, tuvimos tres fiestas muy importantes en el Duomo de Orvieto, Basílica Catedral Sede de la Diócesis. La Misa Crismal (postergada, por la emergencia COVID), la Misa del Corpus Christi y la Misa de Asunción del Nuevo Obispo, con la participación de numerosos obispos concelebrantes y dos cardenales.  Tres mega ceremonias, celebradas con pocos días de distancia unas de otras; momentos de intensa actividad en la sacristía del Duomo. A esto se le sumó que el Sacristán, que regularmente está siempre, y es una gran tranquilidad saber que él está, ya que conoce todos los particulares … esta vez estuvo ocupado en organizar los ingresos y distribuir los fieles dentro de la iglesia y afuera en la plaza, por lo cual todo el trabajo previo y durante las ceremonias, estuvo a cargo nuestro.

Con dos hermanas que estaban ayudándome en ese tiempo, pudimos preparar todo con suficiente anticipación y gran precisión. Dado que eran muchas cosas a tener en cuenta, dentro de las cosas que se prepararon con anticipación, fue moler mucho incienso, para tener de reserva.

Como ustedes saben, el incienso es uno de los numerosos signos que la liturgia usa para expresar el misterio, los sentimientos, la actitud espiritual. En la liturgia, los signos que se usan son muchísimos: las imágenes sagradas, el color de las vestiduras sagradas, los gestos y actitudes del cuerpo (de pie, arrodillados, postrados, inclinados…) las luces (las velas, los cirios, el cirio pascual..), las sombras (pensemos a la noche de la Vigilia Pascual) … el ritual del fuego … el olio para las unciones (para el crisma, para los enfermos, para los catecúmenos) el agua, las cenizas, el beso de la paz, el signo de la cruz, etc.…la lista podría ser larguísima…Dentro de toda esta lista, está el incienso, es decir, la oración y la veneración hacia Dios.

Tenemos los textos sagrados que atestiguan esto. En el templo de Jerusalén existía el altar del incienso o de los perfumes, símbolo de la oración que subía a Dios[1].  El Evangelio de San Lucas, nos cuenta que Zacarías el padre de Juan el Bautista también ofrecía incienso[2]; el profeta Isaías hace referencia al incienso[3]. En la narración de San Mateo sobre las ofrendas que hacen los Reyes de Oriente al Niño Jesús, se ve el don del incienso[4]. En los Salmos, frecuentemente la oración y la alabanza que se hace a Dios, se comparan con el perfume del incienso que sube hacia Dios; o también tenemos el texto del Apocalipsis de San Juan[5].

En nuestra liturgia actual, el incienso sigue manteniendo el mismo significado: signo de oración, veneración y sacrificio … En la Santa Misa se usa durante la procesión de Ingreso, para incensar el altar, también en el ofertorio, en la proclamación del Evangelio, en la elevación de las especies consagradas … Se inciensa al celebrante como representante de Cristo y se inciensa toda la asamblea como participantes al sacerdocio real y profético de Cristo … en la consagración de un nuevo altar, el incienso se quema propiamente sobre el altar, evidente y clarísima referencia al Antiguo Testamento …. Hay más aún, incluso en la celebración de las exequias, en un funeral. En la misa de cuerpo presente, al finalizar la misma, el cuerpo del difunto es incensado para honorarlo como consagrado en el bautismo y por la unción real del Crisma.

Muchas veces se habla del “incienso quemado” y se hacen hermosas aplicaciones espirituales sobre esa materia, pero hay más que sólo incienso quemado, y es que ese incienso que será quemado, primeramente, debe ser molido. Esta particularidad, del “incienso molido” es pocas veces tenida en cuenta.

Los que han tenido por oficio la sacristía, saben bien que los granos de incienso que se usarán para ser quemados luego en el turibulo, deben ser previamente molidos en un mortero.

Y es mejor molerlo primero, porque así se quema mejor, larga su perfume más rápidamente, ya que, si no fuera molido, no se quemaría en el momento que se lo necesita, demoraría mucho en hacerlo o terminaría ahogando el fuego.

En la Catedral, usamos mucho incienso, para cada ceremonia, los domingos, para cada misa, para la Adoración al Santísimo … se usa mucho, por lo que, las reservas de incienso ya molido, se van gastando rápidamente. Y así fue, después de las tres grandes ceremonias que tuvimos, el incienso molido, que teníamos de reserva, se acabó. Pasaron las ceremonias, y con ellas, pasaron también las hermanas que habían venido a ayudarme, llegó la hora de volver a moler incienso … y estaba vez me tocó hacerlo a mí.

Ese día nacieron estas reflexiones.

El consagrado muchas veces va a ser probado, incluso, va a ser más probado que otros, y es así, tiene que ser así, porque lo exige la misma vocación a la que hemos sido llamados. Una vocación, alta, pero que debe ser cumplida por seres muy débiles e imperfectos, como lo somos. Y es por eso que, en nuestra vida de consagrados y de caminantes hacia la meta, se requiere el trabajo de virtudes, todo el trabajo ascético que implica nuestra subida al monte.

En medio de estas pruebas, se sufre … hay mil ocasiones de sufrir por nuestras propias miserias, sufrir por las miserias de los otros, en definitiva, sufrir porque debemos ser ecos del corazón de Cristo… eco de todos sus amores y eco de todos sus dolores…

El mes de junio pasó, pasaron las fiestas, el cansancio se hizo sentir, pero había que seguir, porque siempre hay que seguir. Y allí me quedé, domingo a la siesta, en el silencio y la soledad de una enorme sacristía, moliendo granos de incienso. Sumergida en profundos pensamientos.

Crash, crash, se sentía solo el ruido del mortero aplastando granos de incienso … y se agolpaban mil recuerdos y experiencias dulces y amargas que se iban presentando a mi memoria …mi alma comenzó a entristecerse y los ojos comenzaron a “humedecerse” un poco … el desenlace era inminente …y se me vino a la mente la carta a los Hebreos “Sacrificios y oblaciones por el pecado no quisiste, pero me has formado un cuerpo” (Heb 10,5) y agregué “y me has dado un corazón tan de carne”! Para qué Dios mío, para qué? ¡Un tonto corazón que solo sabe amar y sufrir! Para qué? Y la respuesta llegó sin demoras: “Para que sea incienso molido!”

Es incienso molido! Mi vida que se va desgastando en el servicio de Dios … 20 años ya en el convento

Es incienso molido! Mis miserias, mis errores, mis yerros, mis faltas de virtud, mis infidelidades …

Es incienso molido! Mis achaques, los años no van llegando solos ….

Es incienso molido! Haber visto partir a mis padres … Pocos afectos me quedan en este mundo …

Es incienso molido! No tener hogar, ni patria, ni asiento en esta vida ….

Es incienso molido! Las dificultades de la misión … las almas que no logré salvar …

Es incienso molido!

-“Qué sentido tiene todo esto?”

-Tiene que ser incienso molido! -me respondí enérgicamente!- Tiene que ser incienso molido! Porque sino, nada de todo esto tendría sentido!

Entonces, con mucha fuerza, sujeté el palo del mortero, el palo que se usa para moler y con gran resolución y paz interior me dije, “pues ahí vamos! A moler el incienso!”

Este grano, es mi miseria … y esto otro, mi orgullo y mi amor propio. Este granito, mis afectos, y este otro granito, mis recuerdos … este granito los buenos momentos, y este otro, las tristezas … y este … y este … y este…

Crash, crash, se sentía solo el ruido del mortero aplastando con fuerza, granos de incienso … arduo trabajo ascético de vida espiritual …

Así fue aquella tarde, silenciosa y desolada en la cual quedaron en la naveta, bien molidos los granitos de mi incienso, listos para ser ofrecidos junto a la Victima.

Pero aquella tarde, durante la última Misa del domingo, mi alma fue consolada por Dios … allí, al sonido grave y profundo del órgano, allí, en el marco de una bellísima catedral gótica del medioevo, allí …  en el momento de la elevación, cuando la Víctima era ofrecida, allí subía en la nube de incienso, el perfume de mi incienso molido y quemado …. El incienso molido de este “hombre viejo”, de este corazón tan de carne. El incienso molido de quien humildemente intenta cada día seguir ofreciéndose a sí mismo como un sacrificio «que agrade a Dios y cuyo olor suba hasta él[6]». Para seguir siendo fiel a nuestra vocación, para imitarlo a Él, a Nuestro Señor Jesucristo, que nos amó y se entregó a si mismo por nosotros, ofreciéndose a Dios «en sacrificio de suave olor»[7]. Porque es incienso molido, y siempre tiene que ser incienso molido! Sino, nada de nuestra vida tendría sentido.

Mariam Kidane Mehret – Misionera en Orvieto, Italia.

 


[1] Ex 30,1 “»Harás también un altar para quemar el incienso. «

[2] Lc 1,8-9 “Mientras Zacarías y los otros sacerdotes de su grupo estaban oficiando ante el Señor, 9.le tocó a él en suerte, según las costumbres de los sacerdotes, entrar en el Santuario del Señor para ofrecer el incienso.»

[3] Is 60,6 « Los de Sabá vendrán todos trayendo oro e incienso, y proclamando las alabanzas de Yavé.»

[4] Mt 2,10 «Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y le adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.»

[5] Ap 8,3-5 «Otro Ángel vino y se puso junto al altar con un badil de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono. Y por mano del Ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos. Y el Ángel tomó el badil y lo llenó con brasas del altar y las arrojó sobre la tierra. Entonces hubo truenos, fragor, relámpagos y temblor de tierra.»

[6] Fil 4,18

[7] Ef 5,2