Queridos todos en el Verbo Encarnado:

Hoy, 9 de agosto, se cumplen ya doce años de nuestra ordenación. Aquel día de 2001 fuimos cuarenta y nueve los ordenados del Instituto del Verbo Encarnado por Mons. Andrea María Erba en la Catedral de La Plata.

Hoy, además, se cumple un nuevo aniversario (77º) del glorioso martirio del beato Mons. Florentino Asensio, obispo de la diócesis de Barbastro, ciudad en la cual nos encontramos providencialmente algunos sacerdotes practicando los Ejercicios Espirituales de mes.

Hoy, por último, se festeja a Edith Stein, santa Teresa Benedicta de la Cruz, religiosa carmelita mártir, patrona de Europa. Dios en su designio ha asociado nuestra fecha de ordenación con esta fiesta, dándonos a esta santa como especial intercesora por nuestro sacerdocio.
Y quiero compartir justamente un escrito suyo, un capítulo de “La ciencia de la Cruz”, en el cual narra la primera Misa de san Juan de la Cruz y su modo vivir el Santo Sacrificio. Creo que puede ser muy útil a todos.

Pido se unan a nuestra acción de gracias y recen por nuestra perseverancia.

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El sacrificio de la Misa

"La Misa de San Juan de la Cruz". Óleo sobre tela, pintado por José Joaquín Magón en el siglo XVIII. Se encuentra en la capilla de San Juan de Dios, en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen (Puebla, México).
“La Misa de San Juan de la Cruz”. Óleo sobre tela, pintado por José Joaquín Magón en el siglo XVIII. Se encuentra en la capilla de San Juan de Dios, en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen (Puebla, México).

«Morir con Cristo para resucitar con él. Esto se hace realidad para todo creyente y especialmente para el sacerdote, en el santo sacrificio de la Misa. Según la doctrina de la fe se trata de la renovación del sacrificio de la cruz. Quien lo ofrece y participa con fe viva, para él y en él sucede lo mismo que aconteció en el Gólgota. Juan siendo niño ayudaba en la santa Misa, sin duda, también en la Orden antes de su ordenación sacerdotal. Sabemos por los relatos de su vida, que la simple contemplación del crucifijo podía ponerle en éxtasis. ¡Cómo hubo de atraerle esta real ofrenda, participando como monaguillo y, más tarde, cuando él mismo la ofrecía! Estamos informados sobre su primera Misa. La celebró en el Convento de Santa Ana en Medina del Campo en septiembre de 1567, quizás en la octava de la fiesta de la Natividad de María, en presencia de su madre, su hermano mayor Francisco y la familia de éste. El santo temor le hubiera retraído de la dignidad sacerdotal, y sólo la obediencia a las indicaciones de sus superiores le hizo superar sus dudas. Entonces, al comienzo de la sagrada celebración, el pensamiento de su indignidad se hizo especialmente vivo. Despertó en él el ardiente deseo de ser totalmente puro, para entrar en contacto con el Santísimo con manos limpias. Así surgió de su corazón la petición de que el Señor le protegiera para que nunca le ofendiera mortalmente. Quería sentir el dolor del arrepentimiento por cada error en que pudiera caer sin la ayuda de Dios, pero sin cometer la culpa. En la consagración oyó las palabras: “Yo te concedo cuanto me pides”. Desde entonces fue confirmado en gracia y tuvo la pureza de corazón de un niño de dos años. Estar limpio de pecado y sentir el dolor – ¿no es esto el auténtico ser-uno con el Cordero sin mancha, que cargó sobre sí el pecado del mundo, no es el Getsemaní y el Gólgota?
 Seguramente, la sensibilidad por la grandeza del santo sacrificio nunca disminuyó en Juan. Sabemos que en Baeza entró en arrobamiento ante el altar, sin concluir la Misa. Uno de los presentes exclamó que tendrían que venir los ángeles para concluir la santa Misa, ya que este santo Padre no se acordaba de que no la había concluido. En Caravaca se le vio, durante la santa Misa, resplandeciente de rayos que salían de la sagrada hostia. Él mismo, en una comunicación confidencial, aseguró que a veces, durante varios días, tuvo que renunciar al Sagrado Sacrificio, porque su naturaleza era demasiado débil para soportar la abundancia del consuelo divino. Especialmente, celebraba gustoso la Misa de la Santísima Trinidad. Existe, de hecho, la más íntima conexión entre este altísimo misterio y el del Santo Sacrificio, instituido por decisión de las tres personas divinas, que se realiza en su honor y nos abre la puerta de su desbordante vida eterna. No podemos imaginar la cantidad de iluminaciones que le fueron participadas al Santo en el altar en el transcurso de su vida sacerdotal. De todas formas, el crecimiento en la ciencia de la cruz, la misteriosa y progresiva transformación en el Crucificado aconteció, principalmente en el servicio del altar.»

 [Sta. Teresa Benedicta de la Cruz, La ciencia de la Cruz, Monte Carmelo (Burgos 2011), 63-64]

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