Hace cuatro días que llegue y recién ahora me siento para escribirles algo. Una gracia enorme poder y tener que hacer apostolado así, hay mucho trabajo, mucha gente y lugares para ir visitar, celebrarles Misa, escuchar confesiones y dar sacramentos. Y los horarios aquí en Maka, donde hago base, son complicados ya que la gente tiene que cumplir horario de trabajo. Eso hace que nos tengamos que juntar a rezar ya entrada la noche, cuando ellos vuelven del trabajo. Entonces, cuando terminamos todas las actividades vamos a pegarnos un baño y a cenar y después de eso el marcador me marca “low battery” … ya no me quedan pilas para sentarme y escribirles algo.

Hoy es un día de lluvia, en principio tenía que salir a visitar unas aldeas (Biak y Konabasi) donde hay una comunidad nueva de católicos. Algo muy interesante, ya les voy a contar más adelante. Pero no conseguí vehículo, y para ir solo y en moto es muy lejos y peligroso, más en un día de lluvia como hoy, los mismos papuanos que están conmigo me lo desaconsejaron… me dijeron ellos mismos “en esa zona la gente es muy ruda-primitiva, no es bueno ir solo”.

Bueno, pero como les decía, ahora que tengo tiempo les escribo y espero poder hacerlo de modo ordenado. La verdad que esta vez cuesta un poco más ponerse a escribir, algunas cosas para mí ya no son así de llamativas como lo eran antes y el trabajo es bastante, pero varios de ustedes me insistieron en que lo haga y al fin de cuentas a mí también me hace bien… aunque no sea indispensable, es uno de los modos que uno tiene para tomar fuerzas y no verse solo en la misión. Porque, si bien es verdad que trabajamos (indignamente) por Cristo y por su Iglesia, también es verdad que tenemos la enorme gracia de estar misionando aquí por ser sacerdotes de la querida familia del Verbo Encarnado, a la cual yo particularmente le debo todo lo que Dios me ha dado desde el día en que descubrí mi vocación sacerdotal (a los diez años). Entonces así también, como por un deber y por muestra de afecto hacia ella, mi familia, les escribo para compartir la belleza de la misión aquí en Papúa.

Y espero también que alguna vez estas líneas puedan servir a alguno para que, animado por Dios, quiera sumarse a esta causa, la de “ir por todo el mundo y anunciar el evangelio” … ¡es tanta la necesidad que hay! En estos días visité otro campamento “6-5 Kamp” donde me decían que el último sacerdote que les celebro la Misa fue el padre Francis, un sacerdote que vino a Vánimo a misionar sólo por unos años y ya hace 3 años que dejó la misión, así que son por lo menos tres los años que allí no se han dado los sacramentos ni celebrado la Santa Misa. Y la necesidad no está solo aquí en Papúa, cuántos son los misioneros que dicen “si acá nos mandasen un misionero más ¡cuánto más podríamos hacer! podríamos comenzar con un colegio, hogarcito o este u aquel otro apostolado, atender mejor a aquel lugar o aquellas otras personas…” Lo que necesitamos son jóvenes generosos, y si no ¿quién se va a encargar de recordarnos que tenemos un alma y que hay que trabajar para salvarla? ¿quién nos va a hacer presente a Jesucristo y a la obra de salvación que Él comenzó?

A veces me viene a la mente la carta de San Francisco Javier donde le escribe a San Ignacio diciendo que quisiera dejar la misión por un momento para volver a la universidad en Paris e invitar a grandes voces a los jóvenes para que se animen a dejar sus cosas y proyectos personales, y entregar así sus vidas a la misión, a Jesucristo, a la salvación de las almas… ¿qué empresa o proyecto más noble que este!? Y además es siempre exitoso y gratificante, porque lo hace, lo completa y lo perfecciona el mismo Jesucristo. Es verdad que exige esfuerzo y no todo es color de rosas, pero así sucede con las cosas que “valen la pena” ¿Qué otro modo mejor que éste para gastar tus días y toda tu persona? Por supuesto, no digo que todos los jóvenes tengan que ser religiosos y misioneros, esa es una vocación que Dios la da y que el hombre indignamente acepta, lo que yo sí quiero decir es que aquellos que son llamados por Dios tienen que animarse a ser generosos y responderle con valentía, con fe, sin titubear. Yo, humildemente les aseguró que si se entregan a Él con generosidad nunca se van a arrepentir, es más, se van a ver incapaces para poder agradecerle.

Si estuviera en mis manos el inexistente poder para “asignar una vocación” a cada persona, seguramente a mis más queridos les daría la vocación sacerdotal y misionera, porque ¡no hay nada más hermoso, grande y lleno de sentido que gastar los años de tu vida en la misión! ¡Nada más gratificante que gastar tus fuerzas para seguir a Jesucristo y salvar las almas!

Bueno, ya me fui del tema, aunque no tanto, esto lo que he estado pensando en estos días. Ahora trato de contarles por orden de los hechos y no tanto de pensamientos.

El Viaje

Antes de salir pude charlar con el p. Robert, un sacerdote indio que ahora vive en Vánimo pero que pasó muchos años trabajando en las parroquias de la selva y él me hizo un mapa de la zona donde el obispo me pidió que asistiera durante estos días de diciembre y año nuevo. Hice algunas compras de comida para llevar, prepare la sacristía y material apostólico y providencialmente pude conocer a Benol, el líder de la comunidad católica de Maka, quien bajo a Vánimo para ver al obispo y con él, además de ponerme al tanto de otros detalles, pude arreglar para que cuando algún camión bajase a Vánimo me llevase la moto hasta Maka[1].

El martes 13 por la mañana celebramos la Misa con el padreTomás en nuestra casa y después de terminar algunos preparativos para el viaje salimos hacia la casa de la diócesis donde cargamos combustible, buscamos la rueda de auxilio de la camioneta y arreglamos con el chofer para que nos llevara. Ahí nos enteramos que dos sacerdotes más se sumaban al viaje para regresar a sus parroquias en la selva. Finalmente se hizo la 1 de la tarde y recién pudimos salir hacia la selva. Íbamos en una Land Crusier “transiter”, y Tomás y yo viajábamos adelante. Tomás venía sólo a acompañarme en el viaje, y atrás Raymond, el chofer de la diócesis, los otros dos sacerdotes que dejábamos en el camino y un seminarista de nuestra parroquia, Newton, que estando de vacaciones en su casa me pidió si podía venir a la selva conmigo. Cosa muy providencial porque me está ayudando una barbaridad.

El viaje estuvo bien interesante, para mí especialmente, ya que le pedí al chofer si podía manejar yo para conocer los caminos y tomar experiencia. Fue muy bueno, no sé si los demás opinaran lo mismo… El chofer iba atrás y me iba explicando y advirtiendo, conocía el camino de memoria y con detalles. Maka Base Camp está a unos 150 km de Vánimo (al menos eso nos marcó el kilometraje del vehiculo al llegar), fueron 5 horas de viaje entrando desde la costa hacia el centro de Papúa, todo camino de ripio sobre la montaña, camino que abren las mismas empresas para extraer la madera. Algunos de estos caminos están abandonados y casi intransitables. Desde que las empresas dejan de usarlos y mantenerlos la selva se los come, literalmente hablando. En una parte, cruzando un río nos quedamos empantanados… ¡la embarré! (también literalmente), pero Raymond después de darme un par de indicaciones que no supe seguir, tomó el volante y en un rato salimos del fangal ¡gracias Raymond!

[1] Una moto de la diocesis, Yamaha 200, todo terreno, que me serviría para visitar otras comunidades cercanas, ya que las aldeas de la zona en su mayoría están comunicadas por caminos transitables por vehículos, hechos por las empresas que talan árboles.


Continua en otra crónica…

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