Ya estoy de vuelta en Vánimo después de haber pasado navidad y año nuevo en la selva. En Maka me fue casi imposible escribir más. Disculpen, ahora ya no es lo mismo: los detalles e impresiones se van perdiendo, pero hice un momento y espero poder terminar esto que comencé, tratando de recordar y contarles al menos lo más interesante.

El primer día cuando llegamos, ya de noche, lo primero que hicimos fue sentarnos con el catequista y con Benol, el líder del lugar, para ponernos de acuerdo con los horarios de misa, rosario y demás actividades.

La primera semana la dedicamos a preparar a la gente que tenía que recibir los sacramentos, bautismos, comunión y confesión. Con esto me ayudó muchísimo Newton, el seminarista. Por las mañanas, después de Misa, él daba catecismo. Después de unos días vimos que algunos no estaban viniendo, entonces comenzamos a hacer el “santo lío” de las misiones populares. Yo lo acompañé una vez, algunos tenían vergüenza… les explicamos que lo que ellos gritaban Jesús mismo lo escuchaba en el cielo. Fue muy bueno, para mí era volver a los años de seminario, gritar el “ho-alele” en Pidgin… Después las mismas madres venían con nosotros para hacer el “santo lío”. Por la tarde, cuando los hombres volvían del trabajo, hacíamos como un pequeño acto misionero: rosario, sermón misionero y controversia a veces, cuando les daba lugar a hacer preguntas… Eso era muy interesante, porque a pesar de ser muy vergonzosos hacían preguntas, y eso me ayudaba mucho para “afilar la mira” en los sermones.

Durante el día Newton se quedaba con las clases de catequesis y yo podía irme a preparar el sermón de la noche o a visitar las aldeas. En todas las aldeas donde fui tenían niños y no tan niños para recibir el bautismo. En una de esas fueron los mismo hijos del pastor los que querían bautizarse: su padre y pastor de la aldea los autorizaba[1], algo del todo singular. Allí también la gente del lugar nos pedía que hiciéramos una capilla católica, porque no hay ninguna y la gente del lugar no vive ninguna fe. Antes seguían una secta (SDA) pero hoy son muy pocos los que la frecuentan.

Hay detalles interesantes. Por ejemplo, el catequista me contó de dos familias que vivían muy lejos y que hace tiempo que esperaban un sacerdote para bautizar sus 3 o 4 hijos más pequeños. Yo traté de mandarles el aviso para que ellos mismos bajaran a donde estábamos nosotros, pero no fue posible. Entonces fui yo en la moto. Después de hora y media (que podría haber sido sólo una si no me hubiera perdido en el camino) ví en el camino unos niños, eso me alegró porque la aldea no debería estar lejos. Les pregunte por “Joel” y me señalaron un hombre que venía caminando: venía con el machete en una mano y el arco y las flechas en la otra. Yo me dije “parece que hoy no tenemos bautismos…”. Cuando se acercó nos pusimos a hablar. Era un hombre muy bueno, y se iba de cacería junto con otros hombres para tener algo de “abus” (carnes) en esos días de Navidad. Joel me llevó a su casa todo contento. Allí conocí a su familia, y arreglamos para hacer los bautismos al día siguiente. Después me convidaron un vaso de agua y una banana hervida que era lo único que tenían, y se lamentaban de no tener otra cosa para convidarme. Yo les dije que no se hicieran problema, que la banana estaba exquisita, y que en todo caso mañana comeríamos jabalí después de la cacería de Joel y los suyos. Al día siguiente fui a verlos, me esperaban ya listos. Hicimos los bautismos y después celebramos con bananas hervidas en leche de coco y pinchos de jabalí, y yo me decía “¿Quién te hubiera dicho Tincho, acá en la selva y comiendo cosas tan ricas? ¡Un manjar!”

La segunda semana bajamos un poco el ritmo de trabajo. Yo necesitaba más tiempo de “conexión al cargador” para recuperar fuerzas y le propuse a Newton que hiciéramos la adoración después de la siesta y no por la mañana antes de Misa. Además, providencialmente creo, a la moto se le pinchó la rueda delantera, así que no podía salir a visitar las aldeas hasta conseguir como arreglarla. Esa semana él se puso a preparar un pesebre viviente con los niños de Maka.

Smok

A la otra aldea llamada “Smok”, esta sí bien católica, llegué a visitarlos por primera vez justo el sábado 24 por la tarde. Estaban con el catequista preparando la capilla para celebrar la Navidad esa noche. Se pusieron felices cuando les dije que el domingo iba a venir de nuevo a celebrarles la Misa de Navidad, porque no se lo esperaban. Esa misma noche cuando regresé al Campamento en Maka, le pedí al jefe del campamento que me prestara un vehículo, porque los días estaban muy lluviosos para andar en moto y además de la sacristía quería llevar algunos monaguillos y jóvenes para que ayudaran con los cantos. Me prestaron una camioneta que yo acepté agarrando sólo las llaves…  pero cuando nos levantamos el domingo y la vi mejor, empecé a dudar de si ir en camioneta o en moto. Para arrancarlo había que sostener los bornes de la batería para que haga bien el contacto y arranque, o si no había que empujarla. Por el interior, junto a la palanca de cambios, se veía el motor y se recibía su aire calefaccionado, y para completarla no le andaba el limpia parabrisas. Pero la opción de la moto era imposible, llovía mucho… y la gente estaba esperando en Smok: era domingo de Navidad y más de 60 niños esperaban el bautismo. Después de un rato, cuando se calmó la lluvia, salimos. El catequista iba de copiloto, tirando de dos sogas que salían una por su ventana y la otra por la mía y movían las varillas del limpia parabrisas… parece chistoso, pero fue muy útil. Y cuando el catequista le agarró la mano al movimiento lo empezó a hacer creo mejor que el motor mecánico. Allí en Smok, el catequista del lugar tenía más de 60 niños listos para recibir el bautismo. Cuando les daba el bautismo vi que varios tenían más de 10 años de edad. Entonces terminada la Misa arreglamos con el catequista del lugar para que preparase a los más grandes para el sacramento de la comunión y confesión, y que yo los iba a ir a ver el último día antes de volver a Vánimo y darles la primera comunión a los que estuvieran listos. Ese fue otro gran día. Terminado todo empujamos la camioneta, arrancó y nos volvimos despacio y contentos, y el catequista de nuevo maniobrando con las sogas porque la lluvia aún no había parado.

Continuará…


[1] Para  mi sorpresa ya estaban preparados y listos. Los preparó una señora, muy buena católica, nacida en otra aldea católica pero casada con un hombre de allí.

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