Tuve la oportunidad también de ir a visitar al padre Jens y las aldeas de Fas-Figeri. Allí hice mis primeros bautismos y celebramos una hermosa Navidad en 2015. Volver allí fue del todo especial: me traía recuerdos cada cosa, las montañas que la rodean, los ríos que la recorren, son ríos de montaña bien particulares, allí me bañaba todos los días… aún el camino mismo con cada una de sus curvas y pendientes. Aquella vez llegamos caminando y con la mochila al hombro. Llegar esta vez tampoco fue tan fácil. Intentamos un día con un vehículo de la empresa, pero el camino estaba roto, tenía una grieta como de dos metros y no pudimos seguir. Una lástima porque ya habíamos arreglado con el padre Jens, para que celebráramos juntos ese 26 de diciembre, pero no se pudo. El día siguiente fui en moto y aunque tampoco pude llegar hasta su casa al menos llegue hasta una de las aldeas y el resto del camino lo hice a pie.

Fue muy bueno ver la gente de nuevo y ver cómo han crecido. Ellos mismos me mostraban, ahora tiene un sacerdote viviendo de modo permanente con ellos. Tienen también un templo nuevo más grande y, aunque de “Bush material” (material de la selva, sólo madera y techo de paja), bien construido, con muy buen gusto[1], dedicado también a Juan Pablo II.

Aquí merece una mención especial el padre Jens.

EL vive desde hace más de un año en una casa de techo de paja, diminuta, con solo dos habitaciones: una para descansar y la otra para comer o lo que fuere, en las que hay que agacharse para entrar. Es verdad que el obispo le quiere construir una casa mejor, pero por un motivo o por otro todavía no ha sido posible. Con él estuve solo un par de horas, le dejé comida enlatada y otras cosas que le conseguí a través de la empresa. Recorrimos las villas, charlamos un rato y me regresé porque se me venía la noche y la lluvia encima.

El paisaje de ese camino que lleva a las villas de Fas-Figueri es un espectáculo, más cuando lo haces en moto (al menos la primera media hora). El paisaje es realmente una obra de arte, es un camino que va como crestiando los montes, entonces tenés a ambos lados un gran paisaje. Se ven los ríos que van abriendo como una brecha dentro de la espesa selva. Se ven a su vez las copas de los árboles en los valles y las pequeñas montañas a un lado y al otro. Cuando volvía, ya cayendo el sol de la tarde, todo eso se potenció. En un momento me paré para contemplar un poco porque eso era realmente un reflejo del Creador.

Por supuesto, no es todo color atardecer, si no pregúntenle al padre Jins. Un sacerdote amigo me dijo que también hay que contar las cosas “negativas” o “no tan color de rosas” en la misión. Y sí, es verdad, también hay “fracasos”, momentos duros y desolantes. Por ejemplo, un día me pasé avisando durante la visita de las casas de que vinieran al rosario a la noche, que no se queden haciendo nada en sus casas… yo además les quería predicar de algo importante, me preparé bien… y llegada la noche había solo niños rezando el rosario y un par de madres… un buen “fracaso”. Lo más duro es cuando la gente rechaza la ayuda de Dios y de los sacramentos. También hay detalles como por ejemplo la lluvia. La lluvia me agarró más de una vez en la moto. Sucede que es una zona de montañas y las nubes se formaban en un rato y se descargaban en otro. Era cuestión de bajar la velocidad de la moto y seguir, no frenar, porque así en algún momento la nube queda atrás. Otro detalle aquí es el de la moto, fiel amiga, pero a veces cansadora. El camino a Fas es de dos horas de ida y dos más de vuelta. Eso, sin experiencia ni guantes, te saca hasta ampollas en las manos, y los riñones y espalda te quedan como cuando te subís a un caballo después de mucho tiempo. Igualmente, esos son sólo detalles que si se sufren se disfrutan el doble cuando ya realizados, y se pasan por alto. No hay alegría más grande que llegar de noche, cansado y mojado, pero habiendo celebrado la Misa o dado los sacramentos, o habiendo visitado a otro misionero que vive solo en la selva.

Yo además no me puedo quejar, porque cuando llegaba a Maka me podía dar una buena ducha y en la cocina siempre estaba “Mamá Ibu” esperándonos a mí y a Newton con comida caliente. Ibu es una señora de Indonesia, buena católica, que apenas habla el pidgin, pero a nosotros nos trataba como una madre. Además es la encargada de la cocina y siempre, aunque llegáramos bien de noche, nos esperaba. Y si no volvíamos se preocupaba y nos mandaba a buscar. También cuando me veía la sotana sucia me la pedía y la lavaba, me lavaba y planchaba la ropa ¡toda una madre!

P. Martin Prado, IVE

Continuará…


[1] El mismo que lo hizo me mostraba como quiso darle forma de barco (en el techo y las paredes ascendientes hacia los extremos del templo), porque decía él, la iglesia es el barco que nos salva y el medio por el cual nos llegó la fe “según la historia que nos contaron nuestros antepasados”. Yo creo que se le mezclaba un poco la historia de Noé con alguna otra historia de ellos mismos… Pero de todos modos como haya sido, está muy bien dicho y significado.

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