Una madre no debería tener un hijo preferido, pero he observado a menudo que ella se inclina más al hijito enfermo o más vulnerable que los demás. Cuanto más frágil el hijo, más feroz el amor de la madre. Los que son fuertes y sanos pronto dejan atrás su solicitud, y ella no les puede hacer más nada fuera de aceptar su independencia y amarlos prudentemente desde lejos. Pero el hijo discapacitado, paralizado, o autista sigue teniendo necesidad de su cuidado, y sus manos maternales envejecidas le otorgan las mismas mil delicadezas y atenciones desde cuando ellas eran más jóvenes y ágiles.

Wassim - SSVM Hogar Niño Dios
Wassim – SSVM Hogar Niño Dios en Belén

Así fue con Wassim: él era el niño que más exigía y entonces más despertaba la maternidad de las hermanas y todos los que cuidaban de él. Wassim tenía 12 años cuando lo conocí en el verano caluroso del 2014, durante los días inseguros de guerra entre Gaza e Israel. Él estaba viviendo en Belén, en nuestra casa para niños que se llama apropiadamente “Hogar Niño Dios.” Su madre lo había encomendado al cuidado de las hermanas cuando tenía seis añitos, y a pesar de que los doctores afirmaron que iba a morir durante aquel año, había vivido entre nosotros seis años más.

Hna. Alianza con Wassim - SSVM Hogar Niño Dios en Belén
Hna. Alianza con Wassim – SSVM Hogar Niño Dios en Belén

Se sentaba en su silla de ruedas hecha a medida, delicado e indefenso como un pajarito, todo hueso, completamente inmóvil, menos partes de su cara. De día las hermanas le daban de comer y le empujaban en la silla por el Hogar, de noche le cantaban mientras se quedaba dormido en una cuna especial ablandada por almohadillas. Su cabeza era de una medida normal para su edad, pero parecía desproporcionadamente grande comparada al resto de su cuerpito demacrado y miembros contraídos. Se destacaban especialmente sus ojos expresivos, grandes y castaños, y eran tan transparentes que quedaron en mi memoria de un color azul clarísimo.

Mi primer día en el Hogar fue caótico: algunas hermanas estaban ausentes por los Ejercicios Espirituales y otras actividades, y me tuve que meter sin mucha preparación. Había venido para asistir a las hermanas en esta obra de misericordia por un mes; era un verano de pausa, después de obtener el título de Maestría de griego y latín en la Universidad Católica de Washington y antes de empezar el doctorado. Yo había estado un poco preocupada antes de llegar al Hogar, ya que mi apostolado principal en la vida religiosa había sido el estudio y la enseñanza, no el de cambiar pañales y tratar a los enfermos. Aunque me sentía muy “en casa” con el griego de la Ilíada y entre ediciones criticas de San Agustín, aquí entre estos pequeños me sentía inexperta e incómoda. ¿Cómo les podía realmente ayudar? ¿Cómo sabría qué hacer?

Sr Fiat con los niños - hogar para niños discapacitados en Belén
Sr Fiat con los niños – hogar para niños discapacitados en Belén

Sin embargo, no había tiempo para teorías cuando una hermana me acercó Wassim y me pidió bañarlo. Miré con duda al niño, y le pregunté a la hermana, “¿Cómo?” Ella me dio una sonrisa y contestó “Normal.” Pensé dentro de mí que no había nada “normal” en la circunstancia y en Wassim, pero apenas me giré para decírselo, la hermana desapareció y quedaba solo Wassim delante de mí, parpadeando.

Tomando aire me arremangué, prendí el agua en la bañadera especial, y miré una vez más al niño. Él no había cambiado su mirada, y estaba simplemente esperando que empezara. Entonces después de haberle quitado la ropa con cuidado como si fuera una muñeca de porcelana, lo levanté y lo puse en cinco centímetros de agua tibia. Al verlo tan expuesto e indefenso, se me cortaba el respiro. Podía contar todos sus huesos. Empecé a masajear sus miembros delgados con un jabón neutro, siendo cautelosa de sus partes irritadas y dolorosas y continuamente mirando a su rostro para asegurar que no le estaba haciendo algún daño. Wassim movió sus ojos de un lado de mi cara para otro con algo de confianza, y mientras el agua limpia enjuagaba y fluía sobre su cuerpito, liberé el aliento y exhalé la tensión. “Normal,” pensé.

Me gustaba observar el efecto espontáneo y universal que Wassim tenía sobre otros voluntarios en el Hogar. Visitantes lo veían inmediatamente, dado que su enfermedad era la más grave y debilitante. Los niños árabes se competían entre ellos para empujarle la silla, el reportero italiano generalmente insensible se arrodillaba para mirarlo en sus ojos y hablarle suavemente, el peregrino anciano osaba acariciarle el pelo con mano ligerísima. La misma fragilidad de este niño de Dios exigía, o mejor inspiraba, a la humanidad para que realizase su propia humanidad. Una hermana me contó con santo orgullo que Wassim era el mejor apóstol del Hogar y obraba muchos casos de conversión.

Una mañana cerca del fin de mi estadía, estaba limpiando otra parte de la casa. Durante mi trabaje pasé por el patio exterior, el lugar preferido por los niños, y cuando vi a Wassim por la puerta, me detuve para saludarlo. Sus ojos parecían apagados y vacantes y había arrugas delgadas en su frente y mentón. La mirada de color marrón no se paraba en mi rostro sino revoloteaba más allá de mi alcance. La madre superiora también lo notó y declaró que algo no estaba bien. Llamó al doctor. “Bueno, a mí me parece que está bien porque sus signos vitales son regulares. Pero si quieren estar más seguras, pueden llevarle al hospital. Yo sé que ustedes hermanas pueden percibir cosas que nosotros no podemos. Podría ser algo relacionado con el cerebro.” Levanté a Wassim y lo llevé en la camioneta en mis brazos con el corazón que latía fuerte, mientras otra hermana iba manejando al otro lado de Belén, donde se encontraba un hospital para niños bajo el cuidado de otras religiosas.

Cuando pasamos la Basílica de la Natividad, miré fijamente a mi propio niño callado de Belén. Su cabeza, que descansaba sobre mi brazo izquierdo, era su parte más pesada, como un bebé recién nacido. Entonces enrosqué mi mano derecha debajo de la cabeza para darle más apoyo. Mientras que su cuerpo débil yacía en mi pecho, veía cómo subía y bajaba delicadamente al ritmo de mi respiro. Su dependencia completa me asombró. ¿Si lo llegase a poner en una posición equivocada o dejar caer? Sus extremidades podrían quebrarse en un instante. Me retorcí aún más para darle un beso en el ceño, tan fruncido con signos de dolor. Cuando llegamos finalmente al hospital, llevé nuestro niño con cuidado hacia la sala de espera, donde encontramos miradas de pena y compasión por parte de otros padres. El misterio de tan extrema fragilidad impresionó a todos. ¿Cómo podría existir tal creatura en un mundo lleno de bombas y tanques? ¿Por qué Dios confió este niño a nosotros, para vivir entre nosotros y depender de nosotros? Mientras lo llevaba sentí que su vida misma estaba en mi respiro.

Poco después partí del Hogar para volver a los Estados Unidos y a mis pilas de libros abiertos y vida de estudiante. A una semana de mi regreso, me llegaron las noticias de que Wassim nos había dejado. Estaba feliz por él, que había finalmente cambiado este valle de lágrimas por la morada de los ángeles, sin embargo sentía una pérdida indefinible. Su mirada pasmaba mi corazón. ¿Cuáles otros ojos podían expresar a la vez confianza humilde y admisión de fragilidad total? Fue su debilidad perfecta que me atraía y no su fuerza. Esta debilidad llamaba y pedía amor, llamaba a la madre dentro de mí. Es la misma debilidad de un Rey recién nacido yaciendo en los brazos de una Virgen tierna, Él que fue manifestado al mundo en el mismo Belén. Es la misma debilidad del Crucificado, expuesto a los golpes y escupidas, atado y clavado, desnudo en un árbol. Es la misma debilidad de la blanca Hostia, pequeña y frágil, elevada hoy sobre nuestros altares. Es la Sabiduría celeste escondida de los sabios y revelada a los simples, la lógica de un Dios que se hace débil para enseñarnos cómo ser fuertes en el amor. Y sobre todo, es la misericordia de un Dios que manda un niño a nosotros, para que nos hagamos su madre. Al fin, era yo que dependía de Wassim. Era mi vida que estaba en su respiro.

Hermana Maria del Fiat Miola, SSVM
Washington, DC

La siguiente reflexión es una traducción de un artículo publicado en inglés en un periódico americano llamado “First Things,” bajo el titulo “The Breath of Mercy.”

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