CRÓNICA DEL PRIMER CURSO DE ICONOGRAFÍA DEL TALLER DE ARTE “BEATO FRA ANGÉLICO” DEL INSTITUTO DEL VERBO ENCARNADO

PREDICADO POR EL Rvdo. PADRE AGUSTÍN J. SPEZZA IVE,

DEL 3 AL 9 DE FEBRERO DE 2014

EN SAN RAFAEL, MENDOZA.

 

Por la gracia de Dios hemos concluido con buenos resultados el primer Curso de Iconografía de nuestro Taller de Arte “Beato Fra Angélico” del Instituto del Verbo Encarnado. Hace ya un tiempo que vengo hablando con mi superior el cual me ha animado y respaldado para realizar un curso similar al que hice en el año 1999 en Roma, en la institución “Rusia Ecuménica” con el maestro Paolo Orlando y por fin hemos podido concretarlo con pequeñas variantes. La organización del mismo no podría haberse llevado a cabo sin la ayuda esforzada y generosa de la Comisión de nuestro Taller de arte “Beato Fra Angélico” y con la colaboración generosísima de la Sra. Liliana Bredice, que cordialmente puso su casa, con una acogida cordial, a nuestra total disposición para que cómodamente podamos realizarlo. El curso duró 7 días, comenzó providencialmente el lunes 3 de febrero, después del Domingo de la Candelaria y terminó con la Misa del domingo del evangelio de la luz predicado por el Rvdo. Padre Gabriel Zapata, quien magistralmente habló de la Belleza trascendental de Dios como modelo del arte sagrado.

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La temática del curso fue la imagen de Jesucristo el Salvador, el Divino Pantocrátor Rey del Universo. Siguiendo la paradoja enunciada por Teodoro Estudita: “El Invisible se ha hecho visible”, (…) se ha aparecido a nuestros ojos y hemos visto la Persona misma del Verbo, su hipóstasis[1]. Hemos querido comenzar con la Imagen de Jesucristo ya que es Él el que se hizo imagen (Icono) para restaurar la imagen del hombre, mutilada de Dios desde el pecado edénico. Todas las imágenes que vemos de continuo en el mundo en que nos movemos no nos conforman, no calman nuestro apetito de contemplar, son como migajas que caen de la mesa. La única imagen que colma nuestras ansias de contemplación es la imagen del Divino Salvador, el principio y fin de toda imagen, por eso los santos son las primeras imágenes (iconos) vivientes del Redentor, deificados por el don de la gracia que trataron de imitar (mímesis) el modelo del Arquetipo divino. Humildemente hemos tratado en este taller de educar primeramente en el arte de la contemplación del Rostro divino a través del camino de la Belleza, la Via Pulchritudinis, a ejemplo del salmista: tu Rostro buscaré Señor, no me escondas tu Rostro; o con el deseo ardiente que tiene el Apóstol Felipe de contemplar a Dios: “Señor, muéstranos al Padre y  nos basta”. Pero el rostro de Dios Padre es el Hijo, por eso le responde el Señor: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mi ha visto al Padre (Jn 14, 8-9), porque él es la “imagen del Dios invisible” (Col 1,15).

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Después del ejercicio gozoso de buscar el Rostro de Dios en el icono que contemplamos cada día, hemos tratado de aplicarnos en la difícil pero entusiasta tarea de plasmar en la materia, en la tabla blanca que hemos preparado, aquello que contemplamos, como decía Plotino, “no con los ojos del cuerpo”, sino con los ojos del espíritu, la “mirada interior”[2]. El blanco de nuestra contemplación ha sido el rostro, y especialmente la mirada del Divino Salvador Encarnado, el bondadoso Maestro que “me miró y me amó” primero, antes que yo lo mirase, antes que yo existiera… Dice el Catecismo que “la iconografía cristiana transcribe mediante la imagen el mensaje evangélico que la Sagrada Escritura transmite mediante la palabra” (CIC 1160). O como bien dijo un autor: “La Palabra puede traducirse en palabras o en imágenes: el icono “muestra” la Palabra; más aún, es al mismo tiempo imagen y Palabra[3].

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Tenemos la esperanza de continuar con un granito mas de arena en el apostolado de la evangelización de la Cultura a través del arte sagrado, procurando siempre el fin de nuestra tarea: acercarnos cada ves más por la vía de la semejanza al centro misterioso pero real donde se encuentra la  “Imagen del Dios Invisible” (Col 1,15) modelo del hombre redimido, “belleza esplendorosa de Dios y belleza humana sin igual”[4]. Por eso, con la gracia de Dios, trataremos de hacernos eco de las palabras de nuestro Padre, el Beato Juan Pablo Magno a los artistas: Vosotros los artistas habéis ayudado a la Iglesia a traducir su divino mensaje en el lenguaje de las formas y de las figuras, a hacer perceptible el mundo invisible…“, para que al “escribir” nuestros iconos aprendamos cada ves más a “hablar” con la imagen “la ‘lengua’ de la Encarnación”[5].

R. P. Agustin Spezza, IVE 

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