En nuestro Estudiantado “Santa Catalina de Siena” en Argentina, tanto formadoras como estudiantes somos enriquecidas a diario con las noticias y visitas de nuestros misioneros. Por esta razón y por medio de esta crónica, quiero agradecer a todos y a cada uno de nuestros misioneros y misioneras, por su testimonio, y decirles que su ejemplo “molesta”.

Ante todo, creo necesario hacer algunas aclaraciones que expliquen el porqué del uso de tal expresión.

Ciertamente, ésta no es una “molestia” como aquella que sienten los mundanos ante un religioso que con su sola presencia habla de Dios y grita al mundo que Dios “ES”.

Tampoco es una “molestia” como la de los envidiosos, que mastican amargura al ver en otros el bien que ellos no poseen.

Esta “molestia” es buena porque inquieta, mueve, arrastra y tiene efectos positivos. Es una “molestia” ocasionada por el buen ejemplo. Causa esa inquietud que lo saca a uno de cierta comodidad, o da un aguijonazo al corazón y lo hace salir de sí mismo para volver a mirar el Cielo, para sentir y renovar el celo por la salvación de las almas.

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Para nosotras, las más jóvenes, hijas de este tiempo, que estamos dando los primeros pasos en la maravillosa vocación a la que fuimos llamadas, ver el gran ejemplo que nos dan los sacerdotes y hermanas que nos visitan desde los cuatro puntos cardinales, nos sacude y nos recuerda lo más importante. Nos hace escuchar nuevamente el susurro de Dios, que nos llama a ser misioneros: “Id y enseñad a todas las gentes…” (Mt. 18,29)

El testimonio de un buen misionero “molesta”  porque también se torna para nosotros un examen de conciencia al considerar su modo de vivir, su entrega y fidelidad, sus cruces, su oración y su actividad, y nos lleva necesariamente a preguntarnos: ¿Quién es Dios para mí? “¿Qué hice por Cristo, qué hago por Cristo, qué he de hacer por Cristo?”

El buen ejemplo “molesta” y además nos empuja a no quedarnos de brazos cruzados, porque hay mucho para hacer, mucho para dar y siempre se puede amar más. Nos hacen tomar conciencia de que ya no nos pertenecemos y que abrazamos una vida –como decía un gran misionero- “una vida a dos pasos de la muerte; y que hay que almacenar toda la santidad de que sea capaz esta pobrecilla alma que llevamos en las carnes”.

No importa cuál sea la misión, no importa el lugar, porque la misión es el misionero y Dios está con el misionero que lo es por vocación y obediencia y le alegra la vida. Ver que el misionero ama su vocación, hace que uno se enamore aún más de la propia consagración. Los ejemplos arrastran y un buen misionero mueve a muchos a desear ser como ellos.

Quiero dar gracias a Dios por la fidelidad de cada uno de los miembros de nuestra Familia Religiosa, que cada día gastan y desgastan su vida en tierra de misión.

Quisiera que sepan nuestros misioneros que su entrega generosa a Dios, nos sostiene, nos ayuda a perseverar en esta hermosa vocación religiosa. Que cuando sufran frío y hambre, sus sufrimientos estarán ayudando a que nuestras almas se incendien de amor a Dios y aumenten en deseos de santidad. Que cuando no puedan entender la lengua de su país de misión, su sacrificio será en parte, para que nosotros podamos entender al Espíritu Santo que sopla “donde quiere”.

Jesús nos enseña cuántos sacrificios afrontan nuestros misioneros para que nuestros noviciados se llenen de vocaciones y nosotros perseveremos en nuestra consagración. Gracias a todos ellos por mostrarnos con su ejemplo la realidad y actualidad de la Encarnación. Gracias por ayudarnos a tomar en serio las exigencias del Evangelio: “Ve, vende todo lo que tienes” (Mt. 19,21). Gracias por aumentar con su testimonio el ansia de nuestro corazón inquieto que anhela poseer al Infinito.

Desde esta casa de formación, por donde pasaron tantas misioneras, deseo terminar con un texto del Padre Segundo Llorente, campeón de las misiones del Ártico, que puede ser de mucho provecho para ustedes y nosotros:

“Aquellos años de formación que entonces nos parecieron eternos con su monotonía de meditación, examen de conciencia, lectura espiritual, conversaciones espirituales, obediencia continua, toque de campana a todas horas, visitas al Santísimo, humillaciones, triunfos y alegrías… todo eso durante todos aquellos años lo curten a uno y lo preparan para que ahora solo y por vericuetos extraños lleve a Cristo a cuantos se le atraviesen en el camino sin detenerse a contemplar las flores de la vera; sin torcer ni a diestra ni a la siniestra; sin resbalar por los precipicios que se presentan al doblar de cada esquina; saltando obstáculos sin herirse, vadeando ríos sin ahogarse y limpiando suciedades de las almas sin que la suya se contamine lo más mínimo. Aquellos años pusieron los cimientos de cal y canto. Ahora es menester seguir edificando también a cal y canto apoyados en Cristo para que de Él nos venga el poderlo hacer. Y así un día se terminará el edificio de la santidad ladrillo a ladrillo, paletada a paletada, haciendo en cada momento lo que llene de gozo a esos ojos divinos de Jesús, que siguen al misionero paso a paso como si no tuviese otra cosa que contemplar en todo el vasto mundo visible e invisible. Mientras los ojos del misionero se vean claros en los de Jesús, todo marcha bien. Si llegasen a desenfocarse, vendría irremisiblemente la ruina del misionero que muy bien pudiera arrastrar consigo la de las almas a él confiadas, como arrastró Satanás consigo la tercera parte de los ángeles.”

 

Que María Santísima guarde la vocación de cada misionero en su Inmaculado Corazón.

¡Viva la Misión! ¡Viva la Congregación!

 

Hna. María del Magníficat

Estudiantado Santa Catalina de Siena, Argentina

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