Servidoras-El-Ecce-Homo-y-la-dignidad-de-El-Hombre-ultrajada

Desde los comienzos se ha querido que cada Monasterio de nuestra Familia Religiosa tenga una intención especial de oración. Se quiso que “cada contemplativa consagrara su oración y sacrificio por los grandes temas e intenciones de la Iglesia, especialmente por aquellos dones que ningún mérito sino sólo la oración y la penitencia pueden obtener de Dios.”[1]

Designando a cada Monasterio una intención de oración, se nos enseñó también a llenar nuestras almas de grandes ideales y se nos animó a involucrarnos en las grandes empresas y preocupaciones de la Iglesia, a elevar la mirada y a no quedarnos en pequeñeces. Porque se trata de grandes intenciones, de gracias que queremos alcanzar, y por las que vale la pena darlo todo cada día.

El hecho de que cada Monasterio tenga una intención o intenciones especiales de oración, le da también a la comunidad una característica particular, una fisonomía propia. A través del estudio de los temas relacionados con la intención o de actividades o momentos de oración que se realizan la comunidad crece en esta como vocación particular comunitaria.

En su Providencia amorosa, Dios quiso dos intenciones bellísimas para nuestro Monasterio en Holanda. Cuando las tres primeras hermanas, la M. Mercedes, María Regina Virginum y María de Lichen comenzaron con nuestra comunidad contemplativa aquí en Valkenburg, se quiso que heredarán la intención que tenían las hermanas benedictinas del Santísimo Sacramento, fundadoras de este Monasterio en el que vivimos. Esta intención es la de Reparar por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento. Y además, se les confío otra intención particular para la nueva comunidad contemplativa: rezar por el Respeto por la dignidad del hombre. Y se eligió como patrono de la Comunidad al “Ecce Homo”.

Después de 12 años de fundación del Monasterio pensamos que la elección de las intenciones y del nombre y patrono, no podía haber sido más acertada para nuestro país de misión. Probablemente estas dos intenciones responden a los problemas más graves de la sociedad en la que nos toca vivir.

En primer lugar: el respeto por la Dignidad del Hombre:

En una entrevista el Cardenal Eijk, primado de Holanda, describía del siguiente modo la pérdida del respeto por la dignidad del Hombre, en Holanda:

“Las leyes humanas deberían basarse en la ley moral natural, que tiene sus raíces en la inalienable dignidad de la persona, creada por Dios a su imagen. En cuanto una ley humana abre una puerta, aunque sea mínima, a un acto que viola la dignidad humana, se correrá el riesgo de socavar el respeto debido a dicha dignidad. La crisis de fe en Cristo ha conducido a una crisis de fe en las normas absolutas, en la existencia de los actos intrínsecamente malos, y por lo tanto en el hecho de que ciertos principios son innegociables.

Nosotros hemos descendido vertiginosamente por la que los ingleses llaman ‘la pendiente resbaladiza’ que lleva a desenlaces preocupantes. Una vez que has puesto tus pies en esta pendiente te deslizarás más rápidamente de lo que pensabas que lo harías. Los criterios para la supresión de la vida se están ampliando y el respeto por la vida humana y su dignidad disminuyen. La puerta, una vez que se ha dejado entreabierta, al final terminará abierta de par en par”.[2]

Holanda, como es ya sabido, ha sido pionera en las leyes anti vida, en la ley de matrimonio homosexual; y ha llegado tan lejos que sus leyes permiten incluso la prostitución como un empleo más, y el consumo de drogas como algo normal.

Y la segunda intención es la reparación por las ofensas cometidas contra el Santísimo Sacramento: Aunque en el transcurso de la historia de la Iglesia ha sido siempre necesario reparar por estas ofensas, pareciera que hoy en día hubiera una necesidad aún mayor, por la gran desacralización en que vivimos y la ignorancia respecto a este sacramento, incluso de parte de muchos católicos.

En holandés existen unas letanías muy hermosas que van describiendo las distintas ofensas que recibe el Santísimo Sacramento. Entre otras aclamaciones, dicen así: Por los ultrajes a tan santo Sacramento, perdón Señor. Por tantas malas comuniones, por tantas irreverencias en la Iglesia, por la profanación de tus sagrarios, por los horribles sacrilegios cometidos con la Santísima Hostia, perdón Señor. Por la falta de fe de los que yerran, por la frialdad e indiferencia de tantos, por el olvido en el que los hombres te dejan, por el desprecio con el que los hombres te tratan, Perdón Señor. Por los perseguidores de la Santa Iglesia, y por todos aquellos, entre quienes también nosotros mismos, faltamos de reverencia, amor y agradecimiento hacia tu Divino Sacramento. Perdón Señor.

Por todo esto, pensamos que estas dos intenciones de oración son tan importantes en Holanda. Además como dijimos al principio nos parece descubrir una hermosa relación entre ambas, y con el nombre que lleva nuestro Monasterio “Ecce Homo”. Y esto por dos motivos:

  1. En el Ecce Homo vemos la dignidad del hombre ultrajada y el precio que costó devolverle al hombre su dignidad perdida. Hay una frase muy conocida del Concilio Vaticano II que el Papa Juan Pablo II citaba muy a menudo: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado… Cristo… manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”[3]. ¿Por qué? Porque Cristo, sigue diciendo el Concilio, es el “hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En Él la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual”[4].

Así como en el Verbo Encarnado se nos presenta el Hombre perfecto, también en el Ecce Homo se nos presenta El hombre en su dignidad ultrajada. Aunque la pérdida de la dignidad del hombre se da por el pecado, y en Él “no hubo pecado”, al asumir todos los pecados de los hombres, sufrió sí la pena del pecado. Decía hermosamente Juan Pablo II en una meditación del Via Crucis:

“Cristo, condenado a muerte, debe cargar con la cruz: «Fue contado entre los pecadores» (Is 53,12). Cristo se acerca a la cruz con el cuerpo entero terriblemente magullado y desgarrado, con la sangre que le baña el rostro, cayéndole de la cabeza coronada de espinas. ¡Ecce Homo! (Jn 19, 5). En Él se encierra toda la verdad del Hijo del hombre predicha por los profetas, la verdad sobre el siervo de Yahvé anunciada por Isaías: «Fue traspasado por nuestras iniquidades… y en sus llagas hemos sido curados» (Is 53,5). Está también presente en Él una cierta consecuencia, que nos deja asombrados, de lo que el hombre ha hecho con su Dios. Dice Pilato: «Ecce Homo» (Jn 19,5): «¡Mirad lo que habéis hecho de este hombre!» En esta afirmación parece oírse otra voz, como queriendo decir: «¡Mirad lo que habéis hecho en este hombre con vuestro Dios!» Resulta conmovedora la semejanza, la interferencia de esta voz que escuchamos a través de la historia con lo que nos llega mediante el conocimiento de la fe. ¡Ecce Homo! Jesús, «el llamado Mesías» (Mt 27,17), carga la cruz sobre sus espaldas (Jn 19,17)”.[5]

  1. En segundo lugar: En las ofensas que se cometen contra la Eucaristía vemos renovarse los sufrimientos del Ecce Homo en su Pasión: las burlas, los desprecios, golpes, humillaciones. A lo largo de toda la historia Jesús cautivo en la Eucaristía continúa sufriendo los maltratos de sus verdugos.

Es por esto que nos sentimos honradas de que se nos hayan encomendado estas intenciones de oración y deseamos poder ser de algún consuelo para esa Cabeza coronada de espinas, y que al mismo tiempo con nuestras oraciones ayudemos al Cuerpo: a todos los hombres que han perdido su dignidad por el pecado, a recuperar esa participación de la naturaleza divina. Hablando de esto decía San León Magno: “Cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué Cabeza perteneces y de qué Cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios”.[6]

Nos gusta también pensar que Jesús dijo: “cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.» (Mt. 25, 40). Y la otra cara de la moneda no puede ser menos verdadera, y así habiéndonos tocado a nosotras el oficio de María, de quedarnos junto a Jesús, pensamos que todo lo que a Él le ofrezcamos de actos de alabanza y adoración, de consuelo y reparación, no puede no redundar en beneficio de “estos hermanos más pequeños”. Nuestra misma regla monástica nos lo dice: “La monja aprenderá a imitar en la condición propia de su vida al Señor silencioso y escondido bajo el signo sacramental, y sin olvidar que este acto de adoración será un sublime acto de caridad para con el prójimo[7]

María Templo de la SS. Trinidad


[1] Regla Monástica SSVM, 134

[2] Entrevista concedida al Timone, Marzo 2018.

[3] Gaudium et spes, 22.

[4] Ibid.

[5] VÍA CRUCIS EN EL COLISEO, PRESIDIDO POR JUAN PABLO II. Viernes Santo de 2003

[6] San León Magno, Sermones, 21,2-3; PL 54, 192A.

[7] Regla Monástica 39.