“El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad” (Salmo 40,4)

Queridos todos:

Aquí en el hospital somos testigos de cómo se cumple esta sentencia del salmista. Es penetrando en el misterio del dolor y del sufrimiento donde el alma se une a Cristo de modo más perfecto ya que une la cruz de la enfermedad a la Pasión y a la Cruz de Nuestro Señor y en méritos de ésta, se transforma de dolorosa e insoportable a suave y llevadera.

 

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En una oportunidad le hablé a un enfermo del sentido redentor del sufrimiento, para que lo ofreciera y uniera su enfermedad a Cristo Crucificado, ya que “si con Él morimos viviremos con Él,”[1], le obsequié una reliquia de Juan Pablo II (nuestro apóstol entre los enfermos). En esos días le habían diagnosticado cáncer terminal en los intestinos y el estómago, como lograron estabilizarlo le dieron de alta, porque “no podían hacer más nada”. Pasado un mes aproximadamente volvió a internarse, bastante desmejorado a causa de la enfermedad. Al verlo le preguntamos cómo se encontraba a lo que respondió sonriendo: “muy tranquilo”. Le ofrecí el sacerdote para que recibiera los sacramentos lo cual aceptó con mucho entusiasmo. Aproveché para recordarle de ofrecer y unir su enfermedad a Cristo Crucificado y él respondió: “desde aquella vez que hablamos es lo único que he hecho, unirme a la Cruz de Cristo con mi enfermedad; y rezar, especialmente a Juan Pablo II con mi familia. De ahí hemos tomado fuerza, si el padre viene a verme esta noche para darme los sacramentos, estaré listo para irme al Cielo, a ver el Cielo, a ver a Dios”. Mientras hablaba, se vislumbraba en su mirada y en su rostro mucha paz y una gran alegría, porque veía colmada su esperanza.

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Otro enfermo que tenía un tumor en la columna y ya había estado varias veces internado, se descompensó un sábado en la mañana. Nos avisaron las enfermeras que fuéramos a verlo, luego de llamar al sacerdote para que viniera a administrarle los sacramentos fui a rezar con él la Coronilla de la Divina Misericordia, al terminar y antes de que llegase el padre, le dije al oído “no tengas miedo, Dios está llamándote, prepara tu alma para ir a su encuentro” y él, en medio de mucho dolor respondió: “no tengo miedo, sé a dónde voy y a Quién voy a ver, y eso me da fuerza y paz”. Luego llegó el sacerdote, le administró los Sacramentos y le impuso el Escapulario. Horas después, a las 15:00hs del día sábado falleció.

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Ejemplos como estos tenemos muchos, al igual que ejemplos de enfermos que se han curado, gracias a las oraciones, especialmente por aquellos que hemos encomendado a ustedes en el pedido de oraciones. Pero he querido resaltar con estos dos ejemplos cómo se cumple lo del Salmo 40,4 con el que he querido titular esta crónica: “El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor, calmará los dolores de su enfermedad”, porque si bien Dios tiene el poder para hacer que la enfermedad desaparezca, hace algo más perfecto, que es asistir al enfermo con su gracia para que su enfermedad sea la llave que le permita entrar al Cielo, y en muchos casos, da la gracia de la conversión a toda la familia. De este modo, un momento de dolor se convierte en medio para ganar toda la eternidad junto a Dios; lo priva de la salud del cuerpo y por medio de esta privación le devuelve la salud del alma.

A varios de estos enfermos se les pide que tengan en sus intenciones a nuestros misioneros y misioneras, especialmente a los que están quizás más lejos o en lugares más difíciles, y de este modo, también ellos se convierten en colaboradores de nuestras misiones desde sus lechos de dolor.

Los enfermos son los preferidos de Dios y por ello, a quienes nos ha tocado la gracia de asistirlos en este hospital, nos hacemos merecedoras de la promesa del mismo salmo: “Dichoso el que cuida del pobre y desvalido; en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor”.[2]

Será hasta una próxima.

En Cristo y María Santísima,

Hna. María Salus Infirmorum

Comunidad San José Moscati

San Rafael – Argentina

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