Carta abierta a mis hermanos sacerdotes, que tenemos la gracia, todos los días, de celebrar el Santo Sacrificio de la Santa Misa.

Quiero hablarles del Cristo de los miles cálices que se consagran en el mundo, que es el mismo Cristo y el mismo sacrificio de Aquel cáliz vertiente que fue crucificado allí en el Gólgota sangriento. Pero a Cristo que se vuelca en el cáliz hay que buscarlo, es el mismo Cristo de la cruz, que allí en la cruz no parecía Cristo; como en el cáliz que tampoco parece Cristo, sino sólo vino. Cristo en el cáliz se entrega. Cristo en la cruz se dejó entregar, partir, quebrarse, así toda alma debe dejarse partir como Él, para participar de su nuevo sacrificio, en cuanto al modo que se da y se entrega en el cáliz del altar.

Éste entregarse de Cristo en el cáliz, es un grito que exige una cruz, vivir es andar entre las llagas de Cristo.

Cristo no estuvo en la cruz para salvarse a sí mismo, ni para salvar a los ángeles, sino para salvarnos a nosotros, así también en el cáliz, está para salvarnos a nosotros. Todo el juego divino, toda la aventura divina y trágica de nuestra caída está en dejarnos tomar por las manos de Dios; Él trata de hacernos suyos en cada cáliz que se consagra. Pero hay en nosotros un elemento difícil, esquivo, peligroso: nuestra libertad. Y Dios la respeta libremente e infinitamente. Cuando Dios nos toca con la cruz, casi siempre inesperada e implacable en nuestra existencia, la primera reacción es un grito de protesta, de rebeldía y desesperación.

Terrible, violenta, implacable, dura, pero bendita cruz de Dios. Hay que besar la cruz que nos da Dios…es el beso que más cuesta dar, así también el cáliz amargo de Cristo es el más difícil y el menos gustoso para beber.

Por ello no hay que tratar de esquivar la cruz. Es inútil.

La cruz no se adquiere.

La cruz no se vende.

La cruz no se compra.

Se nace con ella dentro de uno mismo. Venimos al mundo con la semilla de la cruz ─o de muchas cruces─ hincada en nuestra carne. Las cruces en nuestra vida no se quedan pequeñas, como los trajes viejos. Al contrario, nos da la impresión, que muchas veces supera nuestra medida. Las cruces crecen a nuestro lado. Cristo y cruz son inseparables, como en el cáliz son uno solo, por ello su cruz despierta incendios de amor. Cristiano y cruz también son inseparables, cáliz y sangre son inseparables.

·       No hay que romper nuestra cruz: los pedazos sueltos volverán vivos a soldarse.

·       No la entierres: resucitará inmortal millones de veces.

·       No la escondas: te encontrará siempre.

·       No la esquivez: pesará el doble.

·       No sueñes con matarla: la cruz siempre la defiende Dios.

 

Muchas veces nos resistimos a nuestras cruces y la razón es porque le falta Cristo.

Un Cristo sin cruz, una cruz sin Cristo no es cruz.

Cuando el alma tiene una cruz sola, vacía, helada, negra, pavorosa, sin sentido, esa es una cruz sin Cristo, es una cruz infecunda, es una cruz que no hace santo a nadie.

Comprendo, sufrir una cruz sin Cristo, sufrir así es irracional, un castigo, un puro instrumento de tortura, es principio lógico de la desesperación.

Nuestra cruz se ablanda y se hace un yugo suave y llevadero cuando Cristo está en ella. Y ¿sabes por qué a veces nuestra cruz se hace intolerable?, ¿Por qué a veces es un enigma incomprensible y desconcertante?, ¿sabes porque a veces se vuelve  un instrumento de desesperación?, porque nuestra cruz es una cruz sola, es una cruz sin Cristo, y una cruz así, sola, vacía, es inaguantable, es insoportable.

La cruz sólo se la puede llevar, cuando lleva a un Cristo crucificado entre sus brazos. Una cruz laica, sin sangre ni amor de Dios es absurdo cargarla, no tiene sentido, más que el de hacernos sufrir sin sentido. Como el cáliz sin vino no tiene sentido, porque no habría sangre derramada, no habría sangre redentora.

Cuando sufrimos nuestra cruz, con Cristo en ella, se hace soportable nuestra cruz, se hace un yugo suave, tierno y llevadero. Nuestra cruz debe ser de buena madera.

No sabemos cuál era el árbol de aquella primera cruz en el calvario, pero si sabemos que aquel árbol, que por vulgar que fuera, al transformarse en la cruz de Cristo se transformó al mismo tiempo en la mejor madera, la más noble de todos los bosques.

Toda cruz que manda Cristo, y que Dios permite en  nuestras vidas, son de buena madera, porque es la cruz que Dios eligió para nosotros, ésa, la cruz que Dios nos envía, vivifica, fecunda, santifica al alma que lo abraza, no sola, sino con Cristo clavada en ella.

La pasión es un proceso que no acaba nunca, por ello decía San Pablo, que debemos completar lo que falta a la pasión de Cristo, esto es, con nuestros sufrimientos, con nuestros dolores, con nuestras cruces, todo esto unido al cáliz que se derrama en el altar de cada Misa. El cáliz es la pasión de Cristo que se ha prolongado en el tiempo y nunca acaba, está las 24hs del día entregándose en cada ara de la cruz, que es cada altar que se levanta en el mundo.

A Cristo, a quien le tocó la peor pasión, murió primero de los tres que estaban en el calvario. Los judíos, junto con  el mal ladrón pedían a Cristo que bajase de la cruz, y si hacía esto creerían en Él.

Mentiras. No hubieran creído en Él, ni los judíos ni el mal ladrón. Los judíos lo pedían llevados por su soberbia, por su curiosidad, el mal ladrón porque no quería la cruz, el dolor, el sufrimiento.

El  hombre siempre le pide a Dios una prueba distinta de la que nos da. El mal ladrón pedía un milagro, y entonces, sería Dios para él. Y ¿no era mayor milagro el que no quisiera bajar de la cruz y aguantar en ella?, ¿no era mayor prueba la divina paciencia con que Cristo padecía la cruz? El mal ladrón pedía un milagro, no para creer en Dios, sino para librarse del dolor y de la muerte, condiciona su fe a su comodidad y placer.

El idioma de Dios, no suele ser nuestro lenguaje, muchas veces no entendemos el idioma del cielo y del amor. Traducimos solamente aquello que nos conviene, aquello que nos viene bien, aquello que tiene no la medida del amor divino, sino la mediada del amor propio. Dice las Escrituras: “mis caminos no son vuestros caminos, mis pensamientos no son vuestros pensamientos”. He aquí el misterio de la Providencia Divina: sus cruces no son las cruces que nosotros queremos o que nosotros queremos llevar, sino la que Dios tiene en su pensamiento y en su corazón desde toda la eternidad.

Su camino doloroso y lleno de espinas, no es muchas veces el camino que pensábamos transitar, el idioma del cielo y del amor, tiene un plan, tiene un proyecto concreto para nuestras vidas, sólo hay que estar dispuesto a dar el más duro y costoso de los besos, besar la cruz que Dios nos envía, que se prolonga en el cáliz que consagramos en nuestra Misa.

P. José Hernández IVE, Misionero en Chile

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