Qué distinto ve el Señor las cosas.

Fui a un asilo para visitar a un anciano, por pedido de un parroquiano. El lugar no era muy agradable. La mayoría de los internos parecían “perdidos”, y no se veían muchos visitantes. Mi anfitrión no escuchaba muy bien, y estaba además un poco deprimido.

La parroquia te mantiene ocupado con cosas apasionantes. Es natural el deseo de hacer y lograr, y uno goza con cada pequeño paso adelante. Y es verdad que para mí una de las cosas más importantes es visitar a los enfermos. Pero con esa visita me di cuenta de que tenía que tener más fe.

Esas personas estaban olvidadas. Pero el Rey del Universo quiso ir a ver a mi anfitrión. Le llevé la Sagrada Comunión. Dios no quiso estar en una reunión importante, ni atendiendo correspondencia, sino que quiso ir a ver a quien el mundo desprecia, y yo fui su mensajero. Cuando me iba, me di cuenta de que no entendía por qué Dios me había querido allí. Pero también me di cuenta de que sus caminos no son los nuestros, y de que su amor por nosotros no depende de nuestros méritos o cualidades, sino que es Amor Creador.

¿Qué le habrá dicho Dios a esa alma? ¿Qué gracias le habrá dado, que nadie nunca podrá ver? Me acompañó hasta la puerta, deshaciéndose en agradecimientos. ¿Qué oraciones no hará por mí esa alma pura?

El Rey del Mundo se ocupa de cada alma. Hizo todo el mundo para que el hombre se salve. Él ve corazones, no el aparato externo. Nunca lo vamos a entender. Pero hay que servirlo en la fe.

Recen por nosotros siempre, saludos del p. Mario Ávila también.

En Cristo

p. Andrés Ayala, IVE

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