En los Ejercicios Espirituales de san Ignacio se produce una batalla que el ejercitante encara para toda la vida. Es una batalla teológica, y por eso más tremenda que cualquier otra. Allí Dios y el demonio están presentes. Allí se deja obrar al Criador con la criatura, y a la criatura con su Criador y Señor[1], lo cual tiene indefectiblemente un eco de eternidad.

El momento culmen de esta guerra es el grito del alma que, consciente de su flaqueza, quiere, pide y suplica[2], una y otra vez, entre coloquios y llantos, una vida con Cristo pobre y humillado, y con el Cristo de todas las virtudes. El alma llora y se estremece porque al eterno Señor de todas las cosas hace oblación del tesoro de su libertad, de su memoria, de su entendimiento y de toda su voluntad, todo su haber y su poseer[3].

Llora por saberse frágil y por la incertidumbre de su futura fidelidad. Gime porque en esos treinta días ignacianos quisiera conocer pero no puede, de qué se tratará esa pobreza que le atrae y le enamora. Llora con esa angustia de quien queriendo controlar el futuro se lanza a una aventura cuyas consecuencias últimas apenas si puede vislumbrar. Quiere pero no puede saber si la desnudez de Cristo en la cruz llegará en efecto a plasmarse en su vida o si todo quedará en los generosos suspiros de esas semanas de silencio. Se retuerce al pensar en la posibilidad de no ser digno de las humillaciones que le avendrán bajo permisión divina. “¿Estaré a la altura del escarnio de la cruz?”, se pregunta.

Gime porque sabe que Dios escucha más que a nadie la voz del alma cuando pide oprobios y menosprecios[4], y cuando protesta solemnemente que quiere y desea, y que su determinación deliberada es imitar a su Señor en sus injurias, vituperios y pobrezas, siempre que esto sea para mayor servicio y alabanza de su Divina Majestad[5]. Sabe que Dios escucha y no repara en permitir que sus amados hijos sean visitados con las humillaciones más inusitadas e inesperadas. Conoce que la limosna que da Dios al mendigo de su cruz es la afrenta y la desolación y le lleva así como buen Padre al camino de la humildad y la paciencia. Le duele en lo profundo el hecho de que deja sepultados para siempre el derecho a la queja y al reclamo, el apego al juicio propio y a los bienes más preciados.

Llora sí, pero no vacila. No vacila aunque vacile en el futuro. No vacila y está bien que así lo haga. Y está mal que en el futuro se olvide y se avergüence de ese llanto generoso y de esa entrega indiferente, entusiasta y amorosa. ¿No es acaso humillación lo que he pedido y añorado?, será esa su pregunta, y su respuesta aquellas palabras de Emaús: “¡Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que han hablado los profetas! ¿No era necesario que Cristo sufriese así para entrar en su gloria?”[6] Y  reflexiona: ¿Por qué entonces he de reclamar en años venideros, aquello que hoy entrego y que hoy ofrezco de buen grado?

Por eso le pide a su Señor y entre sollozos a su Madre, que le dé perseverancia. Que en la lucha del futuro no se rinda, ni se asuste, ni sorprenda. Que no negocie ni mezquine con el costo de su alma ya entregada. Que no mengüe su tesón, ni su modo de pensar y de encarar esa batalla. Que no cambie la dirección de su mirada[7]. Pues son almas las que esperan testimonio. Le pide que la cruz no escandalice ni ensombrezca la mirada de la historia de su alma. Que el dolor del sufrimiento venidero no endurezca el corazón ni le apague la esperanza de sus santos ideales[8]. Que eso mata, siembra odio y dejadez y abandona aquella lámpara encendida que es la guía de su alma. Si sucesos y exitismos la acongojan, que se acuerde de la cruz y su victoria. Que se acuerde que Su gracia sólo basta[9]. Sólo basta en la batalla esa dulce compañía del que ama.

Spiritual Excercises of the Novices of the Institute of the Incarnate Word - IVE in Upstate
Ejercicios Espirituales 2015 – Saint Patrick Retreat Center – upstate New York

Decía el P. Segundo Llorente a su hermano sacerdote:

“A ti y a mí nos escogió Jesucristo para que seamos cada uno alter Christus. Si, pues, fuimos llamados a ser alter Christus, seámoslo. Nunca nos veremos tan pobres que hasta nos quiten la ropa que vestimos y la sorteen los verdugos. Nunca nos faltará la almohada donde reclinar la cabeza. Nunca seremos pospuestos a Barrabás, ni creo que moriremos crucificados entre dos ladrones. Y sin embargo, somos llamados a ser alter Christus… Cuando arrecie la tormenta y ruja el vendaval, cuando se nos haga la carga pesada y estemos a punto de sucumbir, cuando nos invada el hastío y nos oprima el desaliento, y la ira y la venganza hagan presa en nuestras carnes… recordemos que su yugo es suave y su carga ligeraVenid a mí los que estéis afligidos y agobiados que yo os aliviaré. Todo lo tenemos en Jesús. Por mucho que hagamos y por mucho que nos mortifiquemos, nunca nos igualaremos a Él. Por muy oprimidos que nos veamos, nunca permitirá que la carga nos abrume…”.[10]

Que la Santísima Virgen María nos ayude a nunca declinar en esta batalla, y si Dios permite que caigamos que esto sea para que mejor se manifieste su gloria y que caigamos a sus pies con ánimos renovados.

P. Javier María del corazón de Jesús Ibarra, IVE

31 de Julio de 2015- Fiesta de san Ignacio de Loyola.

 

Artículos relacionados:

 

[1] Cfr. Ejercicios Espirituales. n. 15

[2] Cfr. n.157

[3] Cfr. n. 234.

[4] Cfr. n.147.

[5] Cfr. n. 98.

[6] Lc 24,26. Cfr. n. 303.2.

[7] Cfr. n.318

[8] “… el corazón se endurece por experiencias dolorosas, por experiencias duras. El corazón de los discípulos era duro porque habían sufrido, ‘nosotros esperábamos que este fuese el Mesías’, pero no lo era, yo no quiero ilusionarme otra vez, no quiero hacerme ilusiones (…) Que Él nos salve de la esclavitud del corazón endurecido y nos lleve hacia adelante en esa hermosa libertad del amor perfecto, la libertad de los hijos de Dios, la que sólo puede dar el Espíritu Santo”. Corazones endurecidos, Papa Francisco, Misa en Santa Marta, 9 de enero de 2015.

[9] Cfr. 234.

[10] Alaska, a través de las cartas del Padre Llorente, carta a su hermano Amando, 11 de Febrero de 1938. p 206.

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