Creo que para un neo sacerdote el primer tiempo del ejercicio de su ministerio en un verdadero torrente de frutos palpables y visibles que a menudo desea compartir pues la alegría de verse  y saberse sacerdote al fin lo mueve constantemente a ir en busca de más: más sacramentos para impartir, más consejos para brindar, más sacrificios para ofrecer y más plegarias para elevar. Como neo sacerdote-monje es normal la sensación de incomodidad al estar “en el mundo”, es decir, fuera del monasterio, del hogar, de “su celda-desierto” en que puede estar a solas con Dios y de aquella hermosa y sencilla capilla en que siempre lo espera aquel a quien ha entregado totalmente su vida orante y silenciosa. Sin embargo Dios siempre dispone las cosas de tal manera que sus ministros, siempre y en todo lugar, sea cual sea su vocación, puedan ser instrumentos vivos de aquel maravilloso plan divino en favor de las almas. En este breve pero fecundo tiempo de mi sacerdocio, simplemente quiero compartir una de las tantas gracias que Dios me ha permitido contemplar tan cerca como puede hacerlo un sacerdote entre Dios y el alma que Él mismo ha encomendado a su cuidado:

Ella se llama María, Señora María, de 84 años  de edad y padeciendo, además de las consecuencias de la vejez, los efectos propios del alzhéimer. Desde hace tiempo ya que  no recuerda a menudo a sus hijos, o que son sus hijos, y simplemente se limita a decir que le duele la cabeza y está mareada. Algún “sí” o un “no” y prácticamente nada más.  Un día fui a visitar a mi mamá y me contó acerca de doña María, “la abuelita”, y me pidió ir a verla y darle la unción. Entonces arreglamos con su hijo y me llevaron a verla a su propia casa. Al saludarla me miró con la mirada completamente perdida al igual que al mirar a los demás, entonces le dije en seguida que era un padrecito y que había venido a visitarla  pero doña María simplemente miraba a todos lados diciendo que estaba mareada y le dolía la cabeza. Intenté hablar con ella un rato para proponerle recibir los sacramentos pero siempre guardaba silencio o decía que estaba mareada, nada más. Después de probar varias veces llamé a su hijo y me dijo que hace tiempo ya que no tenía lucidez pero que gracias de todas maneras. Fue allí cuando entró mi mamá a la habitación y tomándole las manos le dijo: “qué tal abuelita, acá hay un padrecito que vino a verla, ¿le gustaría pedir perdón a Dios por sus pecados?, aproveche que está el padrecito”… y entonces ocurrió lo inesperado; la mirada de la anciana cambió totalmente,  me miró con total tranquilidad y me dijo que sí, que quería confesarse. Emocionados y admirados todos me dejaron solo con ella la habitación y doña María se confesó y recibió la unción de los enfermos. Terminada la administración de los sacramentos rezamos juntos un Ave María, luego la conforté y animé a ofrecer sus sufrimientos para terminar con un Padre Nuestro que sería lo último que rezaríamos juntos pues apenas terminado me dio las gracias y repentinamente su mirada se volvió a extraviar. Yo la miré con atención para seguir hablando con ella, pero volvió a decir sin mirar a ningún lado: me duele la cabeza, estoy  mareada; y no recuperó la lucidez.

Al enterarse de lo sucedido sus hijos no lo podían creer y estaban muy agradecidos al igual que la señora que cuida a Doña María, y mi mamá no pudo evitar que cayeran de sus ojos un par de lágrimas de alegría.

Doña María recuperó su lucidez tan sólo para recibir los sacramentos después de años con esta enfermedad, simplemente quiero compartir este hecho que como tantos otros en la vida del sacerdote manifiesta cómo Dios mismo nos marca el sendero hacia las almas que la sangre divina de su Hijo ha venido a salvar, nos muestra  palpablemente que es Él mismo quien sale en busca de las almas mediante sus sacerdotes así como lo hace el padre del hijo pródigo que corre hacia el errante arrepentido para arrojársele al cuello y recuperarlo para siempre (Lc 15,20).

 

Encomiendo como siempre nuestro ministerio a María santísima para que ella interceda por sus hijos sacerdotes ante el Sumo y Eterno Sacerdote para que jamás perdamos el celo y ansia de conquistar almas para Dios, mediante la oración, el sacrificio y el olvido de sí mismos en beneficio de tantas almas que, como Doña María, que esperan recibir la gracia divina cuándo, dónde y cómo Dios quiera. A Él sea la Gloria.

 

P. Jason Jorquera M.

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