Querida Familia Religiosa:

Cerca de nuestra misión en Navarra, se encuentra el Monasterio del Pueyo que desde hace un tiempo está a cargo de los Padres del IVE.

“Blanco está el almendro en flor,

que es blanca su Virgen Madre.

Blanco está el almendro en flor,

teñido de roja sangre”

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Este estribillo de un poema compuesto por un monje benedictino de Leyre en 1998, en honor a los mártires del Pueyo, alude a la aparición de la Santísima Virgen, en aquella colina sobre un almendro en los albores del siglo XII.

Cuando se divisa a lo lejos el imponente Monasterio, recuerdo el estribillo que leí en el libro: “Iban a la muerte como a una fiesta” compuesto por un de los monjes:

“De lejos te vimos

Pueyo, nuevo edén,

y el pecho ensanchose

de santo placer.

Alegres dijimos:

El alcázar es,

do reina María.

¡Vayámosla a ver!”

Por gracia de Dios, tiempo atrás pudimos participar con la Madre María de la Salut y la hermana María de Palestina, de la Solemnidad de Corpus Christi, junto a la comunidad de monjes del IVE en el Monasterio de El Pueyo. La procesión que se realizó con el Santísimo Sacramento alrededor del Monasterio luego de la Santa Misa, fue del todo especial.

 

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¿Por qué digo del todo especial? Porqué así la habían realizado los mismos beatos mártires de El Pueyo.

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¡Qué herencia nos han dejado estos mártires benedictinos de El Pueyo, y que Dios, en su Divina Providencia ha querido conceder nuestra Familia Religiosa!. No es una herencia fácil de recibir, sino que reclama que seamos sus fieles discípulos hasta el fin, que no neguemos nuestra fe ni en lo más mínimo, que cumplamos perfectamente nuestros votos religiosos, exige dejarlo todo, para entregarnos al Todo, como ellos se entregaron y ahora están gozando de Dios sin fin. Un gozo que podremos disfrutar como ellos, a pesar de nuestras miserias, si nos dejamos abrazar por ese Amor que no defrauda, y que nos amó y se entregópor nosotros ¡Vale la pena!

Que la sangre derramada de estos mártires, nos anime a dar la vida por el anuncio de la Palabra de Dios. Para que esta Palabra sea “encarnada” en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre.

En Cristo y María Santísima

Madre Meryem Ana, SSVM.

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