virgen_MariaHace unos días peregrinamos junto con un grupo de italianos a un santuario donde se venera particularmente a la Virgen María. No poca gente acude allí para rezar, para pedir, para agradecer y para reconciliarse con Dios por medio de la confesión.

Nos encontramos con un hombre, de unos 50 años, que esperaba un milagro de la Virgen. Se trata de la curación de una enfermedad que padece desde los 19 años. Hablamos con él, y cuando alguien le preguntó si tenía confianza en que la Virgen le iba a conceder dicha gracia, él respondió diciendo que ya había hecho un milagro más grande, pues “La virgen curó mi corazón”, “Dios curó mi corazón”. Entonces contó que cuando tenía 19 años vivía alejado de Dios, y que cuando le diagnosticaron la enfermedad, en un instante el futuro que soñaba se hizo pedazos. De todos modos, fue esa la ocasión en la que Dios vino a su encuentro y tocó su corazón.

Desde ese momento su vida recobró sentido o, mejor dicho, tuvo sentido: las heridas del alma se curaron y experimentó la verdadera paz, que es la que viene de Dios. Por eso ahora, desde esa óptica, puede ver con claridad las cosas.

Es sólo un relato más de un convertido entre tantos otros, pero que nos puede ayudar a recordar dos cosas:

1º que si hay heridas en nuestro corazón, por más profundas y grandes que sean, que si hay dureza en nuestro corazón, tenemos que darle lugar a Dios, abrirle nuestro corazón, dejar que Él venga, que entre, que lo cure, que lave nuestros pecados y nos dé su paz.

2º que Jesús también quiere nuestra ayuda. Escribía el Beato Manuel González: “Él ha podido tocar los ojos, los oídos y el corazón de cada uno de los hombres de ayer, de hoy y de mañana, e iluminarlos y transformarlos. Ha podido y puede continuar aplicando los méritos y la virtud de su gran Obra, la que Él solo comenzó y Él solo consumó, de la redención del género humano. Pero ha querido, se ha dignado a querer asociarse colaboradores, no de entre los espíritus angélicos, sino de entre los hombres de carne y hueso, de barro de Adán”.

Sólo si tenemos la paz que viene de Dios, podremos llevarla a los demás, como lo hizo María.

P. Higinio Rosolén, IVE

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