Son siempre muchas las cosas que uno debe a sus padres, en mi caso he recibido de mi padre las cosas más importantes y valiosas, la Fe, el amor a Dios, a la Iglesia y la Patria, y todo lo que conllevan estos tres amores que con frecuencia se confunden en uno solo. De entre las tantas cosas que de él he recibido recuerdo una frase que una vez dijo, citando a un pensador español de quién ahora no recuerdo el nombre, “dicen que el hábito no hace al monje, pero hace”. Frase cargada de contenido y sabiduría popular que ahora, a solo horas de la imposición del hábito monástico de cuatro monjes de nuestra familia religiosa, entre los cuales tengo el honor verme contado, rebosa de un contenido emotivo mayor y más profundo aún.

Sí, el hábito religioso no deja de ser un signo, un signo de algo sublime, no por nada dice nuestro directorio de Vida Contemplativa: “como signo de su apartamiento del mundo y de su consagración a Dios en la vida monástica, los monjes vestirán un hábito”. Un signo, que tímido cruza un pie sobre la frontera que divide el ámbito de lo simplemente aparente para apoyarlo con fuerzas en el de lo real,  o expresado sencilla y profundamente en dos palabras… “pero hace”.

Y dicen que el hábito no hace al monje, pero hace y hace porque cada día al vestirnos nos recordamos a nosotros mismos aquel apartamiento y consagración que simboliza; porque con grito silencioso proclama al mundo, y a todo aquél que con un monje se cruce, que no estamos hechos para el mundo sino para aquél que lo creó y redimió. Es difícil olvidarse de esta trascendente realidad topándonos cada día con tal signo. Difícil, pero no imposible, porque  es cierto que con dolor hemos visto a muchos que vivían como si lo trascendente no fuese aunque fuesen ellos mismos su signo, pero también es cierto que es el hábito religioso lo primero que se ataca y denigra cuando se quiere vivir sin acordarse del Hacedor de todo.

Dicen que el hábito no hace al monje pero hace porque al colocarse el sayal debe tener presente que Dios mismo lo ha separado de entre los hombres “para ser una huella concreta de la Trinidad en la historia”, ser un revestido de las virtudes de Nuestro Señor. Y hace también porque la capucha no es para el monje un sombrero o una buena forma para que nadie te moleste, es el recuerdo de que su vida tiende hacia lo alto, que está hecho solo para Dios, realidad que vibra en cada parte de su ser, Dios solo. Y al ceñir sobre su cuerpo el cinturón de cuero el monje recuerda su finalidad oblativa y reparadora ante Dios por sus pecados, los de su familia religiosa y los de toda la Iglesia, imitando a Cristo, su ideal, que con libérrimo amor derramó hasta la última gota de su sangre por los pecadores. Y sigue haciendo al monje su hábito porque, al proteger su espalda y su pecho con el escapulario de su Santísima Madre, actualiza una vez más su voto a María imitando al Divino Verbo que en su virginal ceno moró por nueve meses. Y si sus dedos rozan el escudo de su congregación, sepa que no solo lo debe llevar con orgullo bordado sobre su pecho sino, sobre todo, bordado en su corazón, porque el monje es  vanguardia del Instituto y guardián de su espíritu.

Dicen que el hábito no hace al monje… pero HACE.

Me encomiendo a sus oraciones. En Cristo y su dulce Madre.

José Ignacio de los Ángeles Berarducci, monje del Verbo Encarnado.

Solemnidad de Nuestra Señora de Luján – 8 de Mayo del 2013

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Monjes del IVE durante la bendición con el Santísimo Sacramento
Monjes del IVE durante la bendición con el Santísimo Sacramento

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