Queridos todos, estas pequeñas líneas son para dar gracias a Dios por dos gracias muy especiales, la primera es por los diez años de votos perpetuos que cumpliremos el próximo 19 de marzo de este año y por mis once años misionando en Egipto.

Dos gracias que para mi van unidas porque fue aquí en Egipto que hice mis votos perpetuos y fue Egipto mi primer país de misión “ad gentes”. Un país donde la mayoría de las personas no es cristiana y donde la minoría cristiana es muy perseguida.

Servidoras

VOTOS PERPETUOS

El primer de mayo de 1997, juntamente con mi hermana, María do Divino Pranto, ingresé en el convento. Una fecha de mucha importancia para mí, especialmente después de haber conocido la devoción que nuestra Familia Religiosa tiene al gran patriarca San José. Me gusta pensar que somos “josefinas”, ya que para esta fecha las postulantes rezaban a San José pidiéndole nuevas vocaciones. Por lo tanto nada mejor que haber podido hacer los votos perpetuos en el dia de San José y en Egipto,  país bendecido por la presencia de la Sagrada Familia.

Es sabido la importancia que tiene para una religiosa el hacer los votos perpetuos, ya que en los votos perpetuos sellamos de modo definitivo el deseo de entregarnos enteramente a Dios; deseo que hemos expresado en la primera profesión de los votos temporales y que luego lo hemos actualizamos a lo largo de las renovaciones de los mismos, pero en la profesión de los votos perpetuos resuena como “el eco” de la decisión definitiva de querer servir a Dios para siempre.

Para mí fue una inmensa gracia haber podido realizar mi profesión perpetua en Egipto, mi país de misión, en una lengua que estaba aprendiendo con tanto sacrificio, el árabe. También el hecho de estar lejos de mi familia en un momento tan especial e importante, remarcaba más mi deseo de dejar todo por seguir a Cristo. Éramos tres las hermanas que en aquel 19 de marzo de 2004 en la Catedral de Santa Catalina de Alejandría, delante de Monseñor Giuseppe Bausardo, hacíamos la profesión de nuestros votos perpetuos. Las hermanas Maria dell’Adolorata, María Cristo de la Quebrada y yo. Entre coronas de flores… hicimos de nuestras voces eco de lo que llevábamos en el corazón.

A Dios agradezco el haber perseverado durante estos años y pido perdón también por mis faltas e infidelidades a su divina gracia.

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Me parece que fue ayer, que viajé a Egipto. Cuantas cosas aprendí en estos 11 años de misión.  En Egipto he vivido principalmente dos etapas muy importantes: el desconocimiento total del idioma y de la cultura y, el amor por el país de mi misión.

He aprendido a amar a mi tierra de misión con el mismo amor con que uno ama a su patria y con el mismo amor con que Dios la ama. Yo he nacido en Brasil, pero “mi” ser misionera ha nacido en Egipto, por lo tanto soy ciudadana de este país. Soy tan egipcia como mis hermanas egipcias en religión. Aquí he aprendido no solamente a hablar árabe, sino que he aprendido a pensar como una árabe… he aprendido de los cristianos perseguidos a vivir la fe sin miedo, aunque eso implique morir por ella. Ciertamente es difícil vivir en un país donde la cultura no es cristiana, donde los valores cristianos son pocos y están tan mezclados con el islam que es difícil separarlos.

Aquí no he tenido la oportunidad de perder mi casa, como lo que le pasó al Padre Llorente en Alaska (al Padre Llorente la crecida del río le llevó literalmente su la casa), pero he tenido la oportunidad de no apegarme a ella. Estando en Egipto he cambiado de casa cinco veces durante los siete años que viví en la casa del Noviciado. Sin contar el año de la revolución que cambie de casas cinco veces… ¿es o no es una aventura misionera?

He estado presente en el año de la “primavera egipcia”, año en que cambió totalmente Egipto. He participado con mis oraciones y presencia de los sufrimientos de los cristianos durante este tiempo.

Estoy enormemente agradecida a Dios por haberme dado la gracia de no haber sido esquiva a la aventura misionera en estos once años;  de haber podido perseverar hasta el día de hoy en la vida religiosa y, pido a Él, que me ayude a perseverar hasta el día de mi muerte y  no ser esquiva a ninguna otra aventura misionera.

Agradezco a mis superioras por haberme enviado a Egipto y por la nueva misión que me han encomendado en Gaza.

Agradezco a todos los sacerdotes del IVE que me asistieron durante estos años: asesores espirituales, confesores, directores espirituales, etc.

Agradezco a todas mis Madres Provinciales y a mis hermanas en religión que me enseñaron tanto con su ejemplo.

Comprometo mis oraciones por todos y pido a su vez que recen por mí. Pido a todos perdón por mis errores durante estos años. A Dios se la gloria!

Hermana Maria Laudis Gloriae, SSVM

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