Querida Familia religiosa, desde el monasterio Santa Teresa de los Andes van escritas estas líneas para contarles cómo vivimos en nuestro monasterio dos fiestas, una de la tierra y otra del cielo pero una y otra con algo de la una y de la otra, sin mezcla ni confusión, sino con humana y divina distinción.

Fiesta del 25 de mayo

Para quien ha estado lejos de la madre patria por tantos años, resulta conmovedor recordar los cantos folklóricos, ver los arreglos celestes y blancos, incluso llevados en la pequeña escarapela prendida sobre el pecho que jamás olvida donde nació y sentir los olores de los buenos platos típicos para estas fiestas, empanadas, tortas fritas… cosas de esta tierra, es verdad, pero que llevan algo de cielo, si pensamos que el amor a la patria nos lo puso Dios muy dentro grabando el cuarto mandamiento y sobre todo cuando se ve a su Santísima Madre vestida con los colores donde El habita.

La Virgen como presidiendo los festejos gustó el homenaje que le rendíamos con cantos, poesías y payadas, uniendo en los versos algo de esta tierra, la tinta y el papel, y algo de cielo,  como son los más puros sentimientos patrios en una tierra que se sabe toda de Cristo y de María.

Cosas de esta tierra y cosas del cielo…

monasterio

Solemnidad del Corpus Christi

Y para quien vive tan cerca del Sagrario por particular vocación y singular misericordia de Dios, resulta también conmovedor ver a Dios en la humildad de una frágil Hostia caminando por entre las filas de olivos de la clausura. Esas filas en las que desde nuestros humanos corazones se abrigan deseos de cielo y que hoy la Iglesia permite manifestarlos públicamente cantándolos al Señor Sacramentado que camina por los mismos senderos recorridos para rezar el rosario en comunidad, para trabajar y cumplir con la ley santificadora del trabajo o simplemente para componer amorosas jaculatorias que confía después al viento para que sean llevadas muy cerca del corazón del Esposo.

Cosas de esta tierra y cosas del cielo…

Después de la Santa Misa, solemnizada con cantos gregorianos y polifónicos muy hermosos entonados por el coro de las hermanas, comenzamos la procesión dentro de los confines de nuestro pobre monasterio. Este año reflexionamos durante la procesión algunos puntos del Catecismo de la Iglesia Católica por ser el año de la fe ya que el amado papa benemérito Benedicto XVI declaraba la concesión de indulgencia plenaria a quien meditara textos del CIC. Así lo hicimos en cada altar y mientras lo acompañábamos por los caminos abiertos entre los olivos de nuestra finca le cantábamos y le profesábamos nuestra fe ardiente con letanías y poesías eucarísticas. Al paso del Señor banderas papales y argentinas junto a bellos estandartes realizados por las hermanas flameaban suave y majestuosamente rindiendo al Señor, a su modo, también silenciosa adoración. Ya en el cuarto altar donde el sacerdote se detuvo por última vez para dar la bendición con la custodia, colocamos a su lado, una pequeña imagen de la Virgen de Luján ante la cual rezamos una oración por la implorábamos a su maternal protección sobre nuestra querida patria, por su necesidades materiales y sobre todo espirituales.

Sí, resultaba en verdad conmovedor ver cómo el cielo y la tierra se unía para adorar a Jesús Sacramentado, a rezar a la Virgen por que los colores de la bandera confeccionada por manos humanas fue hecha con colores de cielo…

Dios se hizo hombre en la Virgen, en aquella que con rostro trigueño veneramos bajo el titulo de Luján. Dios se hizo carne en sus purísimas entrañas y caminando entre nuestros olivos nos recordó sus lágrimas y pasión redentoras y elevándose en la Hostia lo confesamos ya glorioso con todo su cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Cosas de esta tierra y cosas del cielo… pero que sabiéndolas unir como lo hizo el Verbo tiene mucho que inspirar a quien desde un monasterio silenciosa lo considera.

A los que están lejos en alguna misión en algún monasterio tal vez le ayude a pensar que es hermoso amar la patria donde se nació pero mucho más hermosa es la que se nos promete… lo lindo de todo esto, es que por ser argentina mi patria terrena y la celestial son las que visten a mi querida Madre que es Madre de todos, argentinos o no, por ser la Dulce patrona de nuestra Congregación.

Hermana María de las Virtudes, SSVM 

 

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