En una de las 7000 islas que conforman la “noble Nación” de Filipinas (antiguamente llamada “Las Antípodas” o “La Perla de Oriente”), la Providencia Divina encomendó a nuestra Congregación cooperar en la continuación de la obra evangelizadora comenzada hace medio milenio por Magallanes, quien no solo descubrió estas tierras -al dar la primera vuelta al mundo- sino que fue quien comenzó a evangelizarlas, al llevar -como hizo- la primera Cruz y el primer “Santo Niño”. No fue sino al llegar este gran Marino de la Hispanidad, que se celebró por primera vez en la Historia la Santa Misa en estas remotas islas.

 

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Uno de los principales apostolados que tiene nuestra Familia Religiosa en “la Perla del Oriente” es la atención del primer templo asiático dedicado a la Patrona de la Argentina, es decir, la Cuasi-Parroquia ” Nuestra Señora de Luján”. Como la vez pasada me distraje y por eso saqué mal el pasaje de vuelta, me quedaron cinco días “de sobra” en Filipinas, adonde habíamos ido para una reunión de Sacerdotes. Pero, fue un error providencial ya que en esos días “extra” pude conocer nuestra Cuasi-Parroquia de Filipinas, de la cual quiero contar alguna cosa en esta crónica.

 

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Cuando llegaron nuestros Misioneros a este lugar -hace más de diez años- no había prácticamente nada salvo una pobre capilla donde había una Misa por mes a la que asistía una decena de almas. Esta iglesia está en “Bagong Barrio”, que es el segundo barrio más pobre de Manila. Al llegar nuestros Misioneros, esta capilla se transformó en “Cuasi-Parroquia” (el prefijo “Cuasi” se debe a que el Obispo la considera “tierra de Misión”).

Hoy en día, en esta “periférica” Cuasi-Parroquia, se celebran seis Misas cada Domingo (además de las Misas de semana), en las cuales no solo viene mucha gente sino que abundan los “ministerios laicales” (coristas, lectores, sacristanes, acólitos, encargados del audio, …), abundancia ésta nacida del deseo de los fieles de participar activamente en el Culto Divino.

 

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En la Parroquia se hacen muchos apostolados (se salvan muchas vidas ayudando a las madres para que no aborten, se atienden a los enfermos, surgen vocaciones religiosas, etc.) pero quiero subrayar una obra que pude ver bien de cerca: el Oratorio festivo.

El Oratorio tiene muchísimos niños -unos cien, o más-. Tienen, por cierto, el espíritu lúdico de todo niño normal pero poseen una sorprendente buena conducta, que se torna mas admirable aun si se considera que viven en una villa paupérrima. En el Oratorio se les da de comer (comen todos sentados, en grupos ordenados) lo que las Hermanas preparan y el Padre bendice y juegan muchas horas, pero lo principal es que se les da el Catecismo, reciben los Sacramentos, y aprenden a rezar.

Es de destacar que, a pesar de que los adultos en general -por la escasez de clero habían perdido el hábito de la confesión frecuente-, los niños del Oratorio se confiesan seguido, algunos llegando incluso a hacerlo semanalmente.

 

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Al terminar los juegos y las oraciones, muchos niños no se van a su casa, sino que van a hacer apostolado. ¿Qué hacen? Van casa por casa llevando la Virgen rezando el Santo Rosario y cantando por la calle loas a nuestra Madre Celestial, haciendo el santo lío que pedía el Papa en Río.

Ya pasamos impunemente la hoja A4, por lo que no diremos más de la apasionante Misión en Bagong Barrio, barrio que carece de todo lo material pero abunda en niños, que irradian alegría por doquier y exigen al conductor una atención total pues en cualquier momento pueden aparecer con su pelota corriendo descalzos.

Terminemos diciendo que aun se ven los frutos de 3 siglos y medio de Cristiandad en este pueblo, que no sabe mezquinar manifestaciones de la más sincera y tradicional devoción religiosa. Muchísimo se podría escribir sobre la piedad de este pueblo hispánico, pero, a falta de espacio, subrayo algo que experimenté en “mano propia”. Muchísimas veces por las calles de Kalookan los locales “interrumpen” al Sacerdote que pasa -sea el que sea- para pedirle la bendición. Era muy simpático ver a los niños pequeños peleándose entre ellos para pedirme la bendición. Era tal su fervor que no imagino fuese mayor si lo que repartiese fuesen golosinas.

Me  sorprendió ver niños menores de dos años que, bien educados por sus sencillos padres, ya cortaban el paso del Sacerdote para reclamar la bendición celestial. A veces eran tan chiquitos que algún hermanito un poco mayor lo ayudaba a pedir gracia alcanzándole la mano del Sacerdote a la frentecita del pequeño.

Encomendamos, a las plegarias de nuestra Familia Religiosa, los frutos de esta floreciente y difícil Misión en la “Perla del Oriente”.

P. Federico

 

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