Quiero hacer de este tiempo un sacrifico, quiero celebrar la Misa en mi propio cuerpo. Quiero ser una víctima en Cristo, en su sacrificio. Veo la sábana blanca de la habitación del hospital donde estoy internado  como el mantel del altar y yo posado encima como mi Señor sobre el altar. Mi altar es la cama y la hostia mi cuerpo y subo a esta patena con toda mi voluntad.

Sé que es un lenguaje osado, pero es simbólico y sacerdotal, ya que el sacrifico nuestro es místico y real”.

Hace un tiempo escribía esto, después de estar casi 6 meses en cama tras una de las operaciones que sufriera el año pasado y tiene que ver con lo que creo que es el centro de la crónica.

Hoy, por gracia de Dios, ya estoy nuevamente en la Misión, una misión increíble: el seminario Mayor “Beato José de Anchieta”, en la provincia Nuestra Señora de Aparecida en Brasil

Una vez leí en un libro del beato Paolo Manna y en otro del padre Llorente la misma consideración: “que la humillación más grande del misionero era la lengua”, y vaya que tienen razón!!! Y si no es así, preguntemos a los miembros del Instituto misionando en China, Medio Oriente, Rusia, Filipinas, Groenlandia y Brasil, por ejemplo (solo para nombrar algunos).

Esto me llevo a considerar dos elementos de esa verdad:

Primero, la verdad misma de esa afirmación, que tiene como un aspecto negativo, pero siempre de Cruz; que es el hecho de pasar mucho tiempo sintiéndose como un niño, balbuceando, siendo blanco de las risas de los locales al escucharnos decir un sinfín de errores, la impotencia de querer hacer un poco de apostolado y consolarnos solo diciendo que es lo que Dios quiere y debemos aguantar; las desolaciones de decirnos a nosotros mismos que “no lo vamos a lograr…” Y muchas cosas más que solo Dios y los misioneros saben.

Pero después llega el momento especial, el segundo aspecto que quiero considerar: cuando celebramos la primera Misa….

Lo comento, porque me ha sucedido ayer. Es el momento en el que pasando barreras de limitaciones, vergüenzas y demás, somos capaces de celebrara la primera Misa en la lengua del lugar en el que estamos. Yo sé que es una apreciación muy personal, pero la consideración es que esa primera Misa no tiene nada que envidiarle a la primera Misa que celebre en mi lengua madre, ni en Ingles, ni en Pidgin. Los mismos nervios, las mismas expectativas, el mismo sentido de la responsabilidad, pero por encima de todo, el mismo sacrificio, el de Nuestro Señor Jesucristo que hace que nuestra vida sacerdotal tenga todo el sentido y valor que tiene.

Los santos nos piden que vivamos la Santa Misa como si fuera la primera, la única y la última, por eso creo que cuando un sacerdote después de su esfuerzo personal por aprender al menos a celebrar la Misa en el idioma que le toca, lo logra; experimenta una vez más que la Misa es siempre la primera, la única y la misma. Y eso es porque tiene en sus manos la responsabilidad más grande que pueda existir, que no es aprender una lengua, sino sostener en sus manos al Cordero Inmaculado, que se sacrificó por nosotros, para que nosotros podamos ser sacrificados para El, para su Esposa la Iglesia.

En una cama, en el desierto, en la nieve, en la selva o en una ciudad que si llueve tiene 267 kilómetros de embotellamiento para llegar al centro, como es san Pablo; celebramos el misterio más grande con nuestras manos, el misterio de la Fe, el misterio Pascual de Cristo, La Santa Misa Católica.

Quisiera pedir a Dios, por medio de esta pequeña crónica, que nuestras Misas sean siempre la primera, la ultima y la única y que por medio del sacrificio eucarístico bendiga nuestra Misión en Brasil y a todos los que silenciosamente dan lo mejor de sí en esta provincia, Nuestra Señora de Aparecida.

P. Emilio Rossi IVE

Misionero en Brasil

 

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