“DE LOS QUE SON COMO ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS” (Mt. 19, 13)

¿Qué es lo que tiene un niño que lo lleva a adueñarse del Reino de los Cielos? Porque sea el niño que sea, mientras que sea niño, es suyo el Reino de los Cielos.

¿Qué es lo que “roba” el corazón de Dios? ¿Qué es eso que tienen los niños que puede inclinar a todo un Dios a regalarle el Reino de los Cielos?

Cuando uno tiene el privilegio de trabajar en una casa llena de chicos, descubre este secreto rápidamente. Cuando toca estarles cerca, uno entiende por qué Jesús nos dijo esto.

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Quizás puedo ilustrarlo con un par de anécdotas:

“…los números”

Me encontraba una mañana trabajando en economía, terminando informes y demás. En un momento una de las hermanas vino a hacerme una pregunta. Al irse, me salió naturalmente (más bien, me salió del alma) decirle: “rezá para que me salgan los números”. La hermana, muy atenta, le pidió a su grupo de niños que rezaran por esta intención.

Más tarde tuvimos todos la Santa Misa. Al momento de las preces, donde cada niño pide por algo en particular, uno de los monaguillos, de siete años, dijo con voz grave y solemne: “pedimos para que a la Madre le salgan los números”. Y todos contestaron con la misma solemnidad: “te lo pedimos Señor”. Yo estaba tan tentada de risa como emocionada, y pensaba: ¿cómo Jesús no va a escuchar a este chiquito, que con tanta naturalidad le pide?

La anécdota no acaba ahí, porque al terminar la Santa Misa, una de las nenas me preguntó preocupada: “¡¿Madre, usted no se sabe los números?!”. Y otra de seis años vino y me dijo con la dulzura con que un “grande” le habla un niño: “yo ya aprendí a sumar, si quiere le puedo enseñar”. ¡Creo que la economía andaría mucho mejor con ellos a cargo!

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“Pablo”

Las niñitas de dos a seis años estaban rezando sus oraciones de la noche. Como es costumbre en nuestra querida Congregación, toda oportunidad es buena para pedir, y también a estos niños se lo hemos inculcado muy bien.

Así cada nena, desde su camita, rezaba por distintas intenciones. Una pedía por su mamá, otra por los misioneros, otra por los niños pobres, etc. Cuando llegó el turno de Rocío su intención fue bien corta: “Pedimos por Pablo”. La Hermana que la escuchaba no tenía idea de quién era este tal Pablo. No era ningún familiar de la nena, ni tampoco lo había escuchado antes. Al día siguiente, mientras desayunaban, la Hermana preguntó a Rocío: “¿quién es Pablo, por el que rezaste anoche?”, y la niña de cinco años respondió: “es un hombre al que Jesús le dio una cruz y como le pesaba mucho la fue recortando, pero después tenía que pasar un puente y no pudo llegar al Cielo porque la había recortado”. La historia se la había contado una novicia en los “buenos días” del sábado. Esta nena se la había tomado muy en serio y estaba preocupada por este pobre Pablo que andaba recortando su cruz.

Esa noche una niña rezó por muchos de nosotros. Seguramente Dios la tuvo en cuenta para fortalecer a tantos que andamos queriendo recortar nuestra cruz.

“Te quielo mucho”

Así le dice al Crucifijo, Isaías, un nene de 4 años, cada vez que lo levanto para que le dé un beso a los pies de Jesús. Después del beso, lo mira a los ojos y le dice: -“te quielo mucho”-. Acto seguido, me pregunta siempre lo mismo: ¿por qué está tan lastimado? Yo le respondo que es por nuestros pecados, y de cómo cuando nos portamos mal lo hacemos sufrir más.

Un noche, cuando llegó el momento de saludar a Jesús, después de darle el beso se puso serio, se quedó un segundo en silencio,…y en vez del “te quielo mucho” habitual, le dijo mirándolo a la cara: -“no me comí toda la comila”… y al instante, convencido de que estaba todo arreglado, volvió a sonreír. Ya todo estaba resuelto…

“…ya lo estoy ofreciendo”

En unas buenas noches les hablamos del ejemplo de los pastorcitos de Fátima, de que aun siendo tan chicos, la Virgen les había pedido sacrificios por los pecadores y que el secreto para salvar almas consistía, no sólo en sufrir, sino en acordarse de ofrecerlo en ese momento a Jesús. Ésa era “la fórmula mágica” para que con sus dolores salvaran almas de caer en el infierno. Antes de ir a dormir una de las chiquitas se golpeó el labio y vino a mostrarme, como hace cualquier niño normal. La consolé explicándole que ya se le iba a pasar, pero también quise aprovechar la ocasión y le dije: “¿sabes qué podes hacer con eso?”. Y antes de que pudiera terminar mi pregunta retórica, ella muy convencida y en voz baja me respondió: “sí, ya lo estoy ofreciendo”.

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Los niños…

Ellos no se preguntan por el valor de sus obras. Ellos están seguros de que Dios, que es Padre, estará feliz con lo que le traen. Lo que le “roba” el corazón a Dios es la confianza del niño.

Y es esta confianza que ellos tienen por naturaleza, la que nosotros necesitamos conquistar por virtud para robarle a Dios el corazón.

La sencillez, la confianza sin límite, la humildad, la docilidad, es lo que le gana a un niño el Reino de los Cielos.

Ojalá seamos como niños y dejemos de temer y calcular humanamente. Si queremos ganarle a Dios el corazón, no tenemos más que “ser como ellos”. Ante nuestros sufrimientos, necesidades o caídas digamos como Santa Teresita: “Se cansará Dios de probarme antes que yo desconfíe de Él”.

¡Ánimo misioneros! No tengan miedo, Dios Padre está siempre, y estos niños ¡están rezando por ustedes!

M. María Madre Virgen

Hogar de niños “Santa Gianna B. Molla

1 Comentario

  1. Gracias! Hermoso!! En la primer foto veo un niño y una niña — la niña bien pudiera ser Maria de Nazaret hace muchos años (en ella me hizo pensar)… “Jesus, meek and humble of heart, make our hearts like unto yours.”

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