Por: P. Diego Cano, IVE

 

Nyasa, parroquia de Ushetu, Kahama, Tanzania, 27 de mayo de 2020

En las últimas tres semanas me ha tocado quedarme en las casas misioneras que hemos construido en las zonas más alejadas del centro misionero. Una semana en Mazirayo, y las últimas dos aquí en Nyasa. Estas casas son en verdad una gran ayuda para la misión, desde el punto de vista estratégico. Nos ayuda a mejorar la asistencia espiritual en estas zonas a las que es difícil llegar, a la vez que reducimos la cantidad de viajes, los kilómetros, el tiempo y el cansancio.

Luego de la Pascua comenzamos a ir a todas las aldeas para hacer los bautismos de los catecúmenos, es decir de los adultos que terminaron sus dos años de catequesis, y de los niños mayores de ocho años que hicieron su año de catecismo. Como tenemos 43 aldeas, verán que el tiempo pascual nos va quedando muy ajustado para llegar a todas. Sin embargo, gracias a que somos varios sacerdotes, los de la parroquia más los que están en la casa de formación, lo vamos a lograr, salvo tres aldeas en las que tuvimos que suspender un viaje por el mal tiempo, y porque era imposible para nosotros poder ir, y para la gente misma poder ir a la iglesia.

Pensando en que el tiempo de lluvias ya iba mermando, y que siempre la fiesta de la Virgen de Luján nos marca el final del tiempo lluvioso, programamos la ida al centro de Mazirayo para quedarnos en la casa misionera de allí, y visitar tres aldeas de esa zona: Nonwe, Ubagwe e Itobora. Salimos el día jueves por la tarde, yo iba acompañado de dos voluntarias que irían a Mazirayo para seguir con los trabajos de pintura en la pequeña capilla de allí, mientras yo me dedicaba a ir con los catequistas a las aldeas para los bautismos y misas. En esos días también las hermanas de la casa de formación, junto con las jóvenes que están con ellas, habían decidido hacer una peregrinación hasta Mazirayo, que tiene como patrona a Nuestra Señora de Luján, para pedirle por el aumento de vocaciones. Nos encontraríamos allá, yo les podría celebrar misa, y luego volver todos juntos.

El viaje de ida ya comenzó con un poco de aventura, porque no esperábamos encontrar dificultad en la zona del río, sin embargo las lluvias de la semana anterior habían traído mucha agua, y de repente nos encontramos en una zona que se veía imposible de atravesar. Un bus mediano estaba totalmente atascado en el barro, desde esa mañana, y no lo habían podido sacar. De frente a nosotros estaba deliberando un camión cargado de tabaco si cruzaba o no. En un momento hace el intento y ellos mismos al ver que cada vez se hundían más, decidieron retroceder. Me bajé para ver la zona y parecía que lo más prudente era regresarse hasta Kangeme, donde tenemos una casa, y al día siguiente intentar pasar, o contratar motos que nos llevaran. Sin embargo la providencia nos había preparado un guía inesperado. Cuando voy a subir a la camioneta, me dice un hombre que estaba parado y con una bicicleta en la mano: «por aquí hay un desvío que se puede pasar perfectamente». Le agradecí, pero no muy convencido. Me volvió a insistir, y que era imposible que nos quedáramos. Yo estaba todavía medio asustado de la experiencia de unos días antes cuando nos empantanamos con los tres vehículos, y no quería correr la misma suerte aquí, casi de noche, mucho más lejos, y con las voluntarias en el coche.

Le dije que vayamos primero caminando, y se reía por mi desconfianza, pero allí fuimos, descalzos y «testeando» los charcos y lagunas, a ver si el fondo era duro o blando. En un momento pasó una pequeña víbora entre nosotros, siguió su camino. Parecía que todo estaba bien, así que regresamos trotando a la camioneta y nos largamos por ahí. Todo anduvo perfecto. Le agradecimos a «Mongo», que así se llamaba nuestro providencial guía, y se mostraba muy alegre de poder ayudarnos, y retomamos el camino dejando atrás el lugar del problema. De todas formas, hasta llegar a Mazirayo tuvimos que dar un gran rodeo, y llegamos de noche. En otro lugar debí bajarme a ver el lugar para pasar en otra laguna, caminar en el agua y el barro, y gracias a Dios pude tocar un tronco que estaba metido en el agua y no se veía, y que podría habernos destrozado el vehículo haciendo que quedemos en medio del agua y el lodo que en algunas partes llegaba a unos 80 cm de profundidad. Utilizamos dos horas y media para recorrer cuarenta kilómetros. Llegamos a nuestro destino, y la gente nos esperaba contentísima. Confirmado que llegaríamos esta vez a las aldeas para los bautismos.

Yo comencé la visita a las aldeas de esos días, en Nonwe hicimos 39 bautismos, en Ubagwe 17, y en Itobora el domingo hice 16. Las voluntarias siguieron con sus trabajos de pintura en la capilla, y por la tarde jugaban con los niños. La capilla quedó muy linda, reluciente. Es muy pequeña, y esperamos que llegue una donación que nos han otorgado para comenzar la construcción de una iglesia bien grande en honor a la Virgen de Luján. Sin embargo, como parte de esta aventura, les cuento que la noche que llegamos llovió mucho. También llovió el viernes, y llovió el sábado… tormentones.

Las hermanas que venían de peregrinación caminando, tuvieron que suspender el primer tramo, y en el segundo tramo, pasaron por muchos lugares de barro y agua. Los caminos estaban imposibles, ellas traían el testimonio de más camiones atascados, tractores, etc. ¡Pero llegaron caminando! La gente estaba feliz de verlas, y el sábado por la tarde tuvimos la misa a los pies de la Virgencita de Luján. Hubo que cambiar planes. Yo no podía volver por ese camino, y debía esperar al menos un día más a ver si había noticias de que se pudiera pasar, pero las hermanas y las voluntarias debían regresar a su casa. Pensamos que lo mejor sería que al día siguiente, domingo, yo las llevara hasta el lugar más cercano al río que se pudiera llegar con el vehículo, ellas seguirían caminando y la Madre Blessed las esperaría del otro lado del río para llevarlas a Ushetu. Luego de dejarlas en el camino, yo regresé a Itobora para seguir con las actividades, misa y bautismos.

Me quedé un día más en Mazirayo, en la casa misionera, y aproveché también para hacer algunos trabajos de mantenimiento en la casa, puertas y cerraduras. Pero de todas maneras no se podía regresar por donde vinimos. Me indicaron todo para ir por un camino distinto, mucho más largo, saliendo a otra parroquia vecina. Después de preguntarles varias veces, me encomendé a San Juan Pablo II, ya que estábamos celebrando los 100 años de su nacimiento, y emprendí el regreso. El camino estaba perfecto, era mucho más largo, hice casi 60 km, pero casi que ni me di cuenta… será porque también iba mirando mucho el paisaje, y muy atento a los obstáculos que no conocía. En un momento, luego de viajar y viajar, veo un grupo de niños que estaban pastoreando unas vacas, y al pasar el vehículo gritan: «¡Padre!» Me alegré mucho más de lo normal, me relajé al pensar que ya estaba cerca de los límites de la parroquia. Efectivamente, a los pocos kilómetros ya identifiqué el camino, una de nuestras aldeas, y sabía dónde estaba parado, aunque me faltaran 20 km más, los conocía como la palma de la mano.

Esta crónica está demasiado larga, con muchos pormenores que me imagino no interesan tanto… me gustaría hacer algunas apreciaciones sobre esos días de misión, los bautismos a los catecúmenos, cómo avanza la evangelización en una zona tan llena de paganos, la vida en las aldeas lejos de la civilización, la peregrinación de las hermanas, y las aventuras que han tenido que vivir las voluntarias para regresar. Es mucho. Si han llegado hasta aquí, les agradezco y los invito a tener paciencia para leer lo que falta, en la próxima.

Dios los bendiga.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE