En una de las primeras clases de griego aprendimos a contar del 1 al 10 y a preguntar “¿cuánto vale eso?”. Así, si necesitábamos comprar o averiguar el precio de algo, con una simple pregunta podíamos saberlo. Ahora bien, darnos cuenta del valor de las cosas es otro tema.

Mientras esperaba el colectivo para ir a clases de griego, un joven, viendo que yo era sacerdote, se acercó a saludarme. Se presentó diciendo que era cristiano ortodoxo, que hacía poco tiempo que estaba en Grecia y que era de Gaza, Palestina. Cuando escuché esto no pude menos de recordar a dos amigos sacerdotes que están allí, los pp. Hernandez y Da Silva, también ellos del Instituto del Verbo Encarnado y le pregunté si conocía a los sacerdotes católicos que estaban en Gaza. Me dijo que conocía al p. Jorge, “que es argentino y que juega bien al futbol”. Luego en el transcurso de la conversación, me decía “¡Qué linda es Grecia!”, “¡qué bella es la vida aquí!”, “¡qué lindos son esos edificios!”, “¡qué linda es esta ciudad!”, etc. Se podría pensar que sólo se trata de una persona con optimismo, pues, p.e., no estábamos precisamente en un barrio que se caracterice por ser moderno y lindo, pero al final dijo algo que iluminó todo lo que venía diciendo: “¡qué lindo, aquí hay paz!”. Ese día aprendí más sobre lo que significa paz.

En esos días fue a celebrar una misa en griego a una parroquia. Terminada la misa, un feligrés se acercó, me agradeció por la misa, me hizo unas cuantas correcciones de pronunciación, de vocabulario, de expresiones, pero luego dijo lo siguiente: “la gente valora mucho lo que ustedes hacen. Vienen de lejos, dejan sus países, y aprenden nuestra lengua para celebrarnos la misa, para estar entre nosotros y predicarnos en nuestra lengua. La gente sabe eso y lo valora”.

Son dos hechos más, entre tantos que diariamente nos pasan, pero que dejan su enseñanza.

Los seres humanos valoramos las personas, las cosas, las obras, los gestos, las palabras. A veces por motivos “relativos”, no por eso menos importantes, ya sean personales, culturales, sociales. Seguramente alguna vez hemos escuchado expresiones como “esto es impagable”, “no lo vendo ni por todo el oro del mundo” o semejantes. Probablemente también nos ha sucedido darnos cuenta de que hemos sobrevalorado, y así después de conseguir algo muy anhelado, descubrimos lo poco que valía realmente; o de subvalorar, y así recién luego de perder algo, entendimos lo mucho que significaba (gracias a Dios no siempre tenemos que perder algo para darnos cuenta de su verdadero valor).

Acrópolis de Atenas

Hay, además, un motivo “absoluto”, que es el valor que tienen las cosas delante de Dios. Y ese es el que indica el verdadero valor de las cosas.

Jesucristo en el Evangelio nos enseña: “Mirad cómo las aves del cielo no siembran, ni siegan, ni encierran en graneros, y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?” (Mt 6,26). Y en otro pasaje, cuando una mujer derrama sobre la cabeza de Jesús un perfume de nardo de gran valor, ante la murmuración de algunos de los presentes que decían que se podría haber vendido perfume por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres, Jesús les dice: “Una buena obra es la que ha hecho conmigo … a mí no siempre me tendréis” (Mc 14,3-7).

San Pablo de modo muy hermoso dice que en Cristo Jesús tiene valor solamente la fe que actúa por la caridad (cf. Gal 5,6).

Pensemos (y agradezcamos) un poco en el valor de lo que nos rodea, pues tantas y tantas cosas nos pasan cotidianamente, encontramos mucha gente o la misma cada día, y no siempre les damos el valor que tienen y las dejamos pasar sin darles importancia y son ellas las que, sin hacerse notar, nos dan felicidad y nos ayudan en nuestro paso por esta tierra.

P. Higinio Rosolén, IVE

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