(A los monjes de los Coroneles)

… No pretendo hacer una crónica sino más bien una especie de reflexión ahora que me encuentro lejos de la casa de formación en que se afianzó mi vocación monástica estos maravillosos últimos 2 años y en que juntamente me preparé para  la profesión perpetua, el diaconado y posteriormente el sacerdocio vivido dentro de la vida  monástica.

Como todos sabemos, cuando un monje parte del monasterio de los Coroneles, suenan las campanas y luego retorna el silencio propio de la vida contemplativa. Esto mismo quisiera decirlo desde el punto de vista de un monje y sacerdote que lo ha experimentado hace muy poco tiempo y ahora les escribe desde donde ha de fructificar todo aquello que ha recibido de parte del Instituto en estos ocho  años de formación y particularmente los últimos dos en el monasterio.

monasterio adoración

No puedo negar que cuando sonaron las campanas me invadió una emoción muy particular que ciertamente muchos otros habrán experimentado; la tristeza de marchar junto con la alegría de continuar una nueva etapa en mi vida que sabía perfectamente ser la voluntad de Dios, pero  lo llamativo en mi caso fue el hecho de que anteriormente lo había sentido hace poco más de ocho años, el día en que me despedía de mi familia para ir de postulante a Argentina pensando que no volvería jamás. Entonces comprendí una gran verdad: no me despedía de los monjes, no me despedía de Los Coroneles y sus rosetas, no me despedía de mis compañeros, no me despedía de los  buenos momentos sino que me despedía emotivamente de mi familia; de aquellos lazos que misteriosamente construye el mismo Dios entre quienes Él  ha llamado en una común y diversa vocación: común, pues todos hemos sido llamados al sacerdocio y en este caso además a la vida contemplativa en el Verbo Encarnado; diversa, puesto que cada cual tiene un plan concreto y personal entre Dios y su misma alma que difiere cuanto lo hace un alma de otra y el designio divino trazado para ella por el camino exclusivo de las gracias y dones personales que Dios ha dispuesto concederle.

–         Cuando suenan las campanas, el monje comprende que en el monasterio se fueron forjando sus alas mediante   las enseñanzas de los sacerdotes, sus consejos, sus oraciones, sus correcciones, lo mismo sus compañeros, y que ahora ha llegado el momento de volar solo con la gracia y aplicando en cada tiempo lo gratuitamente recibido;

–         cuando suenan las campanas, el monje sabe bien que ha llegado la hora de emprender la conquista de las almas para Dios comenzando (o mejor dicho continuando) seriamente con la suya que le ha de pertenecer toda si quiere cumplir con fidelidad su ministerio;

–        cuando suenan las campanas, el monje toma plena conciencia de que Dios mismo ha de ser su celda y su desierto pues así lo exige su vocación y así ha de manifestarlo a los demás donde quiera que se encuentre;

–        cuando suenan las campanas, el monje que se marcha asume que en el monasterio que deja le enseñaron que su vida entera debe ser una salmodia que se eleve como incienso continuamente a Dios en favor de las almas, en reparación de los pecados, en intercesión de los pecadores, como súplica confiada de la divina misericordia y gratitud perenne de los beneficios recibidos;

–        cuando suenan las campanas, el monje se despide de su familia, de aquellos con quienes ha caminado juntos, con quienes ha compartido el presbiterio, la alegría y el silencio; para unirse a una nueva comunidad, de su misma familia aunque más distante, y recibir así el ciento por uno que nuestro Señor Jesucristo prometió a quienes dejándolo todo lo siguieran donde Él quiera que vayan;

–        cuando suenan las campanas; un monasterio se despide mientras otro espera al nuevo integrante…

 

… cuando sonaron las campanas, además de una especie de nostalgia precoz me invadió la gratitud de saberme despedido no como uno más que pasa por aquí, sino como un monje más de los  preparados  aquí,  donde nació la rama contemplativa del Instituto del Verbo Encarnado, donde nuestros miembros dados exclusivamente a Dios en la oración comenzaron a ser raíces de la iglesia que, silenciosamente y en secreto, con sus plegarias  transportan aquella misteriosa savia que vivifica y fortalece a la iglesia.

Las campanas del monasterio nos despiden exigiendo nuestra fidelidad a los principios recibidos, de lo contrario nuestro ministerio estará muerto, pero además pregonan desde ya aquel saludo melodioso que oirán aquellos monjes que perseveren en las enseñanzas otorgadas aquí en la tierra cuando llegue el momento de entrar en la eternidad.

No sé si nos volveremos a ver, no sé si algún día compartiremos nuevamente el monasterio, pero de lo que estoy seguro es de que jamás habrá sido vano lo que me brindó Dios mediante mi paso por los Coroneles y que espero fructificar generosamente con la ayuda de su gracia.

Unidos siempre en la oración, el silencio, el carisma y el altar, y siempre agradecido:

P. Jason J.M.

Monje del  I.V.E.

Desde España.

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