Creo que todos los misioneros sueñan con estar en medio de África entre leones, rutas transitables solamente con elefantes o canoas, en el medio de un bosque tan denso que no pueden pasar ni los rayos del sol, y todo eso para llegar a una aldea hecha de palos y pajas y allí anunciar a Cristo a quien nunca escuchó de Él.

A veces los sueños no tienen correspondencia con la realidad…

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Estaban los leones (en el parque nacional), las ruta eran recorribles en auto (una 4×4), y la gente, ¡ya escuchó de Cristo!

Los católicos se saludan Tumsifu Yesu Christu – Milele. Amina (“Alabado sea Jesucristo – Por siempre. Amén, como pasaba muchos años atrás también en nuestros países…), hombres y mujeres, jóvenes y niños llevan un rosario al cuello (con la misma naturalidad con que nosotros llevamos el celular); muchas veces las mujeres y los hombres usan ropa hecha con tela decorada con imágenes católicas (hay estampados del Sagrado Corazón, del rostro de María o de un santo, del Papa). No solamente ya escucharon hablar de Jesús, sino que ¡están orgullosos del nombre de cristianos!

Sin embargo el sueño del misionero no se quiebra sino que se fortalece: la gente, conocido Cristo, quiere recibir los sacramentos y escuchar el Evangelio aún más.

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En nuestras visitas a los kigangos (pequeñas aldeas; tenemos 47 en nuestra parroquia) nos acogieron los niños cantando, que salían a nuestro encuentro en la ruta y nos acompañaban hasta la iglesia, donde los más grandes se unían a la alegría de los niños… ¡llega el sacerdote, llega la Misa, llega Jesucristo! La visita del sacerdote es también causa de especial alegría porque en la Misa que se celebrará (y a veces las condiciones del clima y de las calles no permiten que el misionero llegue más que una o dos veces en el año) se harán bautismos, primeras comuniones, casamientos. En el mes que estuve en Tanzania fueron celebrados 60 bautismos, más de 100 primeras comuniones, 10 casamientos… ¡y eso en un solo mes! Puedes ver y tocar la felicidad de la gente cuando recibe los sacramentos: y no hablo de la felicidad visible y escuchable (y estén seguros que se escucha: ¡pueden cantar y bailar hasta dos o tres horas seguidas!) sino de las sonrisas llenas de felicidad por recibir un sacramento, porque “hoy nació con el bautismo un nuevo hijo de Dios”, como dijo el leader de un kigango en las palabras de agradecimiento después de la Misa; la verdadera fiesta es en la Iglesia, es allí el centro de la felicidad del día.

Puede ser que ustedes ya sepan todo esto, por las crónicas, las fotos… pero les aseguro que estar ahí y verlo con tus propios ojos… es otra cosa.

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Además suena extraño para nosotros ver gente que no se preocupa de su reloj sino que se toma todo su tiempo para hacer las cosas: una hora o más caminando para llegar a la Iglesia para la Misa, empezando tal vez a caminar antes que salga el sol; esperar, rezando un rosario, que el sacerdote termine de confesar; y luego participar en una Misa que dura dos horas, o dos horas y media, en medio de cantos y bailes, arrodillándose al Confiteor, a la consagración, al Agnus Dei… y si tienen una visita (como en nuestro caso) vienen personalmente para saludar, y desean todo el bien con una sonrisa enorme, de verdad felices porque reciben alguien, y siempre donando algo (¡recibimos hasta un chivo y una gallina!) porque se tiene que agradecer el cariño de ir a su kigango, a su familia (y les aseguro que da un poco de vergüenza recibir regalos de personas que no tienen mucho más de lo que se necesita para comer); y luego, al terminar la Misa, cantar y bailar con los otros feligreses, porque es un día de fiesta. Y finalmente (y puede ser que llegaron las tres de la tarde) cada uno se va a su casa para comer (arroz y pollo, comida de fiesta) con sencillez, porque la fiesta verdadera fue en la Iglesia. El almuerzo es rápido, y después cada uno vuelve a su trabajo: nosotros a la parroquia, ellos para obtener lo necesario para el día; cargados de baldes se van a un pozo (media hora o más caminando o en bicicleta) para sacar agua, cocinan, y hay tiempo todavía para sentarse y hablar, jugar, estar con la familia. Tal vez pobres en bienes pero ricos en tiempo.

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Muchas, muchísimas cosas para agregar… ¡un mes es largo, pero al mismo tiempo demasiado corto! Y de verdad es difícil contar lo que se ve, lo que se experimenta, lo que se vive.

He escrito al principio que la gente ya escuchó de Cristo; es verdad, pero solo en parte, porque hay también muchos paganos (hombre, mujeres y niños) que nunca conocieron a Cristo, y que esperan, aún no saben esto, alguien que anuncie también a ellos el Evangelio y que los harán libres de la esclavitud del mal y del diablo, bajo cuyo poder están forzados… hombres que debemos hacer verdaderos hijos de Dios. Y el misionero está allí para eso, con un trabajo sacrificado pero entusiasmante, por la gloria de Dios y el bien de las almas.

Mi experiencia en Tanzania fue de verdad muy breve, no he hecho más que empezar a entender lo que significa el trabajo misionero, pero una cosa he entendido: si queremos portar el mundo a Cristo sirve que pongamos nuestro sudor, nuestro empeño, pero sobre todo nuestra oración al servicio de Dios, y será Él quien hará lo necesario.

P. Damiano Grecu, IVE

 

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