SSVM - Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará - IVE - Reflexion

Cristo, en su mandato misionero, pidió a los Apóstoles que fueran por todo el mundo predicando el Evangelio y enseñando en su nombre… por lo tanto podríamos definir a un “maestro” como “apóstol”, especialmente cuando este maestro se trata de un religioso o religiosa. Pero ¿qué pasa cuando son ellos… los niños, los que nos enseñan?

Un día explicando a George, un niño de apenas ocho años, quién habría sido San Esteban, me maravillé al escuchar su conversación con sus compañeros. Su pregunta había sido: ¿Qué es un mártir? Le expliqué que un mártir es una persona que ama mucho a Jesús, pero que algunas personas malas que no quieren a Cristo, le piden que deje de amarlo y éste, no queriendo esto, prefiere morir. George abrió sus ojitos y su boca, le parecía imposible que alguien pidiera semejante cosa: ¡dejar de amar a Cristo! ¡Qué locura! En su mente, de apenas ocho años, parecía inconcebible el hecho de solamente pensar en eso… Y dándose vuelta a sus otros compañeritos les dijo: Yo a Jesús lo amo, si quieren matarme que me maten porque yo no puedo dejar de amarlo.

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Otro niño, Daniel de apenas siete años, mientras pintaba la corona de Semana Santa que habíamos preparado para los niños del primer grado, explicaba a su compañerito que Cristo estaba crucificado porque nos amaba y que otro día, él había visto que personas malas habían matado a algunos cristianos, que les habían cortado la cabeza… el otro niño con la mano en la boca decía: No lo puedo creer. Daniel le insistía: Créeme, yo lo he visto.

Estos niños son hijos de la misma tierra que los últimos mártires egipcios, que enorgullecieron esta Patria al entregar sus vidas por amor a Cristo. Es indescriptible el fervor de sus compatriotas, la fe que tienen en algunos casos puede mover montañas. Así fue el caso de Simón, el zapatero, que durante el Califato de los Fatimitas en el Cairo (S.X), para probar la autenticidad del cristianismo, movió una montaña de su lugar de origen.

Para un misionero ver que su “pequeño rebaño” ame a Cristo, y que por este amor están dispuestos a dar su vida, es la lección más grande que se puede recibir.

Que Dios conceda por medio de su Madre María Santísima, la gracia a todos los cristianos del mundo de amarlo con un amor verdadero y sincero. Y que este amor esté alimentado por una fe grande, capaz de mover montañas, y por una caridad ardiente pronta a entregar su vida por Cristo.

Comunidad Beato John Henry Newman

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