“La llevaré a la soledad y le hablaré al corazón” (Oseas 2, 14)

Queremos compartir con ustedes la gran alegría que Dios ha regalado a nuestro querido Instituto, al darnos la posibilidad de fundar el monasterio número 12, que es, a la vez, casa de formación monástica.

El miércoles 22 de febrero, fiesta de la cátedra de San Pedro, fue inaugurado oficialmente bajo el título de Monasterio “San Pablo”, contando con la protección (como co-patronos) de San José y Santa Clara. La intención especial de esta nueva fundación monástica es rezar por las familias.

La celebración comenzó con la Santa Misa en la Catedral de Tuscania, presidida por el Vicario de la diócesis de Viterbo, Don Luigi Fabbri, y concelebrada por numerosos sacerdotes del Instituo del Verbo Encarnado y diocesanos, además de Mons. Karel Kasteel, gran amigo y bienechor de nuestra Familia Religiosa.

Durante la homilía, Don Luigi, resaltó la importancia y la gracia que significaba para Tuscania y para la Iglesia entera poder comenzar con un monasterio contemplativo, sobre todo por la necesidad de la oración en nuestros tiempos.

Antes de la bendición final, Don David Maccarri (párroco de la Catedral) con sentida emoción exhortó a todos a dar gracias a Dios por lo que nos estaba permitiendo vivir, señalando que se trataba de un momento histórico para la pequeña ciudad de Tuscania.

Finalizada la Misa, se partió en procesión hacia el monasterio, en medio de cantos litúrgicos. Fue un muy hermoso testimonio de fe y en cierto modo todo el pueblo se hizo partícipe de este evento.

Llegadas al monasterio, rezamos la oración de ingreso (cuyo texto reproducimos al final de esta crónica) y entramos en la clausura, entonando todos el Te Deum, pues sólo a Dios debemos alabar por sus maravillas y por este don inmenso de poder concretar esta fundación.

Posteriormente se tuvo un agasajo, con el tradicional fogón y la visita por los distintos ambientes del monasterio.

Un poco de historia

El monasterio fue construido aproximadamente en el siglo XII, en una de las 5 colinas que embellecen la región de Tuscania. Originariamente perteneció a los monjes benedictinos, pero ya en el año 1258, siendo Papa Alejandro IV, pasó a ser de la Orden de las clarisas, quienes mantuvieron la presencia religiosa en esta casa durante casi 9 siglos, hasta que Dios, en su providencia infinita, por medio de nuestro querido San José, nos concedió la gracia a las Servidoras de continuar con esta misión.

Consta, según una placa colocada sobre la torre de esta colina, que San Francisco de Asís visitó este lugar, en el año 1222.

El 4 de octubre de 1742, San Pablo de la Cruz, realizó una misión popular en Tuscania. Visitó este monasterio, pidiendo oraciones y encomendando especialmente la intención de poder fundar una comunidad pasionista en esa región. Por este motivo a lo largo de muchos años, este gran santo asistió a las hermanas clarisas, no solo celebrando la Santa Misa, sino atendiendo confesiones y dirección espiritual. Se cuenta que un día, estando el santo alojado en la casa de huéspedes del monasterio, se escuchó durante la noche una fuerte ráfaga de viento y luego el fuerte golpe de una ventana. Al día siguiente, interrogado por tal ruido, respondió que el demonio, furioso, había escapado del monasterio.

Presencia paternal de San José

Dios tenía reservada una nueva misión al Patriarca de Nazaret. Consideramos una gracia inmensa y signo de su paternal protección poder vivir en esta casa en la que se han hecho patentes las palabras de Santa Teresa: “No me acuerdo hasta ahora de haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este Glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas…” (Vida Cap.6, n°6).

Si bien la historia del milagro atribuido a San José, que tuvo lugar en esta casa, es de muchos conocida, gracias a la difusión que le dieron nuestras hermanas apostólicas que vivieron antes que nosotras aquí, sin embargo, para aquellos que no la conozcan presentamos aquí una breve reseña del mismo:

Era el año 1871 y en este monasterio se encontraba la religiosa, de votos perpetuos, “Sor María Gertrudis de Jesús Nazareno”, que hacía tres años padecía una enfermedad muy dolorosa, especie de un cáncer, considerada incurable. Inmovilizada en cama, ya por algunos meses, la mañana del día 8 de marzo, mientras la comunidad estaba en el coro participando de la Santa Misa, la hermana enferma vio que se abría la puerta de su celda y entraba un hombre.

Muy sorprendida, porque venía solo y sin acompañante como indicaba la regla del monasterio, le preguntó qué necesitaba: “Soy el carpintero del Monasterio”, respondió y tomando una silla que se encontraba en la habitación, se sentó cerca de la cama. La religiosa, aunque sorprendida, estaba convencida de aquello que el hombre le decía y así no preguntó nada más.

  • “¿Qué le sucede? – comenzó el hombre.
  • Dicen que tengo una enfermedad grave y ya no hay nada que hacer- explicó la hermana con gran humildad.
  • Confiad en Dios- animó el carpintero. Luego se puso de pie y silencioso como había entrado, se marchó.

Al finalizar la Santa Misa, la hermana enfermera volvió a la enfermería y con sorpresa encontró la silla fuera de lugar. Mientras la acomodaba, preguntó quién la había puesto ahí en medio, porque ella misma antes de la Misa había dejado todo en perfecto orden.

  • El carpintero del monasterio vino hace un momento- respondió la enferma.
  • ¿El carpintero? – preguntó maravillada la enfermera. – Imposible, nadie puede haber entrado porque las llaves las tiene la Madre abadesa.
  • Sí, y se ha sentado aquí y me dijo que confiara en Dios.

Al escuchar esto la hermana enfermera salió corriendo a buscar a la Madre, convencida de que la hermana estaba delirando. Hubo entre las hermanas una cierta agitación y nerviosismo, ya que ninguna podía entender quién sería el misterioso carpintero, ya que nadie había entrado en el monasterio.

La abadesa sabía que la hermana era muy devota de San José y que al inicio de su enfermedad había rezado mucho al santo pidiendo ser curada en una fiesta suya. Para confirmar el milagro, con gran fe, tomó las dos sillas y rezó: “San José, si realmente has sido Tú quien viniste esta mañana hazme saber en cuál silla te has sentado”. Una de las sillas comenzó a moverse sin que nadie la tocara.

La Madre, seguida de todas las hermanas, abrazó la silla, temblando y llorando agradeció a Dios por haberse dignado conceder a la comunidad una gracia tan grande. La hermana se curó y vivió en perfecta salud, en una vida escondida de oración y simplicidad. Murió el 1 de abril de 1920, jueves santo, a la edad de 81 años.

Damos gracias a Dios por haber podido reunir aquí 29 hermanas de distintos continentes, provenientes de doce nacionalidades diversas, y comenzar así esta nueva experiencia de vida contemplativa en Tuscania.

Estamos convencidas de lo que Santa Teresa afirmaba, y que queremos también nosotras vivir: “Mirad que es hermoso trueque dar nuestro amor por el suyo.”

Nos encomendamos a sus oraciones, para que podamos ser fieles a las gracias que Dios nos tiene preparadas para el bien de las almas y de toda nuestra Familia Religiosa.

Hna María de la Confianza- Monasterio “San Pablo”, Tuscania

Oración de ingreso al Monasterio

¡Oh Corazón Dulcísimo de Jesús!, Rey y Señor nuestro, te adoramos y te bendecimos. En este día en el cual ingresamos a este monasterio, nos entregamos totalmente a Ti y desde lo más profundo de nuestras almas te rogamos: reina en esta Casa de Formación Monástica y en nuestros corazones.

Queremos hacer de nuestras almas una custodia de tu Corazón, un huerto cerrado donde encuentres tu consuelo y descanso, amándote por los que no te aman, rogando por la salvación de todos los hombres, especialmente por las familias.

Haz Señor que siguiendo las palabras de San Pablo, patrono de este monasterio, nos ofrezcamos “como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios” para dar así el culto espiritual que te debemos (Cf. Rm 12, 1). Que por su intercesión, aspiremos incesantemente a las cosas de arriba, no a las de la tierra, muriendo cada día a nosotras mismas para que nuestra vida esté oculta con Cristo en Dios (cf. Col 3, 2-3). Que aprendamos a vivir solo de la fe en el Hijo de Dios que nos amó y se entregó por nosotras en la cruz (cf. Gal 2, 20), que “corramos con constancia la carrera que se nos propone, con los ojos fijos en Jesús, que inicia y lleva a la perfección la fe” (Heb 12, 2).

Haz que sepamos imitar a nuestro Patrono San José, testigo silencioso del misterio de la encarnación del Verbo. Que él sea nuestro maestro de vida interior, que nos enseñe la humildad, el silencio y el trabajo hecho en recogimiento, como medios para crecer en la vida de oración y en la unión con Vos.

Que el Varón Justo elegido por Dios para ser Tu padre en esta tierra y custodiar a la Sagrada Familia, extienda su protección sobre cada familia, para que fortalecidos en la fe y con la gracia que viene de lo alto, puedan dar testimonio de Cristo en un mundo cada día más contrario a los principios basilares del amor conyugal y de la recta educación de los hijos.

“En torno a la familia y a la vida se libra hoy la batalla fundamental de la dignidad del hombre”, decía S. Juan Pablo II; por eso te rogamos, Señor, por intercesión de San José: reina en las familias y aleja de ellas todo lo que sea causa de división y discordia, y todo lo que ofende tu adorable Corazón, para que cada una sea un vivo reflejo del amor y de la unidad que vives con el Padre y el Espíritu Santo.

Que Santa Clara, virgen prudente que mantuvo su lámpara encendida, nos alcance la gracia de crecer en el amor al Santísimo Sacramento, para que dirigiendo a Vos todos nuestros afectos y apoyadas solo en Ti, podamos ser fecundas madres espirituales en favor de las almas que nos has encomendado, particularmente por las familias más necesitadas de tu misericordia.

¡Oh María Santísima, Madre nuestra!, vela por nosotras y guíanos hacia Tu Hijo Jesucristo, para que podamos vivir plenamente nuestra vocación a dedicarnos al “Único Necesario”, con fidelidad y generosa entrega. 

Reconocemos nuestra debilidad y pequeñez, pero confiamos en tu amorosa intercesión y en la de nuestros Santos patronos. Amén

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