Queridos todos:

Queremos contarles la hermosa misión popular que se ha llevado a cabo en una zona al norte de Albania, en plena montaña. Durante el verano albanés, nuestra diócesis de “Sapa” convoca a los religiosos y sacerdotes a hacer una misión popular en las zonas más alejadas de la jurisdicción, en las montañas, donde el sacerdote solo llega una o dos veces al año debido a las inclemencias del tiempo, pues se trata de lugares que permanecen todo el invierno cubiertos por la nieve (a veces hasta 3 metros).

El 1° de julio nos congregamos en la casa de unas religiosas, en un pueblito llamado “Lekbiba”, cerca de la frontera con Kosovo. Éramos alrededor de 20 misioneros: religiosas de distintas congregaciones, seminaristas y tres sacerdotes, incluido el párroco del lugar. Nos dividieron en grupos y nos repartieron los distintos caseríos. Dos Servidoras pudimos colaborar con esta hermosa misión, la Hermana Dituría (de origen albanés) y yo. Nuestro grupo contaba con seis misioneros: una religiosa franciscana estigmatina, un seminarista diocesano, un sacerdote franciscano capuchino, un chico (parte de la “juventud franciscana”) y nosotras dos. Nos tocaron tres pueblitos: Arst, Poravë y Miliskë, para llegar a los cuales, desde el centro de misión, teníamos casi una hora en camioneta.

El día comenzaba con la Santa Misa con todos los misioneros en el centro de Misión, y luego del desayuno partían los distintos grupos.

Nuestra misión comenzaba en la pequeña capilla de Arst, perteneciente al cementerio del pueblo, donde la gente -y sobretodo los jóvenes- nos esperaba anticipadamente. Luego de una oración y breve meditación de unos versículos de la Biblia, los dividíamos por edades para darles catequesis. Era muy satisfactorio ver los ojos atentos de todos los niños y jóvenes que escuchaban en silencio la explicación de la doctrina con mucho interés. Mientras se impartía catecismo, tres de los misioneros nos dedicábamos a la visita y bendición de las casas.  Esto era toda una aventura ya que las casas estaban muy alejadas una de otras, en distintas colinas, sin calles de acceso. Había que caminar por estrechos senderos, subiendo y bajando las montañas, y haciéndose paso entre la maleza para poder llegar a ellas. Teníamos que ir guiados por algún joven del lugar para poder encontrar las casas, pues literalmente están “perdidas” en las montañas. Gracias a Dios, el párroco había avisado que iríamos a visitarlos, para que la gente se preparara y no dejara los perros sueltos, ya que son perros pastores y suelen ser muy bravos.

La gente del lugar es muy sencilla y al mismo tiempo muy amable, respetan mucho las tradiciones. Se mantienen gracias al cultivo de la tierra y a la cría de animales como vacas, chivos, corderos, cerdos; algunos también tienen colmenas.

Al llegar a una casa, el sacerdote o el guía gritaban: “Oh Zoti i Shpis” para llamar al dueño de casa, y apenas aparecía nos hacía pasar. La mayoría de las casas eran muy pobres, pequeñas y bajas, aunque bien arregladas y limpias. Pasábamos a la sala, donde generalmente había un par de sillones, que en algunas casas eran directamente las camas, o bancos que servían para el mismo fin. Allí comenzaba el primer rito, que era el de los saludos. El dueño de casa comienza saludando al sacerdote, primeramente, con el “Çoft levduar Jezu krishti” (“alabado sea Jesucristo”), con su respuesta: “gjithmon e jetes” (“por siempre sea alabado”). Después de estos saludos, les explicábamos que estábamos haciendo la misión y en qué consistía, ofreciéndoles la bendición de la casa. Luego de bendecirlas, se les regalaba una imagen con el rostro de los mártires albaneses y un rosario o medalla de la Virgen a la dueña de casa. En casi todas las casas se repetía el mismo ritual.

Después del mediodía nos reuníamos con nuestro grupo de misioneros en la escuela del pueblo, allí comíamos nuestro almuerzo que consistía en un sanwich de queso, un pepino, un tomate y alguna fruta. La escuela era un edificio abandonado sin puertas ni ventanas, todo lleno de escombros. Sólo tenía un aula habilitada, a la cual asisten cinco alumnos de distintas edades. El resto de los jóvenes y niños se van a estudiar a alguna ciudad, pasando la mayoría del tiempo en casa de algún pariente. Los alumnos de la escuela son solo los que no tienen posibilidad de ir a otro lugar. Para llegar a esta escuela tienen que caminar mucho tiempo, y generalmente con mucho frío. Es realmente muy dura la vida para ellos. Ciertamente pasan muchos días sin clases, ya que quedan bloqueados en sus casas a causa de la gran cantidad de nieve. Asimismo, tienen que trabajar durante el verano para poder acumular comida para el invierno.

En una de las casas nos encontramos a un matrimonio de ancianos. El señor se mostró muy contento con nuestra venida y emocionado nos comenzó a contar que su familia había llegado a vivir a esa parte tan alta de la montaña porque cuando llegó la invasión de los musulmanes, éstos tomaron todas las costas del país, obligando a los cristianos a convertirse, amenazándolos con la muerte. De este modo, la mayoría de los cristianos abandonaron todo lo que tenían y se refugiaron en las montañas, quedando allí afincadas estas familias fieles a su fe.

Otra cosa hermosa de este lugar es la inocencia de los niños y jóvenes. Todo les parecía novedad y divertido, hasta el sencillo juego de saltar la cuerda, con el cual los jóvenes se entusiasmaron tanto que hubiesen quedado toda la tarde jugando a lo mismo.

Y no puedo terminar esta crónica sin resaltar el gran espiritu de sacrificio de la gente del lugar. Los jóvenes para poder venir a la catequesis y a los juegos, se levantaban muy temprano cada día, al amanecer, para llevar las vacas o el rebaño a pastar y poder dejar el trabajo terminado para quedar libres hasta la tarde, cuando tenían que volver para continuar las faenas del campo; todo esto sin contar los kilómetros que tenían que caminar para llegar a la capilla, y otros tantos luego de regreso a sus casas. La alegría de estos jóvenes era admirable y las ganas que mostraban de querer aprender la doctrina católica era realmente edificante.

Ser misionero es una gracia totalmente inmerecida. Dios hace cosas magníficas a traves de sus pobres instrumentos.

¡Viva la Misión! ¡Vivan Jesús y María! ¡Viva Albania!

Madre María de Meritxell

Deja un comentario