La Iglesia ha beatificado a María Antonia de San José, y por gracia de Dios un numeroso contingente de Servidoras pudimos participar de la ceremonia que se realizó en la ciudad de Santiago del Estero este pasado sábado 27 de agosto, ceremonia que fue presidida por el Cardenal Angelo Amato.

A la alegría de contar con una nueva beata argentina en la Iglesia, se sumó también, la alegría de encontrarnos con nuestros misioneros, sacerdotes y religiosas que misionan en Santiago del Estero y otros provenientes de Buenos Aires.

La Argentina cuenta con dos beatos que se han caracterizado por la predicación de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, el Beato Cura Brochero (que próximamente será canonizado) y ahora la beata María Antonia de San José. Ambos conocieron por experiencia el valor de los Ejercicios Espirituales en orden a la conversión y santificación  de las almas y decididos a buscar en todo la mayor gloria de Dios, no ahorraron sacrificios sorteando todo tipo de obstáculos para llevarlo a cabo.

La Beata María Antonia de la Paz y Figueroa, nace en Santiago del Estero en el seno de una familia renombrada  de la aristocracia santiagueña. Es educada como una mujer de su condición social, por lo cual adquiere una vasta cultura. Tiene dones naturales para los idiomas y la música. A los 15 años, se consagra con votos privados como beata de la Compañía de Jesús, cambiando su nombre por el de María Antonia de San José y participando espiritualmente del carisma inspirado por Dios a San Ignacio de Loyola.  En su ciudad natal, desde los 15 años, María Antonia dedica su vida a colaborar con los padres jesuitas en la organización de los Ejercicios Espirituales, cultivando en su alma un profundo amor a la Compañía de Jesús, a la cual llama “mi Madre, la Compañía”.

 La expulsión de los jesuitas de todo el Imperio Español promulgada por Carlos III en el año 1767 hizo que todas las obras de los jesuitas quedaran abandonadas; se confiscaron sus bienes materiales, las reducciones quedaron desamparadas, las parroquias sin atención, los colegios sin directores, la universidad sin profesores. Como bien dice el Padre Guillermo Furlong SJ. “la expulsión de los jesuitas, sigilosamente ordenada por el rey Carlos III y cruelmente ejecutada en Buenos Aires por el gobernador Bucarelli, deshizo, pulverizó, en pocas horas, la gloriosísima labor de dos siglos. No es posible recordar aquella nefasta proscripción colectiva del año 1767, sin sentir pena y dolor.”

María Antonia de San José, como hija de la Compañía, sintió también en su alma la desolación provocada por la expulsión de los padres. Sin embargo, muy atenta a las mociones de Dios, percibe en su alma la necesidad de tomar entre sus manos la bandera de la Compañía y levantarla por el bien de las almas y la gloria de Dios. Como ella misma expresa en carta a su director espiritual “me entro fuertemente la inspiración de dedicarme a la predicación de los Ejercicios Espirituales”.

Con la certeza de que era la voluntad de Dios, se entregó con todas sus fuerzas a predicar los Ejercicios Espirituales. Con la venia de las autoridades eclesiásticas llevó los Ejercicios por todo el norte argentino, realizando largas travesías a pie y enfrentando todo tipo de peligros.  Como ella misma escribe al virrey “Ha de saber V. E. que desde el mismo año en que fueron expulsados los Padres jesuitas, al ver la falta de ministros evangélicos y de doctrina que había, y de medios de promoverla, dejé mi retiro y me dedique a salir _aunque mujer y ruin, pero confiada en la Divina Providencia _ por jurisdicciones y partidos con venia de los señores obispos para colectar limosnas y mantener los santos ejercicios del glorioso san Ignacio de Loyola”.

Años después tuvo la inspiración de llevar los Ejercicios a las grandes ciudades. Comenzó por predicar en Córdoba y luego en Buenos Aires donde fundó la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, no sin antes luchar contra muchas dificultades, alentada por una profunda confianza en Dios, como ella misma lo expresa “Bien me intima Jesucristo: “Os perseguirá el mundo, pero alentaos; yo he vencido al mundo”. A veces me parecen tan necesarias sus contradicciones, que sin ellas quizás desconfiaría de la conveniencia de mis obras; y no puedo menos que conocer que son la señal característica de las proezas que toman fuerza y origen del mismo Jesucristo (…)”

En 1782, escribía a su director, “Las cosas que Dios hace por provisión son un rasgo, son una chispa de su corazón vasto y magnánimo; y así, si por Alemania y países que Vuestra Merced me expresa en su carta (donde todavía está diseminada la maldita cizaña de Lutero) han desertado más de 14 mil almas; aquí por la bondad del Altísimo con ésta solamente han recibido del espíritu de Ignacio (que todavía se conserva dentro y fuera de sus Ejercicios) más de 25 mil personas sus divinos sentimientos. Vea Vuestra Merced si Dios no procura en todo su mayor honra y gloria”.

Muere en Buenos Aires, el 7 de marzo de 1799, habiendo gastado y desgastado sus fuerzas para gloria de Dios y salvación de las almas. A su muerte, más de setenta mil personas habían realizado Ejercicios en el virreinato del Río de la Plata.

Damos gracias a Dios por conceder a la Iglesia y al pueblo argentino una nueva beata. Dios en su Providencia quiso que nosotros fuéramos testigos de este histórico hecho, y quiso hacer brillar ante nuestros ojos el ejemplo de la Beata María Antonia de San José.  Ella, que se mantuvo fiel en medio de las dificultades, haciendo siempre y en todo, la voluntad de Dios, nos conceda la gracia de ser fieles; fieles a nuestra vocación, fieles a nuestra Congregación y fieles a la Iglesia, con la seguridad de que nuestra fidelidad redunda indefectiblemente en bien de las almas.

Hna. María de Esterhàzy

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