segundo_llorente_3El P. Segundo Llorente, misionero en el Círculo Polar Ártico por 40 años, nos ha dejado varios libros, compuestos de las crónicas que hacía para “El siglo de las misiones”. En ellas nos relata con la gracia que solo los españoles saben tener, historias de valor sobrehumano y de mezquinas cobardías; de fe inquebrantable y de traiciones a Dios; anécdotas para llorar y otras para reír; paisajes imposibles, temperaturas que espantan, hechos enormes  y otros nimios de cada día, con sus horas muertas y con la monotonía de gran parte de su vida. Es decir, son un resumen de la vida de un misionero.

Porque si sacamos esas cosas extrañísimas que vivió él por estar en el Círculo Polar, todo el resto es algo que experimenta cada misionero: la permanente providencia de Dios,  el esfuerzo del diablo para hundir al hombre, y la lucha de éste con sus caídas y sus victorias. Se podrá pensar que lo que hace tan atrapante el libro son en realidad las particularidades de esa misión tan especial, pero eso solo puede serlo como motivo de curiosidad para empezar a leerlo porque lo que llena es lo que está detrás, lo que es invisible a los ojos, y que el P. Segundo nos lo hace vislumbrar con su mirada llena del realismo de la fe.

Son libros que atrapan tanto por esto mismo: nada puede superar la realidad de la batalla que se libra en el corazón del hombre, y de ella, el sacerdote y el misionero son testigos privilegiados. Es el vano esfuerzo del diablo y sus secuaces para impedir el plan de Dios, que sin embargo esto, sigue su curso.

Para unos ojos superficiales o meramente humanos parece una batalla pareja. Aún más, parece que el mal es el que triunfa. Pero esto es porque el  mundo “tiene ojos y no ve, tiene oídos y no oye” como los mismos dioses que adora.

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La Encarnación del Hijo de Dios se produjo en el vientre de una jovencita desconocida, en una habitación pequeña y silenciosa, de una casa pobre que estaba en un pueblito ridículamente pequeño, que pertenecía a un pueblo subyugado, en las periferias de un imperio que no supo nada hasta muchos años después.

Mientras los ángeles contemplaban el hecho estupefactos y de rodillas el mundo siguió su curso sin enterarse de nada. También en esa época el mal parecía triunfar. ¡Y no solo no triunfaba realmente, ni siquiera tenía posibilidades de hacerlo!

Y esto se repite en pequeño cada vez que Dios mueve los corazones y hace que en el hombre se produzca “como una nueva Encarnación del Verbo“, en palabras de Isabel de la Trinidad.

Por eso es tan apasionante la vida del misionero y no hay nada que se le compare. ¡Está en primera fila en el único espectáculo que vale la pena ver! Hasta las horas de monotonía valen la pena, no porque sean la espera necesaria de ese gran espectáculo, sino porque son parte misma de él. ¡Es ver al Divino Artista pintando el universo en vivo y en directo!

Y sin embargo, no es esto lo que más asombra y llena. Hay algo más que es terriblemente desconcertante y apabullante: Dios nos pide ayuda para hacerlo, nos hace pintar con Él.

Así se entiende la respuesta que dio el P. Llorente a quien le preguntó que había hecho tantos años en Alaska: “Estuve cuarenta años enseñando a los esquimales… a hacer la señal de la cruz. Y con eso me doy por contento“.

El que no lo entienda, ¡que se dedique a otra cosa!

¡Que Dios los bendiga!

P. Luis Montes, IVE

 

Misionero del Instituto del Verbo Encarnado en Bagdad, Irak

Fuente: http://amigosdeirak.verboencarnado.net/2014/07/02/consideraciones-sobre-la-vida-de-un-misionero/ 

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