Querido Lector:

Vos sabés que, no hace mucho, tuve mis vacaciones bienales y también tuve la posibilidad de pasar por Italia en mi viaje desde Ucrania hacia Argentina. Es por ello que, antes de partir, surgió en mi mente una pregunta: ¿Sería posible celebrar la santa Misa con el Papa Francisco? Esta pregunta es el tema de mi carta, y esta carta es la respuesta a tal pregunta.

Yo debía partir hacia Italia en ómnibus el 16 de octubre y, días antes, logré averiguar el correo electrónico de la Domus Sanctae Marthae, la residencia del Santo Padre. Finalmente, el día 13, logré mover mis dedos para escribirle a Mons. Alfred Xuereb, pidiéndole el poder concelebrar con el Papa.

En un brutto italiano, le comenté que soy el padre José Montes, del Instituto del Verbo Encarnado y que soy misionero en Ucrania (en el rito bizantino). También comenté que iría a Italia de camino hacia Argentina y que estaría allí antes del 22 de octubre y después del 23 de noviembre.

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Textualmente le escribí “yo quisiera tener la posibilidad de concelebrar en la Misa del Papa Francisco”, agregando a continuación todos los motivos que pudieran mover a Mons. Alfred a concederme el pedido, a saber, mi mamá es religiosa en las Servidoras, y tengo dos hermanos sacerdotes, uno en Irak y otro en Argentina con destino Jordania.

Esperando, esperando, anocheció y amaneció y después de la siesta leí la respuesta. La tal así decía:

Reverendo padre,

Le richieste devono pervenire con largo anticipo e tramite posta al seguente indirizzo:

Segreteria Particolare del Santo Padre

00120 Città del Vaticano

Le chiedo la cortesia di scrivere almeno il suo indirizzo postale ed un numero telefonico.

Distinti saluti

DSM.

 

Tal como Mons. me pidió, cortésmente le volví a escribir, dándole la dirección del seminario en Montefiascone y el número de teléfono de uno de los padres de allí.

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 El segundo acto de la historia tuvo lugar en Montefiascone. El 16 de octubre a las 8 de la tarde, en Mukachevo (Ucrania), yo me subía al ómnibus y, después de 1496 km. y 24 horas yo ya estaba en Terni (Italia) sentado en un auto que conducía un seminarista y dirigiéndome hacia el seminario.

Allí, durante la cena, el padre Antonio Vatseba (ucraniano) me dijo que tenía para mí una carta “del Vaticano”. En ella leí que se me concedía mi deseo y que la Misa sería la de la mañana del 29 de noviembre. Y aunque yo había pedido estar en la Misa, sólo para mí, en la carta, entre paréntesis estaba escrito: “2 personas”. Hablando y pensando, decidí y decidimos que conmigo fuera el p. Antonio.

Es importante agregar, y más adelante sabremos el porqué, que yo no leí la carta en su totalidad. Evidentemente, el deseo de encontrar una respuesta, me hizo omitir el primer párrafo de la carta e ir directamente a leer en el segundo párrafo la fecha que estaba en negrita.

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Como mi estadía en Argentina no tiene nada que ver con la historia, la omitimos. Sólo es de notar que mi mamá, y no sólo ella, supo lo que sucedería el 29 de noviembre.

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Y volví a Europa. Era el 23 de noviembre.

Antes que llegara el viernes 29, debía llegar el lunes 25, fiesta de san Josafat (en el rito bizantino-ucraniano). Ese día, lunes, yo debía ir a la Basílica de san Pedro a concelebrar…

… y yo ya estaba revestido viendo como, alrededor mío, iban y venían decenas de sacerdotes que, tal vez, componían una centena. Y estaban allí los obispos ucranianos, los de Ucrania y los de la diáspora. Y estaba allí Su Beatitud Sviatoslav, arzobispo mayor de los ucranianos.

¿Por qué estábamos reunidos allí y precisamente allí? ¿Qué interés tiene este hecho en esta crónica? La respuesta está en que se cumplían 50 años del traslado de las reliquias de San Josafat a la Basílica Vaticana y en que después de la celebración de la Divina Liturgia, el Santo Padre, el mismo con el cual me debería encontrar el viernes 29, se haría presente.

Allí estuve cuando se hizo presente Francisco. Vino desde el ala izquierda y lo vi pasar junto a mí. El padre Josafat, que junto con el P. Sofrón y un grupo de peregrinos de Ucrania estaban de peregrinación por Roma, pudo besar su mano; yo no pude, ya que el fotógrafo fotografía y no se inmiscuye en la escena, y cuando se quiere inmiscuir ya es tarde.

Padre Josafat saludando al Papa

 

El Santo Padre desde bajo el baldaquino nos saludó, nos dirigió unas palabras y después de bajar y saludar personalmente a todos los obispos se separó de nosotros.

Recuerdo las palabras que nos dirigió: “Queridos peregrinos venidos de Ucrania: He acogido con mucha complacencia…”, sin embargo, como son demasiadas palabras, sólo dejo, como muestra, una frase pronunciada por Francisco: “Queridos hermanos y hermanas, el mejor modo de celebrar a san Josafat es amarnos entre nosotros y amar y servir a la unidad de la Iglesia”.

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Las vísperas del día 29 tuvieron su importancia.

El día martes 26 los peregrinos ucranianos partieron de regreso, vía Bari y Pietralcina. Si yo no hubiera tenido la Misa con el Santo Padre, posiblemente, habría regresado con ellos.

Al quedarme, fijé mi residencia en la Procura Generalicia. Y yo allí estaba el día 28 cuando llegó el p. Antonio, junto al cual debía presentarme al día siguiente, a las 6,45, en el Vaticano, por el ingreso del Santo Oficio.

Y es allí, en la Procura, en donde leo el primer párrafo de la carta enviada por Mons. Alfred.

Refiero textualmente traducido: “Respondo a su mensaje del pasado 14 de octubre, con el cual Ud. ha pedido la posibilidad de participar en la Misa matutina celebrada por el Papa Francisco en la Capilla de la Domus Sanctae Marthae, junto a su mamá”.

Junto a su mamá, INSIEME ALLA SUA MAMMA. ¡Mamma mia, qué ha sucedido!

Cuando yo escribí la primer carta a Mons. Alfred puse: “Yo quisiera tener la posibilidad de concelebrar en la Misa del Papa Francisco. Si esto fuera posible sería para mi una gran alegría, y no sólo para mí, sino también para mi madre (81 años), que desde hace ya 4 años es religiosa de las Servidoras del Señor y la Virgen de Matará”. Y terminé diciendo: “Yo quisiera pedirle personalmente al Papa Francisco una bendición especial para mi mamá”.

El “y no sólo para mí, sino también para mi madre”, que escribí, se refería a la alegría, no a la posibilidad de estar en la Misa con el Papa. Yo pedía una Misa sólo para mí, y no podía pedirla para mi mamá, ya que ella se encontraba en la Argentina.

Yo no quise engañar a Mons., sin embargo, él fue engañado. Y por ello, y posiblemente sólo por ello, yo recibí una respuesta afirmativa a mi petición.

Me sentí un poco culpable.

Y entendí, entonces, el porqué en la carta, entre paréntesis, se ponía que la asistencia a la Misa del Papa era para “2 personas”. El pensamiento que me surgió al momento fue: ¿puede el p. Antonio ser la segunda de esas “2 personas”, siendo que en la mente de Mons. Alfred ella debía ser mi mamá? Lo único de lo cual estaba seguro es que, al día siguiente, iría al Vaticano con una duda en mi mente … El tiempo diría…

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Y llegó el día 29.

A eso de las 6 de la mañana ya estábamos partiendo hacia el Vaticano gracias a la bondad del benemérito padre Andrea David, que nos hizo de chofer. Y estábamos ya presentándonos ante los guardias suizos para entrar en el mismo Vaticano a eso de las 6,30. Cuando hete aquí que surgió un imprevisto: ¿no previsto? Sí, lamentablemente, previsto: En la lista de invitados que tenía el guardia suizo decía, claramente, “P. José Montes (1 persona)”.

Yo, al guardia, le presenté mi carta de invitación, le hice ver que decía en ella “2 personas” y él NOS dejó pasar. Caminamos libremente 130 metros y nos encontramos con la policía vaticana y con otra lista de invitados, idéntica a la anterior. Yo, al policía, le presenté mi carta de invitación, le hice ver que decía en ella “2 personas” y él ME dejó pasar. Caminé, así, libremente 160 metros más, quedando el p. Antonio, no tan libremente, clavado en su lugar. Al llegar a la Domus Sanctae Marthae me encontré con los responsables de seguridad del lugar. Hablé con ellos como había ya hablado con los otros sobre la invitación, sobre las “2 personas” y sobre el p. Antonio.

El p. Antonio, durante ese tiempo tuvo que esperar y, como era de esperar, un tiempo después fue liberado y pudo alcanzarme recorriendo los susodichos 160 metros.

Abro un paréntesis para comentar sobre “la lista”. Las listas que tenían los guardias/policías/responsables tenían los primeros nombres marcados con resaltador. Evidentemente eran los nombres de los “concelebrantes”. Supongo que yo, por ser concelebrante, estaba anotado como “1 persona”; supongo que mi mamá estaría anotada más abajo en la lista. Simplemente supongo. Cierro el paréntesis.

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Cuando llegó el tiempo oportuno, nos hicieron pasar. Allí, las hermanas encargadas de la liturgia nos tenían preparados a todos albas, cíngulos y estolas. Yo tomé sólo la estola, ya que había llevado mi alba; el p. Antonio no tomó nada ya que consigo llevaba sus ornamentos bizantinos.

El día anterior o tal vez el anterior a ése, mi sobrinito, el p. José Gabriel Ansaldi, me había hecho parte de su deseo: que con su cáliz de ordenación, el Papa celebre la Misa. Es por eso que, al llegar a la Domus Sanctae Marthae, entre mi bagaje llevaba el cáliz y al comenzar la Misa, ese mismo cáliz reposaba en la credencia.

Después de revestidos pasamos a la capilla y nos sentamos en las primeras filas: la primera y la segunda fila estaban reservadas para los sacerdotes. Entre los concelebrantes había un obispo, el resto éramos unos trece sacerdotes. Los laicos presentes eran unos cuarenta.

Del lado izquierdo ingresó el Santo Padre y comenzó la celebración de la Misa. La Santa Misa transcurrió apaciblemente: uno de los sacerdotes fue el encargado de leer el evangelio y para el Canon se acercaron al altar el obispo concelebrante y uno de los sacerdotes. Cuando llegó el momento de comulgar, primero lo hizo el Papa y después todos los concelebrantes nos acercamos al altar y allí comulgamos.

Antes, durante la homilía el Papa había dicho: “El Señor quiere que entendamos lo que sucede: lo que pasa en mi corazón, lo que está pasando en mi vida, lo que sucede en el mundo, en la historia… En cambio, el espíritu del mundo nos hace otras propuestas, porque el espíritu del mundo no nos quiere como pueblo: nos quiere masa, sin pensamiento, sin libertad”.

Terminada la Misa el Santo Padre salió hacia la izquierda, nosotros salimos hacia el fondo, tal cual habíamos entrado y después de sacados los ornamentos volvimos a la capilla y nos sentamos en la parte de atrás para la acción de gracias. Allí estábamos cuando ingresó el Papa y se sentó en un lugar que tiene reservado al centro de la capilla, sobre el lado izquierdo. Yo le saqué una foto al Papa y a toda la capilla desde mi lugar, pero una sola, ya que un encargado de algo “me amonestó”.

Después de unos minutos el Papa se alzó, y salió por la puerta de atrás. Nosotros nos alzamos y seguimos su mismo camino: primero el obispo, después los sacerdotes y finalmente los laicos.

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 Después que el obispo hablara con Francisco, después que lo hiciera un sacerdote, llegó mi turno.

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Me acerqué a él  y le dije:

– Soy el padre José Montes y pertenezco al Instituto del Verbo Encarnado. Soy misionero en Ucrania.

Al escuchar esto último el Papa dijo:

¡Pobrecito!

El Vicario de Cristo no hizo uso, al pronunciar esta palabra, de su autoridad magisterial: testimonio de lo que afirmo fue la entonación familiar utilizada. Sin embargo, en aquel momento, la sorpresa me hizo prestar más atención al “contenido” de tal palabra y no a la “familiaridad” en ella implícita, de tal modo que quedé como mudo, como queriendo decir algo, sin que ese algo pudiera traspasar las cuerdas vocales.

Viéndome, el Santo Padre negó mi desazón con un “No”, agregando a continuación:

Ustedes sigan así.

Ya liberado de mi torpeza (pobreza), y antes de separarme de Francisco, le comenté que mi mamá es religiosa y que tengo dos hermanos sacerdotes, uno en Irak y otro en Argentina, terminando con:

– Santo Padre, yo tengo unas fotos y quisiera que Ud. me las firme.

Él asintió:

– Sí, pero después.

“Después” significaba que debía esperar a que todos los invitados, sacerdotes y laicos saludaran al Santo Padre.

¿Qué fotos yo tenía? Semanas antes de ese momento, cuando mi alma ya volaba hacia Argentina, aunque mi cuerpo todavía estaba en Ucrania, la madre María Vladychytsia, superiora del Aspirantado me pidió que le diera, de parte de ella y de todas las aspirantes, saludos al Papa. Yo le dije que lo mejor sería que le escribieran una carta y que le adjuntaran fotos, y que yo se la entregaría. Al final, la cosa quedó en nada, pero mi consejo dio frutos: yo sembré, yo fui tierra y yo mismo coseché. En Argentina, concretamente dónde, no lo sé, me vino la idea de hacer imprimir unas fotos: alguna de las aspirantes, ya que ésa fue la idea original y otras de mi mamá junto a mí y a mis hermanos.

El día 28 de noviembre hice imprimir en cartón fotográfico A4, 6 fotos de la imposición de hábito de mi mamá en Alejandría, 2 fotos de ella con 3 de nosotros en Los Coroneles, y 2 fotos de las aspirantes. A la noche con tijera, recorté las fotos.

Ese día, en la Procura, los consejos por mí recibidos fueron: que el Papa firme la misma foto, no el reverso; y que lo haga con un marcador indeleble. El p. Alwin Anbu amablemente me prestó un marcador marca “Sharpie”. Yo, cuando me fui de Italia, me olvidé de devolvérselo… todavía tengo en mi poder ese marcador papal.

Sigamos…

Después de separarme del Papa, me mantuve a una distancia prudencial junto a otros que a tal distancia se mantenían. Un encargado de la seguridad del Papa, al ver las fotos en mis manos, quiso hacerme entender que lo que yo quería no estaba permitido, sin embargo, yo a él le hice entender que sí.

Finalmente, cuando todos hubieron pasado y después de haber posado el Papa junto a los miembros del Oficio de las Celebraciones Pontificias, el Santo Padre, viéndome, me llamó, me mostró una mesita a un costado y hacia allí nos dirigimos.

Mientras el Papa firmaba yo le iba contando sobre las fotos, “ésa es mi mamá”, “ésas son las aspirantes…”, etc.

                           Con mi hermanos y mi mamá el día de su imposición de hábito

Y cuando Francisco vio, en una foto tomada en el monasterio contemplativo, el cuerpecito de mi mamá junto al cuerpón de mi hermano Juan Pablo dijo, señalándola con el dedo y sonriendo:

– ¡Que chiquita!

          De visita en el Monasterio de San Rafael, junto a mi mamá y a mis hermanos

 

Al decir “pobrecito” el Santo Padre había usado un tono de voz descendente, en cambio al decir “que chiquita” lo hizo con un tono ascendente.

Cuando todo terminó, sólo quedó en el aire la última palabra del Santo Padre dirigida a todos nosotros:

–Conserven el espíritu misionero.

 

Cuando salimos de la Domus Sanctae Marthae, pensando en todo lo vivido, me vino un pensamiento: ¿Le vi los ojos al Papa cuando yo estuve con él? Aunque parezca extraño, la respuesta era un sonoro “no lo sé”.

Más adelante me vino a la memoria algo vivido: recordé que un sacerdote nuestro, al predicar, tenía la vista fija en un plano superior al de nosotros los oyentes, ¿por qué no nos miraba? porque no quería distraerse, ya que él estaba “viendo” la verdad que predicaba. Eso, tal vez, me pasó a mí… tal vez le miré los ojos al Santo Padre, pero otra cosa yo estaba viendo…

El amor es ciego, es decir, la intensidad de las sensaciones nos ponen un límite, y no nos permiten abarcar todo el complejo de las impresiones percibidas: el gozo, en esta vida, no puede ser completo… ¡Ahora entiendo!… ¡Pobrecito!

R.P. José Francisco Montes, IVE

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