VII Conferencia General del Instituto del Verbo Encarnado

Montefiascone (Italia), 2-10 de setiembre de 2013

Nos pareció oportuno dividir este comunicado en dos partes. En la primera les enviamos la homilía del P. Carlos Walker, Superior general del Instituto, predicada ayer en la cripta de la Basílica de San Pedro en el Vaticano, en el llamado “Altar de la tumba de Pedro”. Y en la segunda, les enviamos brevemente el parte de hoy, que ha sido el último día de trabajo en sesiones plenarias. Mañana martes se trabajará principalmente con los Padres Provinciales por la mañana, y se concluirá la Conferencia General con el almuerzo.

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  1. 1.    Homilía del P. Carlos Walker. La caridad fraterna entre los sacerdotes

Quisiera hablar de la caridad sacerdotal que debe animar nuestras relaciones con nuestros hermanos sacerdotes, especialmente para con los sacerdotes del mismo Instituto.

 1. San Pablo expone a Filemón el motivo de la caridad que debe tener hacia Onésimo. “Yo, Pablo, anciano y prisionero por Cristo Jesús, te recomiendo a Onésimo, mi hijo, a quien he engendrado en la prisión; te lo envió como algo de mis entrañas”. Le dice que lo ha de recibir como a un hermano: “Si me consideras compañero tuyo, recíbelo a él como a mí mismo”.

Durante la última cena, Cristo dijo a sus Apóstoles: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 23,34); y al final de su discurso renueva el precepto: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros” (ibid. 15,12).

 El mandamiento de Cristo es nuevo, ya que si bien antes de Cristo existía el precepto del amor al prójimo, Cristo cambia radicalmente su naturaleza. Con Cristo, la naturaleza de ese amor es la caridad, por la cual “amamos a Dios sobre todas las cosas, en cuanto es objeto de la bienaventuranza y en cuanto el hombre tiene cierta sociedad espiritual con Dios” (ST I-II, 109, 3, ad 1).

La caridad consiste en una comunión de bienes. Es decir, por la gracia participamos de la vida de Dios, de tal suerte que ese bien, que es Dios mismo, pasa a ser común a Dios y a nosotros. A esta realidad hace referencia Cristo cuando dice debemos amarnos como Él nos ha amado (cf. Jn 23,34). Cristo nos ama uniéndonos al sumo Bien, que es Dios mismo.

 Dicho en otras palabras, no se puede amar al prójimo como Cristo si no se está unido a Él por la gracia.  Este es el amor cristiano. Y se trata de algo nuevo porque no se lo puede practicar sin la gracia.

 Por otro lado, lógicamente, no se puede tener la gracia sin que esto se refleje en la caridad hacia el prójimo, ya que “el acto por el cual amamos a Dios es específicamente el mismo que aquel por el cual amamos al prójimo” (ST, II-II, 25, 1).

 “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos para con otros” (Jn 13,35). Es esta una señal que está al alcance de todos. Cristo no ha dado otra, ya que en esta no puede haber engaño. El amor sobrenatural que se tendrán unos a otros será la prueba inequívoca de pertenencia a Cristo. Si no amamos a Dios en la forma visible con que se presenta a nosotros, es decir, en el prójimo, ¿cómo podremos decir que le amamos en sí mismo, en su divinidad? (cf. ST, II-II, 24, 2, ad 1).

 Quien ama a Dios, amará necesariamente al prójimo. Pregunta San Agustín: “¿Quieres saber si vives vida de gracia, si estás bien con Dios, si realmente formas parte de los discípulos de Cristo, si vives de su Espíritu? Examínate si amas a los hombres tus hermanos, a todos sin excepción, y si los amas por Dios; ahí encontrarás la respuesta. Y esa respuesta no engaña” (In Epist. Joan., Tract. VI, c. 3).

 Y hablando de la caridad hacia el prójimo, Santa Teresa de Jesús decía: “Impórtanos mucho andar con gran advertencia, cómo andamos en esto, que si es con mucha perfección, todo lo tenemos hecho” (Moradas, 5ª, c. 3).

 Tan es esto así, que por esta señal reconocían los paganos a los cristianos de la Iglesia primitiva: “¡Ved cómo se aman!”.

 2. Lo que está en juego aquí es el principio de la Encarnación: no se puede separar el cuerpo místico del mismo Cristo, ya que no hay más que un solo Cristo.

Se trata de aceptar la Encarnación con todas las consecuencias que se derivan de la misma. No se puede amar a Cristo Cabeza sin amar también a su cuerpo místico.

Por eso, aliviar al menor de nuestros hermanos es aliviar a Cristo en persona; y desamparar a cualquiera de ellos es desamparar a Cristo mismo. Maltratar a cualquiera de nuestro prójimo es maltratar a un miembro del cuerpo de Cristo, es herir al mismo Cristo. Criticar al prójimo, es criticar al mismo Cristo. “Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues?” “¿Quién eres Señor”, pregunta San Pablo. “Soy Jesús, a quien tú persigues” (Hch 9,4-5).

 El amor sobrenatural, ejercitado con el prójimo, a pesar de las antipatías o discrepancias naturales, incluso a pesar de cualquier repugnancia que pudiera existir, es indicio cierto, en el alma que lo posee, de una gran intensidad de vida de gracia.

 Santo Tomás llama “mentira” a la comunión sacrílega, ya que al acercarse a Cristo para recibirle en la comunión, uno declara por ese mismo acto que está unido a El. Estar en pecado mortal, es decir, alejado de Cristo, y acercarse a El, constituye entonces una mentira (cf. ST, III, 80, 4). Análogamente, acercarse a Cristo y querer unirse a El, y al mismo tiempo excluir de nuestro amor a cualquiera de sus miembros, es cometer una mentira, ya que es querer dividir a Cristo. Dice San Juan “Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente” (1 Jn 4,20).

3. Algunas aplicaciones prácticas. Esta ley de la caridad cristiana, valida para con todo cristiano, vale en modo especial para con los hermanos en el sacerdocio. Dice el decreto Presbyterorum Ordinis del Concilio que, por el hecho de participar en el único sacerdocio de Jesucristo, cada sacerdote está unido a los demás sacerdotes, “con vínculos particulares de caridad apostólica, de ministerio y de fraternidad” (PO 8).

“Es de suma trascendencia, por tanto, que todos los presbíteros… se ayuden mutuamente” (Ibid.).

“Guiados por el espíritu fraterno, los presbíteros no olviden la hospitalidad, practiquen la beneficencia y la asistencia mutua, preocupándose sobre todo de los que están enfermos, afligidos, demasiado recargados de trabajos, aislados, desterrados de la patria, y de los que se ven perseguidos” (Ibid.).

 “Finalmente, por razón de la misma comunión en el sacerdocio, siéntanse los presbíteros especialmente obligados para con aquellos que se encuentran en alguna dificultad; ayúdenles oportunamente como hermanos y aconséjenles discretamente, si es necesario. Manifiesten siempre caridad fraterna y magnanimidad para con los que fallaron en algo, pidan por ellos instantemente a Dios y muéstrenseles en realidad como hermanos y amigos” (Ibid.).

Hablando de la benevolencia, una de las características de la caridad, el Beato Paolo Manna decía lo siguiente: “El hábito de la mutua benevolencia es, sin ninguna duda, la mayor bendición para una comunidad y para una Misión. Donde reina este ambiente, allí está Jesucristo con todas sus gracias, allí se progresa en la santidad, allí se progresa en las obras, allí se persevera en la vocación, allí se realizan grandes frutos en las almas, porque la unión fraterna, la concordia, la paz, son efectos del hábito de la benevolencia, es la atmósfera indispensable para santificarse a sí mismo y a los demás” (Paolo Manna, Virtudes apostólicas, Caridad y colaboración fraterna).

Nosotros, además, como superiores, tenemos una obligación incluso más estricta de practicar la caridad para con quienes nos han sido encomendados. Decía San Juan de Ávila al respecto: “El mandar es cosa fácil, y sin caridad se puede hacer; más llevar a cuestas flaquezas ajenas con perseverante corazón de remediarlas y hacer fuerte al que era flaco pide riqueza de caridad. […] Los padres instituyen en toda buena disciplina a sus hijos y gastan en ellos sus haciendas y personas. Y pues prelados con clérigos son como padres con hijos, y no señores con esclavos  […]. Así como un siervo es deputado para provecho de su señor, así los mayores de los menores trabajando por ellos como unos esclavos, amándolos como verdaderos padres, aunque les cueste la vida, a ejemplo del Señor, que venit ministrare, et non ministrari (Mt 20,23), y esto dando su vida en rescate por muchos”[1].

Nosotros, como Instituto, queremos distinguirnos por una marcada fidelidad al Magisterio (cf. Const. 222, 265). Pero también queremos distinguirnos por la caridad con la que nos tratamos unos a otros: “De tal modo debería vivirse la caridad fraterna que al ver nuestra vida se dijese: ‘¡Mirad cómo se aman entre sí y cómo están dispuestos a morir unos por otros!” (Ibid. 96).

Que la Virgen nos obtenga la gracia de vivir a la altura de nuestra llamada.

  1. 2.    Breve parte del día 9 de septiembre

Por la mañana presidió la santa Misa el P. Jorge Álvarez, Rector de nuestro Seminario Mayor “Beato Miguel Agustín Pro” (Arequipa, Perú). En su homilía se refirió al fin impetratorio de la Santa Misa, que se puede considerar como parte del mismo fin propiciatorio.

En la sesión de la mañana el P. Alfredo Alós, Provincial en Perú, se refirió a la formación para la vida pastoral. Y el P. Marcelo Lattanzio, a la formación permanente de los religiosos, suscitando entre los Padres muchas propuestas concretas para optimizar este aspecto fundamental que toca nuestra misma vocación.

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Por la tarde el P. Gabriel Zapata presentó el tema de los seminarios menores en nuestra congregación, refiriéndose también a la vocación de los niños, siguiendo sobre todo textos del Magisterio reciente de la Iglesia. Posteriormente se hicieron varias propuestas para el trabajo con los niños y adolescentes que manifiestan tener gérmenes de vocación, y con sus familias.

Posteriormente el P. Diego Ibarra, Rector de nuestro Seminario Mayor en Filipinas, habló de la formación para la vida consagrada, aspecto principal en la formación de nuestras vocaciones. Siguieron numerosas intervenciones de los Padres, en un muy fructuoso intercambio.

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Al terminar las sesiones plenarias, el P. Carlos Walker dio la noticia a todos los Padres de la reciente fundación en la arquidiócesis de Génova, donde ha llegado hace dos semanas el p. Omar Mazzega para hacerse cargo de la parroquia San Teodoro, en el centro de la ciudad. Y a continuación agradeció a todos los Padres por la excelente Conferencia General que hemos tenido, y por todo el trabajo que realizan en sus misiones y en las casas de formación del Instituto. Asimismo recalcó que mucho de lo hablado en esta Conferencia sobre la formación es para implementarlo lo antes posible de manera concreta en las Provincias, y esto corresponde sobre todo a los Provinciales. Otras cosas, en cambio, requieren decisiones de parte del Consejo general y serán comunicadas oportunamente.

Las “Buenas noches” estuvieron a cargo del P. Geovanny Arbeláez, Maestro de novicios en Perú, quien nos habló de la pastoral vocacional, sobre todo del saber crear un “ambiente vocacional”, una cultura vocacional, para que las vocaciones se desarrollen como un ambiente propio, poniendo como ejemplo el modo como se trabaja en su diócesis de origen, Sonsón Río Negro (Colombia), siguiendo el Magisterio de la Iglesia. Allí se involucra a las familias, se hace Adoración eucarística para este fin, se celebran Misas cada semana en las parroquias por esto… y donde para los jóvenes y las familias el plantearse la vocación es algo normal en sus vidas.

Nos encomendamos a las oraciones de todos.

9 de septiembre de 2013.

 Rev. P. Diego Pombo

Secretario general


[1] San Juan de Ávila, Memorial primero al Concilio de Trento (1551), Escritos sacerdotales, BAC, Madrid, 2000, 38.

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