instituto_verbo_encarnado_irakCuando nos preguntan cómo estamos encontramos una dificultad en explicarlo.

Por un lado vivimos en un país que tiene 20 atentados por día (según algunas estimaciones).  El peligro es real y se encuentra a la vuelta de cualquier esquina. Sólo por poner un ejemplo: el otro día vino una señora a agradecer por su hijo. El muchacho iba en colectivo dentro de la ciudad y se bajó donde quería. En ese momento explota una bomba dentro del vehículo matando a los que viajaban e hiriendo en la mano a su hijo. Si la bomba hubiese explotado unos segundos antes habría una víctima más. Si este joven decidía seguir una cuadra más no estaría con vida. ¡La señora venía a agradecer que su hijo había sido “solamente” herido!

Los atentados golpean en cualquier parte y casi no hay lugares seguros. Pero además de los coches bomba (que son los que causan mayores muertos y producen más terror entre la población) hay otros modos utilizados en esta lucha insana: asesinatos por medio de armas con silenciador a plena luz del día, entrar en casas específicas para eliminar a todo una familia, secuestros que terminan en muertes, bombas molotov contra negocios…

Durante el mes pasado más de 940 personas murieron a causa de ataques armados y se calcula que son 40.000 los muertos desde el 2004.

Los números son escalofriantes.

Sin embargo hay que entender que  para la gente la vida continúa. No pueden vivir encerrados en sus casas y las actividades no se interrumpen: los niños van a la escuela, los trabajadores al trabajo, los jóvenes salen a la tarde a pasar el rato con sus amigos, etc.

Al tiempo de llegar acá, hace casi tres años, hubo una explosión cerca de nuestra casa. A los 10 minutos, los niños de la escuela vecina retomaron sus juegos en el patio como si nada hubiese pasado. ¡Fue solo una explosión más de las varias que se sienten cada semana!

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Es por esto que es muy difícil explicar cómo estamos. Sufrimos con los que sufren, la insensatez del terrorismo indigna y da pena, buscamos apoyar a los que lo necesitan, traer esperanza a un lugar donde el terror es producido sistemáticamente, y nos apenamos de no poder hacer más… Pero estamos bien. Diría que muy bien.

Por una parte Cristo nos dice “no temáis a los que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más“. (Lc 12,4). Si tuviésemos que dar nuestra vida por nuestros fieles, amigos, por los pobres y los que sufren, e incluso por aquellos que nos hacen el mal, bendito sea Dios.

Pero además (¡para tranquilidad de los nuestros!) no hay que pensar que estamos en peligro permanente. Algún día nos podría pasar algo, pero también puede ser que vivamos 40 años aquí sin un rasguño, porque, por una parte tenemos mucha protección de la policía en la iglesia, y además tomamos las precauciones necesarias para evitar riesgos (se sale solo cuando es necesario, se evitan los lugares más peligrosos, etc.).

Y mientras tanto, el poco bien que podamos hacer pesa muchísimo más que todo el mal que vemos, porque el bien es lo que cuenta, lo que vale. El mal hace mucho ruido pero no tiene consistencia, es una falla, algo que falta.

El bien sembrado produce frutos de vida eterna y así el miedo desaparece porque “no temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino” (Lc 12,32).

A todos pedimos oraciones por este pueblo tan sufrido y por nuestra misión aquí.

¡Dios los bendiga!

P. Luis Montes, IVE

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