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“Me ha venido en mente que quizá (el Señor) me tomará como Cordero de Pascua”, confiaba la Beata María Gabriela de la Unidad a su superiora, estando ya convaleciente por la tuberculosis, los primeros días del mes de abril de 1939[1].

Un año antes, a mediado de Enero de 1938, durante el Octavario de oración por la Unidad de los cristianos, la Madre Pía Gullini había leído en el Capítulo de la comunidad trapista de Grotaferrata (Italia), un escrito del Padre Couturier en el cual se refería a la generosidad de algunos que habían ofrecido sus vidas por esta causa.Monasterio_Pontinia_Servidoras

Sor Gabriela, movida por una gracia especialísima del Señor y por dichos ejemplos, decidió ofrecer su vida para que pronto se cumpliera el deseo tan ansiado del Señor que dejó como testamento durante la Ultima Cena: “Que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste” (Jn. 17,21).

Inmediatamente manifestó su deseo a sus superioras. La Madre Pía, abadesa del Monasterio, le aconsejó que lo consultara con el Padre Capellán. Con su aprobación Gabriela hizo su ofrecimiento a Dios. De este hecho tan singular no dejó nada escrito, lo grabó en el Corazón de Cristo, con toda simplicidad, escondida humildemente con Él.

No había terminado el mes de Enero de 1938, cuando comenzaron extraños síntomas para quien gozaba siempre de buena salud: tos persistente, fiebre, cansancio y pérdida de peso. Según ella misma se lo confió más tarde a la Madre abadesa: “Desde aquel día en  que me ofrecí, ya no estuve bien”[2].  Sin embargo el doctor del monasterio lo atribuyó a un resfrío, algo pasajero…

Como la situación siguió igual, finalmente en abril, fue llevada al hospital de Roma para hacer una radiografía. Allí se confirmó que se trataba efectivamente de tuberculosis y la dejaron internada por 40 días.

A partir de ese momento comenzó la subida al Calvario de Sor Gabriela, lejos de la vida del Monasterio y de la comunidad, que era su familia. Al confirmarse su enfermedad escribía a la Madre Pía: “El domingo pasado se hizo el examen y dio positivo. Yo tenía puesta toda mi esperanza en dicho examen y usted comprende cuánto dolor me ha provocado esta noticia. El primer día sufrí mucho; después, ayer a la tarde, sentí que se infundía en una gran fuerza en mi corazón y me resigné totalmente a la voluntad de Dios, aceptando de sufrir para Su gloria y para no poner en peligro (de contagio) a mis hermanas.

Le aseguro que mi sacrificio está totalmente completo, porque desde el alba hasta la noche no hago otra cosa que negar en todo y por todo mi voluntad, mis aspiraciones, mis deseos y todo lo que hay en mí. Antes no había modo de plegar mi corazón: ahora he comprendido de verdad que la gloria de Dios y el ser víctima no consiste en hacer grandes cosas, sino en el sacrificio total del propio yo.

Rece por mí, para que comprenda cada vez más el gran don de la cruz y para que lo aproveche de ahora en más para mí y para todos los demás”[3].

Así trascurrió ese corto año, primero en el hospital y luego en su Monasterio de Grotaferrata, donde cada día que pasaba dio muestras de una total docilidad a la voluntad de Dios; hasta la tarde del 23 de abril en el que el Señor vino a buscar el Dulce Cordero. Eran las vísperas del 2º Domingo después de Pascua, cuyo Evangelio proclamaba: “Y habrá un solo rebaño y un solo pastor” (Jn. 10,11-18).

Con ocasión del reconocimiento de 1957, su cuerpo fue hallado intacto. Sus restos descansan debajo del altar en una capilla adyacente al Monasterio de Vitorchiano, donde se trasfirió la comunidad de Grotaferrata.

Fue beatificada por S. Juan Pablo II el 25 de enero de 1983 en la Basílica de San Pablo Extramuros el último día del Octavario de oración por la unidad de los cristianos, en la Fiesta de la conversión de San Pablo. Su fiesta se fijó para el 22 de abril, aunque murió el 23.

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Por voluntad de nuestro Fundador, hace 23 años nuestro Monasterio de Pontinia tiene como Patrona a quien los Papas S. Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco han resaltado como modelo de ecumenismo espiritual.

Este año se cumplieron 80 años de aquel inefable encuentro de la joven trapista con el Buen Pastor. Dado que su Fiesta coincidía este año con el lunes de Pascueta, la pasamos para el martes 30 de abril. La Santa Misa fue celebrada por el P. Elvio Fontana y estuvo presente la M. María de Jesús Doliente, superiora Provincial y algunas hermanas de la comunidad “Mamma Margherita”, de Pontinia. Después compartimos el almuerzo con el P. Fontana y la Madre Jesús Doliente. Por la tarde la Hna. María de Betharram nos dio una presentación con fotos y textos de la Beata Gabriela y los lugares donde vivió.

La Beata Gabriela vivió solo 4 años en el Monasterio Trapista. Había entrado a los 21 años y con sólo 25 años, consumó su sacrificio. El P. Elvio decía en su homilía que, por lo que se puede entrever de sus escritos y testimonios;  la llamada y vocación particular que recibió Sor Gabriela para ofrecer su vida por la causa de la unidad de los cristianos; su ofrecimiento formal a Dios y la inmediata aceptación de parte del Señor; se puede intuir que se trata de una gracia de la sexta morada, una gracia especial con una dimensión apostólica. Se trata de una vocación dentro de la vocación. Todo esto nos hace valorar aun más a nuestra querida Patrona, por la unión altísima con Dios que alcanzó en tan poco tiempo de vida monástica.

Tantas veces la Beata Gabriela había meditado y cantado el Salmo 140 que dice: «Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde». Es muy significativo que el perfume del incienso asciende a medida que se consume, en contacto con el fuego del carbón encendido. Del mismo modo, la ofrenda de la Beata se elevó a Dios cual suave aroma de incienso, a medida que era consumida por el ardiente fuego de la caridad de Cristo.

Así debería ser nuestra humilde ofrenda, de cada día, de toda nuestra vida, impregnada del perfume de la caridad que se eleve hasta la Santísima Trinidad para darle gloria y honor; y al mismo tiempo difunda a nuestro alrededor el suave olor de Cristo, Sus virtudes, Su misma caridad. Esto es en definitiva lo que nos pide nuestra Regla cuando dice: “Que todos los actos de sus vidas suban al Señor en suave olor de santidad, quemándose como el incienso en adoración al sólo Santo, en acción de gracias por tanto bien recibido […] para redonarse a Él en intercambio de amor, reparando por los pecados propios, los de los demás miembros del Instituto, y por los de todo el mundo, y finalmente pidiendo el perdón y la misericordia sobre todos” (Regla n.11).

Nos encomendamos a sus oraciones, para que por intercesión de la Beata María Gabriela, también nosotras, con nuestra vida de oración y de silencio, podamos seguir su ejemplo y dar abundantes frutos para que todos lleguen a ser uno, como Uno son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y el mundo crea.

M. María del Cielo, Monasterio “Beata María Gabriela de la Unidad”, Pontinia (Italia)

 

[1] PAOLINO BELTRAME QUATROCCHI, OCS0, La Beata Maria Gabriella dell’Unita, Carta de la Madre Pia a la Sra. Catalina, madre de Gabriela, Monastero Trapiste Vitorchiano, p.196, Vitorchiano 1980. [2] PAOLINO BELTRAME QUATROCCHI, OCS0, La Beata Maria Gabriella dell’Unita, Carta de la Madre Pia a la Sra. Catalina, madre de Gabriela, Monastero Trapiste Vitorchiano, p.162, Vitorchiano 1980. [3] PAOLINO BELTRAME QUATROCCHI, OCS0, La Beata Maria Gabriella dell’Unita, Carta a la Madre Pia, Monastero Trapiste Vitorchiano, p.154, Vitorchiano 1980.