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Comienzan a saber que hay misioneros

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Comienzan a saber que hay misioneros
Por: P. Diego Cano, IVE

 

Viernes 10/7

Hoy vinieron muchas personas al rosario de la aurora y a la misa. Este día estuvo dedicado al grupo del Sagrado Corazón, por ser día viernes, y porque hay mucha gente que se ha unido al grupo y va creciendo en esta devoción. Participaron muchos de ellos en las charlas, durante casi todo el día. También este día, en vez del rosario a la tarde, se rezó el Vía Crucis, caminando por la aldea, y arrodillándose todos en medio del pueblo. Un hermoso testimonio.

Hoy también dediqué un tiempo para ir a ver los enfermos que habían pedido recibir los sacramentos, y que no eran tantos, tan sólo tres. Pero por las distancias y las ocupaciones de la misión, visité dos a la mañana, y uno a la tarde. A dos de estas casas sólo se puede llegar caminando, o en moto. Fuimos a pie, y es una gran oportunidad para percibir mejor las distancias, y captar la realidad del lugar. Lo que pude ver a la tarde, no sé cómo escribirlo. Saqué fotos, pero no pueden ni las fotos ni los vídeos dar una idea acabada de esto. Tal vez por eso no saqué muchas fotos… no se percibe lo que uno quiere comunicar.

En primer lugar, el paisaje: una amplitud que se veía que bajaba hacia una especie de valle, o depresión; la iglesia y la casa misionera están en un lugar elevado, por eso se podían ver, al caminar descendiendo, grandes extensiones, colinas, colores amarillos y verdes combinados perfectamente, inmensos árboles, senderos entre pastos secos dorados… brillantes. De a ratos aparecían ante nuestra vista los techos de paja de algunas casas, que parecían camufladas. Habían algunas nubes, gracias a Dios, porque al mediodía el sol hervía la sotana negra. En cambio a la tarde, por momentos nos ayudaban las nubes, porque cuando nos daba el sol, de frente a esta hora, me daba en el pecho, que también me quemaba. Pero no sé cómo describir lo segundo, el ambiente: nos alejábamos del pequeño centro de Nyasa, y nos adentrábamos en la realidad de estos lugares. Esa gente vive apartada de todo, incluso de percibir que han llegado los misioneros. No sólo de percibirlo estos días, sino incluso de saber que hay una iglesia y que se puede ir a rezar. En realidad, lo saben, pero no les influye en lo más mínimo. Vi una gran pobreza, como no la he visto en otras partes, y sobre todo un apartamiento de lo que pueda ser progreso. La gente casi que sólo habla Sukuma, los niños, ni una palabra de swahili. Las hermanas ya habían pasado por allí misionando, pero se encontraron con familias paganas, que no entendían absolutamente nada de la fe, y algunos no quisieron recibir ningún tipo de regalo ni bendición. Los niños, muy pocos van a la escuela. Comprendemos entonces cuando algunos chicos que sí van a la escuela, miran la misión desde lejos, a veces salen corriendo cuando nos ven. Todavía no logro expresar lo que quiero… no creo que pueda. Hay que estar. En casi ocho años en esta parroquia, no había llegado a un lugar así. Me hacer caer en la cuenta de la realidad de este lugar. A veces uno se queda con la gente que va a la iglesia, algunos son católicos de hace tiempo. A veces uno se enoja cuando ve que no saben participar de la misa, o que hacen cosas de personas rudas, como levantarse en medio de la consagración y salir, golpear la puerta para llamar en la iglesia cuando se está rezando, hablar, comer, etc. dentro de la celebración, y podría seguir poniendo muchos ejemplos. Hoy pude percibir que son más los que no vienen que los que vienen, y de los que vienen muchos todavía no han recibido la fe. Me alegro por la misión, y por el esfuerzo de las hermanas de caminar tanto, y llegar aún hasta esas casas… ¿quién podría llegar hasta ellos para hablarles de Cristo sino no fuera por estos días de misión? El catequista trabaja, pero es imposible que pueda dedicar el tiempo de visitar cada una de las casas de este inmenso territorio. La mayoría de la gente vive en medio del campo.

Ya es tarde, y debo dejarlos, pero no quiero que se me pase decirles que me alegró ver que en una de las casas, con gran timidez, un niño me pidió un caramelo… otros no se animaban ni a eso. Otros no respondían ni los saludos en sukuma. Me alegró cuando en la casa de Cecilia, la abuela a la que le dimos la unción y llevamos la comunión, me contaron que la única niña que va a la escuela, llegó hoy contando que había visto a una hermana “blanca blanca”. Me alegró finalmente, y me reí mucho, cuando en medio de esos yuyos dorados altos, se escuchó una voz que comenzó a cantar: “¡El que no salta, no es de María!” Una niña que venía de la misión me había visto, y se adelantó a cantar… saludó con una gran sonrisa, y dos niños que venían atrás también respondieron al saludo cristiano. Parece una cosa trivial esto de los niños, pero no lo es. Pienso que en ése pueblo pagano, han estado las hermanas, y hoy estuvo el catequista, el padre, y Cristo Eucaristía… estuvieron los caramelos de los misioneros, los cantos de la misión, el nombre de María, y la alegría de haber jugado, y el hecho de no ser ya desconocidos para los niños. Ya no seremos desconocidos para muchas de esas familias. Comienzan a saber que hay misioneros.

(Continúa)