“Roma, ¿qué saliste a ver? ¿Una mujer cubierta de delicados vestidos?

He aquí que yo envío mi mensajera para preparar los caminos…[1]

Este pasado lunes 29 de abril de 2019, nos hemos preparado convenientemente a celebrar la fiesta de Santa de Santa Catalina de Siena, virgen. Patrona de Roma, Patrona de Italia, Co-patrona de Europa y Doctora de la Iglesia. ¿Le falta a esta querida Santa acaso, algún título más?

En el propósito de la Madre María Corredentora de volver a resaltar su figura como modelo para las religiosas de nuestro Instituto, invitando a que ya desde este año su fiesta comenzase a celebrarse con mayor solemnidad en todas nuestras casas; apenas iniciado el triduo en su honor, hemos podido comprobar efectivamente, tal como se nos anticipó ¡cuántos beneficios espirituales trae el considerar su santa vida![2]

Pensando “sorprender” a la Santa intentando celebrar su fiesta este año de una manera tan solemne como no lo habíamos hecho en años anteriores; las sorprendidas fuimos nosotras.

Diversas cuestiones organizativas de parte de la Basílica, impidieron poder tener la Santa Misa en Santa María sopra Minerva tal como estaba previsto. Pero otra posibilidad de lugar apropiado para la celebración estaba aguardando a las puertas.

¿Quién de nuestras Hermanas tenía conocimiento de que hubiese otro lugar en Roma que pudiese custodiar alguna otra reliquia importante suya, fuera de la Basílica de Santa María sopra Minerva? Probablemente muy pocas (sino poquísimas o casi ninguna).

Luego de la muerte de la Santa[3], sus seguidoras permanecieron en la misma casa durante casi dos siglos. Pero en la segunda mitad del 1500, convertidas por voluntad pontifica en una comunidad claustral, se transfirieron a Monte Magnanapoli en donde construyeron un Monasterio y la Iglesia también dedicada hasta el día de hoy a Santa Catalina.

El Monasterio, fiel custodio del espíritu cateriniano tuvo vida fecunda, pero en los primeros decenios del 1900 fue demolido en gran parte para sacar a la luz el “Mercado de Trajano” – que actualmente se puede admirar a pocos pasos de la Plaza Venecia y del Foro Romano -. Por lo que se transfirieron a la Iglesia y Monasterio “del Santo Rosario” en un sector de Roma conocido como “Monte Mario” a donde llevaron consigo una importante reliquia que custodiaban desde 1487, la mano izquierda de la Santa. Con ocasión de la apertura de la urna de la Santa para un reconocimiento de su cuerpo, el entonces Superior General de la Orden Dominicana la donó a éste Monasterio.

Así fue como este descubrimiento permitió determinar sin vacilar el lugar de la celebración. Fuimos recibidas muy gentilmente por las religiosas dominicas, pudiendo participar un gran número de hermanas de la Provincia de Italia.

La Santa Misa fue celebrada por el R.P. Mariano Varela, IVE, quien tomó como base para su hermosa homilía aquello que es uno de los puntos centrales de la espiritualidad de la Santa senese: el conocimiento de sí misma para llegar al conocimiento de Dios. Conocimiento que es instrumento para vencer las tentaciones; para conducir al prójimo hacia Dios; para la unión con Dios; para adquirir la humildad. Conocimiento de sí en que el alma sin embargo, no se mira a sí misma, sino que como en un espejo, ve a Dios.

Finalizada la Santa Misa, fue posible venerar esta insigne reliquia de la mano izquierda de Santa Catalina.

Pero creemos que no fueron sólo la veneración de su reliquia y la celebración de esta fiesta las que dejaron la huella de una fuerte impresión en todos. Sino también el haber tomado conciencia de que Roma no ha sido un escenario pasajero e insignificante en la vida de Santa Catalina.

Sabiendo desde siempre que Siena es el lugar privilegiado por antonomasia de su paso incisivo e imposiblemente desapercibido por este mundo, hemos comprendido más profundamente quizás tal vez recién ahora, que Roma no fue menos importante y taladrante para su alma aunque haya vivido en ella solamente los últimos 18 meses de su existencia.

Por eso, ¡Roma! ¿Qué saliste a ver en los turbulentos años en que la Iglesia estaba lacerada por el Cisma de Occidente? ¿Qué saliste a ver por las calles que atraviesan el corazón de la urbe?

Santa Catalina no estuvo presente en el triunfal retorno del Papa Gregorio XI “al lugar suyo de los gloriosos Pedro y Pablo” el 17 de enero de 1377, si bien fue quien lo movió a tomar la decisión de regresar a Roma sea mediante sus cartas, sea en persona, cuando estuvo en Avignon desde el 18 de junio al 13 de setiembre de 1376. Pero ella llegó a Roma el 28 de noviembre de 1378 llamada por el Papa Urbano VI (elegido el 8 de abril de 1378 luego de la muerte de Gregorio XI el 27 de marzo), quien para defender a la Iglesia de los cismáticos secuaces del antipapa Clemente VII elegido el 20 de septiembre de 1378, quiso reunir a su alrededor a personalidades eminentes por santidad de vida y fidelidad a la Iglesia.

Por eso, ¡Roma! ¿Qué saliste a ver al día siguiente de su llegada a Roma? ¿A una mujer cubierta de delicados vestidos? Pero quienes así visten se encuentran en los palacios y no errantes como pordioseras por las calles de la Ciudad Eterna ¿Qué saliste a ver? ¿A una mujer frágil e introvertida? ¿Ignorante y analfabeta?

Y hay que decirte que no. Sino a una guerrera, que al día siguiente de atravesar tus puertas tuvo el coraje de hablar al Papa Urbano VI y a los cardenales que le eran fieles, animándolos a tener confianza en la Providencia Divina, porque “Dios no abandona a su Iglesia”.

Entonces, ¡Roma! ¿Qué saliste a ver? ¿A una mujer pusilánime y entregada a la resignación ante la impotencia de poder cambiar el curso de los acontecimientos?

Y hay que decirte que no. Sino a un alma combativa con el poder de la oración y la penitencia, que en ti, ciudad “cabeza y principio de nuestra fe[4]” sentía misteriosamente hervir “la sangre de estos gloriosos mártires aquí en Roma, sepultados en cuanto al cuerpo, que con tanto fuego de amor dieron la sangre y la vida por amor de la Vida[5]”; mientras más se agudizaba en ella el deseo de unir a la de ellos su propia sangre por amor de Cristo.

Pero Santa Catalina no llegó sola a Roma, sino que la acompañaron algunos discípulos, hombres y mujeres, que prefirieron mendigar con ella el pan cotidiano en la Ciudad Eterna, a permanecer en la vida agitada de sus propias ciudades. Viviendo en una casa sobre la calle conocida en esa época como la “Via del Papa”. Y los dieciocho meses de su estancia romana signaron un periodo de intensa y combativa actividad.

Por eso mismo, ¡Roma! ¿Qué saliste a ver? ¿A una mujer inerme, paralizada ante las acechanzas del tentador que zarandeaba a la Dulce Esposa de Cristo, la Iglesia?

Y hay que decirte que no. Porque desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, al reino de los cielos expira violencia, y solo los violentos lo arrebatan[6]. Y Santa Catalina supo de combates y tentaciones como también de victorias obtenidas solamente con la gracia de su Esposo Jesucristo quien en la borrasca de las bajezas más profundas de las tentaciones en que se vio sumida en los años de su primera juventud, Nuestro Señor le aseguró haber estado durante toda la batalla dentro de su corazón[7].

Santa Catalina sabía por eso, por experiencia, que el diablo no es creador, sino un pobre repetidor… y por tal razón son alrededor de 80 las cartas suyas que se colocan en este periodo, cuyo tema insistente es siempre “la verdad del Papa”, es decir su legítima autoridad y la fidelidad a él debida.

Entonces, ¡Roma! ¿Qué saliste a ver por tus calles, en un único, casi monótono y rutinario recorrido envuelto al mismo tiempo en una persistencia casi enfermiza? ¿A una mujer esbelta y sana, en la flor de su edad, airosa y elegante?

Y hay que decirte que no. Sino que has salido a ver “andar a una muerta hasta San Pedro”, tal como se describe a sí misma en una carta al Beato Raimundo de Capua en el ocaso de sus fuerzas, consumidas sensiblemente sus energías físicas.

Al inicio del 1380, su declino era evidente y a fines de enero una grave crisis cardíaca la dejaba por espacio de dos días como muerta, con plena conciencia pero en la absoluta incapacidad de decir una sola palabra o de mover un solo dedo. Luego el 2 de febrero, recuperado el uso de sus miembros y el dominio de su voluntad comenzó su cotidiana peregrinación a San Pedro, desde la casa en donde moraban en la “Via del Papa”.

“Veréis caminar a una muerta hasta San Pedro, y entro de nuevo a trabajar en la barca de la Santa Iglesia. Aquí me quedo, así, casi hasta la hora de vísperas… sin ningún alimento…, incluso sin probar una gota de agua, con tan dulces tormentos corporales como nunca he llevado…, tanto que mi vida está en un pelo…”[8]; escribe al Beato Raimundo.

En el atrio de la Basílica Vaticana un mosaico de la barca de Pedro zarandeada por las olas, representaba al vivo la situación crítica de la Iglesia y renovaba en ella el ardor de su oración. Y un día, Santa Catalina sintió la barca de Pedro cargarse sobre sus espaldas y se desvaneció bajo su enorme peso.

Este místico acontecimiento marcó el fin de su cotidiano peregrinar al sepulcro de Pedro.

Incapaz ya de dejar la cama, atormentada por graves sufrimientos físicos y espirituales; continuó insistiendo en la oración y en el ofrecimiento de la propia vida: “Oh Dios eterno, recibe el sacrificio de mi vida en (ventaja de) este cuerpo místico de la Santa Iglesia. Yo no tengo otra cosa que dar si no lo que tú me has dado a mí. Quítame el corazón, entonces, y exprímelo sobre la faz de esta Esposa[9]”, gritaba. Y con ese deseo que más se encendía, transcurrió las últimas semanas de su estadía romana y terrena.

Por esta razón, ¡Roma! ¿Qué saliste a ver? ¿A una mujer vencida y derrotada?

Y hay que decirte que no. Porque en sus últimos días romanos Santa Catalina dictó a sus

discípulos sus directivas. En Roma, declaró la alegría de haber dado la vida por la Iglesia y en Roma, invocando la Sangre Redentora de Cristo, profirió sus últimas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo el alma y el espíritu mío”. Y así dulcemente, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Era el 29 de abril de 1380, domingo precedente a la Ascensión.

hnas Servidoras en Roma

[1] Cf. Mt, 11, 8 ss. [2] Cf. Madre María Corredentora, Carta Circular a las SSVM por Santa Catalina de Siena, 22 de abril de 2019. [3] Todos estos datos históricos, como los relatos del paso de Santa Catalina por Roma, están tomados libremente del libro: “Luoghi Cateriniani di Roma”, Giuliana Cavallini – Diega Giunta, Centro Internazionale di Studi Cateriniani, Roma, 2000, (60 páginas). [4] Cf. Santa Catalina de Siena, Carta n. 329. Citado en “Luoghi Cateriniani di Roma”. [5] Cf. Ibidem. [6] Cf. Mt. 8, 12. [7] Cf. B. Raimondo da Capua, Vita di Santa Caterina da Siena, Legenda Maior, Paoline, Milano, 2013, n. 110, p. 132. [8] Cf. Santa Catalina de Siena, Carta n. 373. Citado en “Luoghi Cateriniani di Roma”. [9] Cf. Santa Catalina de Siena, Carta n. 371. Citado en “Luoghi Cateriniani di Roma”.

Celebracion de la Santa Misa en la Iglesia dedicada a Santa Catalina.
Durante la Celebracion renovaron los votos tres hermanas argentinas.
Recibimos la bendición con la reliquia de la mano izquierda de Santa Catalina.
Veneración de la reliquia.
En la plaza “San Pedro”.
Rezando el Santo Rosario por el Sumo Pontífice y la Iglesia

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