“Quiero ser santa para hacer sus complacencias. Pídale que no viva sino de amor: tal es mi vocación”[1]

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Querida Familia religiosa:

Mediante esta breve crónica, queremos agradecer a Dios por la canonización de la Patrona de nuestro monasterio y contarles de los preparativos y sucesivos festejos.

Precisamente un mes antes de la canonización, el 16 de septiembre, colocamos un altarcito en nuestra capilla con la reliquia de la futura Santa. Decidimos hacer manteles para la capilla, un triduo de Buenas Noches, previo a la canonización, que compartimos con los otros Monasterios del Instituto y con las comunidades de nuestra Provincia y preparamos una cartelera, con fotos y reseña histórica de la próxima Santa. Además hicimos un video, en el cual se puede conocer un poco la espiritualidad y vida de la Santa y al final incluímos también la ceremonia de canonización.

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Por otra parte nos comunicamos con las carmelitas de Dijon, quienes dos años atrás nos habían dado una reliquia de primer grado de Sor Isabel, la cual goza de la veneración en el altar de nuestra Iglesia. Ellas nos enviaron folletos, trípticos y material para difundir su devoción.

Para poder llevar a cabo todo esto, tuvimos que ponernos “manos a la obra”; era muy lindo ver cómo crecía el entusiasmo, parecía como si en cierto modo nuestra muy querida Patrona nos compartiera su alegría. Realmente pudimos constatar cómo ella ha intercedido ante nuestro buen Dios, que ha derramado abundantes gracias no sólo en nuestra almas, sino  también en toda la Iglesia.

Finalmente llegó el 16 de octubre y nos levantamos muy tempranito (2:50 am); pusimos el proyector y en 10 minutos la comunidad en pleno estaba disfrutando de la ceremonia de canonización.

Durante la homilía el Santo Padre habló de los nuevos santos como “hombres y mujeres que entran hasta el fondo del misterio de la oración”,  “luchan con la oración”, “dejando al Espíritu Santo orar y luchar en ellos”, “el Señor vence a través de ellos y con ellos, han combatido con la oración la buena batalla de la fe y del amor”. Por ello, ha reconocido el Santo Padre, “han permanecido firmes en la fe con el corazón generoso y fiel”.

Nuestra Santa Isabel vivió profundamente todo esto en su vida como religiosa de clausura. Se ve reflejado en una carta que escribía: “¿No le parece a usted que en medio de la actividad, cuando externamente tiene una que cumplir el oficio de Marta, puede continuar el alma embebida, como la Magdalena, en la contemplación, aplicando sus labios cual pobre sediento a esta divina fuente? Tal es como yo entiendo el apostolado de la carmelita y del sacerdote. Entonces es cuando ambos pueden irradiar a Dios, comunicarlos a las almas; cuando ellos aplican su espíritu sin cesar a la fuente divina. Tengo para mí que lo más importante es allegarse, cuanto más y mejor, al Divino Maestro, estableciendo una comunicación con su alma, identificándose con todos sus movimientos y entregándose luego, como él, a la voluntad de su eterno Padre[2].

Luego de “participar” a la ceremonia, el resto del día transcurrió en un clima de gran alegría, compartiendo  en comunidad y preparándonos para los festejos.

A las 5:30 pm tuvimos la Santa Misa presidida por nuestro consejero espiritual y en la que nos acompañó nuestra Superiora Provincial, la M. María Cor Dulce. Fue muy emocionante escuchar llamar “Santa” a nuestra querida Sor Isabel. Al final la Santa Misa, compartimos con ellos la cena festiva. Pero esto no termina aquí, pues decidimos festejar a nuestra Santa con la Familia religiosa y bienhechores el día 8 de noviembre, fiesta de Santa Isabel de la Trinidad, de modo que todavía continuamos con preparativos.

Realmente tuvimos un día de Cielo en la Tierra y desde el Cielo en que ella nos contempla  hacía resonar para nosotras aquellas hermosas palabras “La vida del sacerdote igual que la de la Carmelita, es un adviento que prepara la Encarnación dentro de las almas. El profeta David canta en un salmo: fuego va delante del señor… (Sal. 96, 3) ¿Acaso este fuego no es el fuego del amor? ¿acaso no tenemos nosotros la misión de preparar los caminos del Señor por medio de nuestra unión con Aquel a quien llama el Apóstol Fuego devorador? (Heb. 12, 29) A su contacto nuestra alma se convertirá en una llama de amor, que se irá difundiendo en todos los miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia (Col. 1, 18). De este modo consolaremos al Corazón de nuestro Maestro, que podrá decir a su eterno Padre, señalándonos a nosotros con el dedo: En ellos he sido glorificado[3].

Que Santa Isabel nos obtenga esta gracia a todos los consagrados, especialmente a los miembros de nuestra Familia religiosa y que todos lleguemos a ser Santos en nuestra vocación, rezando mutuamente para alcanzar este gracia, como ella pedía en sus cartas: “¡oh, pide a nuestra madre Santa Teresa a quien desde pequeñita me enseñaste a amar, que sea una Carmelita Santa![4].

 En el Verbo Encarnado,

Hnas. Del Monasterio “Santa Isabel de la Trinidad”, Perú.

 

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[1] Carta a Germana de Gemeaux (20/08/1903), Recuerdos, p. 206.

[2] Carta a Alberto Chevignard (24/02/1903), Recuerdos, p. 196.

[3] Carta a Alberto Chevignard (24/02/1903), Recuerdos, p. 199.

[4] Carta a su Madre (06/08/1903), Recuerdos, p. 208.

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