A las 9 de la mañana del día 17 de septiembre, una fila de vehículos comenzó a desfilar por la entrada del Regimiento de Caballería 15 emplazado en la Cordillera de los Andes. Eran jóvenes venidos de distintas partes de Argentina y del extranjero: Salta, Tucumán, Entre Ríos, Santa Fe, Buenos Aires, Chile, Paraguay, etc. Vinieron hasta aquí para festejar de un modo distinto la semana del estudiante. Sumaron en total 451 jóvenes, entre ellos 48 voluntarios, y asistidos por más de 120 religiosos (entre sacerdotes, seminaristas y servidoras).

Fueron días que transformaron completamente el ambiente del campamento militar, los soldados recibieron con mucho respeto y alegría al grupo de jóvenes, pues apreciaban el bien que se les puede hacer. Algunos decían: “si me hubiera enterado antes, a mi hijo lo habría traído…”

Sin duda que cada campamento es diferente, pero este fue peculiar por algunos aspectos particulares: primero por las dificultades ocurridas al principio para su organización. Dos veces se rezó por treinta días a San José pidiéndole un lugar donde realizarlo, unas semanas antes nos obtuvo la gracia esperada, y el campamento pudo darse. Por otro lado, se añadió un día más, de esta manera se pudieron agregar a las actividades deportivas y recreativas charlas formativas, en las cuales se les habló del buen uso de los medios de comunicación, de la importancia de la pureza y de la correcta formación del carácter. Los jóvenes por su parte las recibieron con entusiasmo, pues el tiempo de las rondas de preguntas, siempre quedó superado.

Es imposible percibir completamente el bien que se les hace a estos jóvenes, pues no solo se les preserva de una semana del estudiante llena de peligros (por ejemplo, en la localidad de Moreno un joven fue asesinado, y 14 más heridos, durante los festejos de la llegada de la primavera en una “fiesta violenta” con drogas y armas) sino que se intenta ir más allá buscando que el joven dé una respuesta más profunda a los interrogantes de su vida; que se acerque y crezca en su vida de Fe. Gracias a Dios, que es quien mueve los corazones, fueron bastantes los jóvenes que se acercaron a los trece sacerdotes dispuestos para escuchar confesiones. Lo mismo se puede decir de las procesiones, donde se les vio participar de una manera devota y ordenada.

Son días muy diferentes para cada participante, un padre de familia comentaba: “Mi hijo está muy contento con las actividades, se la pasaba todo el día con el celular y la tablet, pero ahora ha experimentado una forma diferente de divertirse”.

En cuanto a las actividades deportivas, fue destacable el orden y la alegría con las que las encararon: los torneos deportivos, las competencias de obstáculos y las salidas a la montaña, en las cuales se aprendió a disfrutar de una manera diferente la belleza natural de los Andes; a ver detrás de la belleza de lo creado la bondad del Creador, para eso se celebró con la mayoría de los grupos la Eucaristía en la cima de la montaña.

Los jóvenes volvieron a sus casas felices, nosotros regresamos a nuestras actividades agradeciendo a Dios tantas gracias recibidas, pero sobre todo haber hecho vida durante cinco días más aquello que San Juan Bosco le recordaba a sus jóvenes: “Corran, salten, jueguen, griten, pero no ofendan a Dios”.

Seminarista Felipe Preciado

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