Por: Sem. Hernán Martínez, IVE

 

Decía el gran Padre Mascardi, sacerdote jesuita misionero de nuestras tierras patagónicas: “Se dirá, que me expongo a ser víctima de los bárbaros: ¡dichoso yo si lograra derramar mi sangre por Cristo! ¡Ojalá que mi sangre fecundara aquella tierra hasta ahora estéril! Esta no ha de producir cristianos, sin que sea regada con la sangre de los mártires. ¡Quiera Dios aceptar la mía para tan santo objeto!”. ¿Tierra Estéril? Suena algo extraño… pues echando un simple vistazo al paisaje no parece un hábitat descolorido: cerros y valles, ríos y lagunas, nieves y glaciares, vegetación abundante… Pero, en efecto, la tierra era estéril antes de la llegada de estos valientes varones revestidos de Cristo, que tal como relata nuestro padre citado, con su valentísima sangre regaron esas tierras y: ¡cuán fértil la hicieron! Pues: ¿quién podría negar que el agraciado campamento que hemos realizado no sea fruto de la sangre de los mártires? ¿Quién acaso podría negar que los frutos del campamento no son fruto de los infructuosos esfuerzos del Padre Laguna por evangelizar a los indios? Solo Dios sabe la respuesta exacta a cada uno de estos interrogantes. Lo que nosotros sí podemos saber es que el añorado deseo del P. Mascardi no ha quedado infecundo…

Es por esto, y mucho más, que queremos compartir con nuestra querida Familia Religiosa lo que fue el Campamento de Jóvenes 2020, realizado en San Martín de Los Andes desde el 15 al 24 de enero.

El viaje

Desde los días previos a la partida se venían alistando los “campamentistas”, que con gran alegría por reencontrar luego de un año a los religiosos iban cayendo de a grupitos. Aunque el grueso de jóvenes se hizo presente el día 15 de enero, día pactado para la partida, los jóvenes, provenientes de distintas provincias de la república Argentina (Mendoza, San Luís, Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, Salta, etc.), caían preparadísimos: mochilas grandes, bolsas de dormir, aislante, gorra, protector solar, etc… Los que ya tenían la experiencia de años anteriores además de traer los elementos nombrados agregaban una que otra “colchita” para combatir el frío. Digo experimentados a los jóvenes que llevan encima más de un campamento, los cuales no son pocos. De hecho, un joven que todos los años fielmente celebra su cumpleaños durante el campamento al llegar confesó: “¡Padre! éste es mi campamento número 14” Este número es sumando campamentos de niños, campamento del estudiante y campamento de jóvenes: asistencia perfecta desde los 7 años.

Para llevar a todos los participantes del campamento, que fueron alrededor de 80 chicos, hicieron falta dos vehículos del seminario (conocidos como la “ILI” y la “Lázaro”) y un colectivo de línea contratado. Cabe destacar aquí la gran generosidad con la que los choferes del colectivo se comportaron durante todo el viaje y la estadía en San Martín.

Por gracia de Dios llegamos sin ningún imprevisto al campamento el día 16 de enero cerca de las 11 horas, donde nos esperaban los seminaristas que habían partido algunos días antes para izar bandera en el campamento y disponer los lugares, este viaje se realizó en el glorioso y no menos ponderado “trueno”, insigne automotor que año tras año lleva todas las provisiones del campamento y de la convivencia de los seminaristas, además de carpas, máquinas y herramientas, etc.

El Campamento

La actividad comenzó a tomar forma cuando los jóvenes, ayudados por los religiosos, con gran entusiasmo comenzaron el armado de sus carpas: de todos los colores, grandes y chicas, de cuatro, cinco o hasta seis personas, que logran en contraste con el precioso paisaje un panorama esperanzador.

Para la mayor cantidad de los jóvenes que participaron no era la primera vez que lo realizaban, en más de un caso era la tercera o cuarta vez. Esto ayuda a la vez que facilita el desenvolvimiento de las actividades, pues ya comprenden el fin de cada una de ellas. Cada vez que sonaba el imperium (el silbato) los participantes se dirigían fluidamente hasta éste, sea para el trabajo, las competencias, almuerzo o cena.

Al escucharse el primer chillido del imperium, comenzó propiamente el campamento. Primero, se les dijo a los chicos quiénes iban a ser los patronos de cada equipo, y no fueron nada más ni nada menos que algunos padres jesuitas misioneros de nuestras tierras patagónicas: el romano Padre Nicolás Mascardi, el esforzado P. Felipe Laguna, el madrileño P. Diego de Rosales y el no menos importante P. Juan José Guillelmo. Al escuchar estos nombres, desconocidos para muchos de estos jóvenes, no les dejaba de asombrar el hecho de que hacía ya un par de siglos, quién sabe, estos egregios sacerdotes habrían caminado por donde ahora ellos estaban parados.

Las competencias fueron las que siempre suelen realizarse con intrínseca eficacia:

  • La velocidad en formarse al escuchar el imperium. Aquí los jóvenes deben realmente vencerse, pues, la primera formación de la mañana que exige salir de la carpa, vencer el sueño, el frío es la que más punto trae consigo. Aun cuando la escarcha está presente en el césped los más valientes corren descalzos a la formación;
  • los trabajos por la mañana luego de la celebración de la Santa Misa, estos consisten en el armado del muelle, ayuda en la cocina, fabricación y producción estética de los baños, buscar y acomodar la leña, armar algún toldito para los cocineros y el servicio, y cualquiera otra labor que se vaya presentando o que se le ocurra al encargado de trabajo;
  • las competencias deportivas, entre ellas las más destacadas y esperadas son: los juegos nocturnos (“guerra de barcos”, “cacería del ciervo” x2), la grandiosa “guerra de banderas”, que deja impresionado a todo el que la ve y la juega, de hecho, algunos jóvenes afirmaban sobre este juego “Padre, podríamos levantarnos en la mañana, tener la misa y jugar todo el día a este juego”. En definitiva son abundantes, alegres, y no deja de llamar la atención el hecho de que aunque los jóvenes compitan aguerridamente cada una de las actividades nunca se sobrepone el desenfreno por ganar, sino que se impone la sana competitividad, fruto y escuela de virtudes.
  • las competencias culturales, diferenciada para grandes y chicos, es esta en la que más puntos se obtienen. Para este año los menores de 15 años estudiaron los misterios del Santo Rosario según los Santos Evangelios y a los mayores les tocó estudiar las virtudes y hábitos (tema del cual trataron todas las prédicas). Además, dos participantes de cada equipo debían presentar la vida de su patrono, evaluándose el buen desenvolvimiento y la claridad en la exposición.

Está de más remarcar que todas estas actividades intentan forjar jóvenes virtuosos, que no sólo sean buenos deportistas, sino que la formación sea, como muchas veces hemos escuchado, “integral”, es decir que forme al joven en el ámbito espiritual (Santa Misa, Rosario, Adoración, confesiones), intelectual, deportivo y comunitario. Para que el joven no sea “absorbido” por el mundo.

         La montaña

Forjar virtudes no es una tarea fácil, pero hay una actividad dentro del campamento que es especial para tal finalidad. Y esta es la subida a la montaña.

En esta oportunidad subimos un cerro cercano al campamento al que los seminaristas apodaron “el cerro Frasatti”; que para llegar a la cumbre y regresar tuvimos que peregrinar durante 12 horas.

Decíamos que esta actividad forja virtudes y esto es evidente en el camino, pues los jóvenes paso a paso deben vencer el cansancio que los agobia y que de a ratos va aumentando, especialmente en los que por primera vez ascendían a la montaña. Luego ellos mismos se dan cuenta de que un gran esfuerzo trae consigo una gran recompensa…y ¡qué recompensa!, nada más y nada menos que la Santa Misa en la cumbre; en la cumbre se olvida todo dolor y cansancio, el alma solo tiene espacio a la contemplación al verse invadida por tal inmensidad y es aquí donde el joven comprende que vale la pena esforzarse, es aquí donde uno les puede enseñar que en la vida también hay que esforzarse para llevar a cabo la vocación a la que hemos sido llamados, es necesario pues vencerse a sí mismo, es necesario ser valiente, pues la recompensa es inmensa, es la paz del alma.

         Algunos testimonios

Decíamos al principio que el añorado deseo del Padre Mascardi no ha quedado infecundo, pues nadie puede negar que la sangre de los mártires sea semilla de los frutos que nosotros ahora recogemos, por eso les traemos algunos testimonios, o como solemos decir, algunos frutos visibles, sabiendo que los invisibles son más y aun mejores:

  • Durante el campamento un joven de San Rafael realizó con gran alegría su primera confesión y recibió la primera comunión, hecho que impactó a más de un campamentista; también se pudo constatar que casi todos los jóvenes volvieron a estar en gracia luego de una buena confesión, además de que muchos se acercaron a hablar con los sacerdotes. Un joven afirmó: “El principal motivo por el que año tras año vengo al campamento es para hablar con los padres”.
  • Al finalizar el campamento la familia de dos hermanos que habían participado se acercaron al seminario para preguntar cómo podían hacer para que sus hijos mantuvieran el mismo modo de actuar con el que habían llegado, pues ahora los notaban más serviciales, ya no les costaba la levantada, y lo más asombroso para los padres: pidieron ir a misa el domingo.
  • Muchas madres, preocupadas por el comportamiento de sus hijos antes del campamento, ahora comentaban que notaban una gran alegría y disposición hacia el bien en ellos. Por lo que agradecían el sacrificio que trae consigo el “cargarse a la muchachada al hombro”.

         Damos infinitas gracias a Dios, que en su Divina Providencia nos permite realizar estos campamentos que año tras año tanto bien traen a las almas. ¡Cuántos bienes espirituales Dios derramará en esas almas en cada misa, en cada confesión, en cada charla, cada vez que los jóvenes hablan con los religiosos!¡Cuántas buenas amistades cada joven puede encontrar! Inimaginables también son las gracias que Dios obsequia a cada religioso para poder llevar a cabo esta actividad.

         Esperamos, con la intercesión de María Santísima, Madre y Protectora de todos estos jóvenes, con la intercesión de la sangre de los mártires que dieron su vida como testimonio de la fe en nuestras tierras, que la semilla sembrada en estas pequeñas almas no quede infecunda, sino que de abundantes frutos de santidad. Para que cuando regrese Jesucristo nos diga lo que al servidor bueno de la parábola de los talentos: “Por haber sido fiel en lo poco recibe aun más de lo que tienes y entra a gozar en el gozo de tu Señor”

¡Viva la Virgen Santísima!

Sem. Hernán Martínez