Probablemente nunca nos hemos dado cuenta, pero la ropa tiene un gran significado en la historia de la salvación. Sabemos que Adán y Eva estaban “desnudos sin vergüenza” (Gen 2, 25) en el paraíso antes del pecado original, pero después de haber pecado se hicieron algún tipo de cobijo con hojas de higo: sea lo que sea, la Biblia repudia llamarlo vestimenta o  ropa y en cambio lo llama más bien “trapo” o “cobertura”: es decir, algo indigno e imperfecto (חֲגוֹר).[1] Mientras Dios “caminaba en el jardín en la fresca noche”, (Gen 3, 8) se encontró con el par, escondido entre los árboles. Cuando salen de entre los árboles, Él les declara cuál será su destino, y antes de expulsarlos del jardín les hace ropa hecha de piel de animal. Aquí la palabra que usa la Escritura es diferente (כֻּתֹּ֫נֶת): Dios les hace “ropa” verdadera, prenda de vestir.[2] Es lo primero que hace Dios después de haberles hablado: hace ropa y los cubre. Adán y Eva habían quedado completamente incapaces de cubrirse y protegerse a sí mismos; sin embargo, Dios les provee algo apto.

Imaginémonos ese momento en el jardín: esa noche quieta y fresca, la primera noche desde que el mundo dejó de ser perfecto; Dios, parado cara a cara frente a sus hijos pecadores, les hizo ropa para que estuvieran cubiertos al salir del jardín y pudieran comenzar a caminar por las vías rudas del mundo en retorno a Él.  Es como si les hubiese dicho: “Hijitos míos, vosotros no podéis proveeros con lo que necesitan. Dejadme os cubro para el viaje que os espera”. Adán y Eva ya no pueden ver a Dios caminando por el jardín, pero por lo menos esa ropa será una constante recuerdo de su protección. Se puede decir que en ese momento en el jardín, Dios mismo realizo la primera “imposición de hábitos”, y que, además de significar el morir a un modo viejo de vivir, esa afirmación del amor de Dios los llevaría a sentir lo que Isaías el profeta dijo años después: “En gran manera me gozaré en el Señor, mi alma se alegrará en mi Dios; porque me vistió con vestiduras de salvación, me rodeó de manto de justicia” (Is 61, 10).

Mañana, así como se ha dado en millares de imposiciones de hábitos por los siglos, este momento se ha de repetir. Si bien no veremos a Dios caminando por el jardín, allí en la cripta del Santuario Nacional, El dirá a sus hijos e hijas, quienes, como descendientes de Adán son pecadores, estas palabras: “Mis niños, ustedes no pueden procurarse lo que necesitan. Venid, os cubriré para el camino que os espera.” Este camino, esta aventura es la avenida de sus vocaciones, la cual los llevara por toda la faz de la tierra. Sus hábitos sirven de recuerdo constante del Dios que los llamó aparte en primer lugar, y de su Hijo, a quien ha mandado el Padre, vestido en la naturaleza humana, para podernos salvar.  También para los novicios es un tiempo de muerte; han de morir a sí mismos y así plena y completamente vivir para Cristo.

En un mundo que se obsesiona por las nuevas modas y todo lo que es visible, un mundo que rechaza reconocer a Dios, el hábito religioso a todos les recuerda de Dios, aunque no quieran pensar en Él. A veces esto enoja a la gente; el orgullo fue la causa del pecado de nuestros primeros padres, y continúa siendo un pecado “popular”. No obstante, el hábito también trae gente a Dios, y más de lo que solemos pensar. En sus entrañas, reconocen que por sí mismos no pueden proveerse con todo lo que necesitan, y ponen los ojos en uno a quien Dios ha vestido en su Misericordia.[3]

Dicho esto entonces, la imposición del hábito en verdad no se trata de nosotros; se trata de un Dios que nos viste, que nos aparta del mundo y nos llama a su servicio. A Él le debemos el amar nuestro hábito, y sobre todo, el amarlo a Él. Se trata de un Dios que llama a sus hijos e hijas a volver a Él de nuevo y que nos viste con las gracias que necesitamos para ser “otra Encarnación de Cristo”.

Pidamos pues, por la intercesión de María, la Virgen de Luján, la Inmaculada Concepción, la gracia de amar nuestro hábito como si fuese nuestra segunda piel, y la gracia de perseverar en nuestra vocación hasta el fin.

P. Nathaniel Dreyer, IVE

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[1] Gen 3:7. Cf. Strong’s Exhaustive Concordance: “apron, armor, girdle.”( Español: delantal, armadura) En Griego, περιζώματα.

[2] Gen 3:21. Cf. Strong’s Exhaustive Concordance: “coat, garment, or robe.” (En Español: abrigo, vestido, ropa). En Griego, χιτῶνας, la misma palabra usada en Jn 19,23 expresando la túnica sin costura de Cristo.

[3] Las palabras magnificas de Fulton Sheen en respecto a Cristo se aplican con belleza al hábito: “Cristo es siempre la piedra de tropiezo, el Frustrante, el Estorbador… la figura de la piedra de tropiezo no está en Él sino en nosotros. Dos hombre van a oír una orquestra: uno tiene un buen oído, y el otro no oye más que ruido. El concierto es igual para los dos; la diferencia está en el que escucha. (Those Mysterious Priests, 282.) Traducción propia.

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