Por: Hermanas del Monasterio Santa Edith Stein

 

La Familia Antonio y nuestro monasterio

Conocimos a la familia Antonio en la primavera del año 1999, el primer contacto fue con Paula (esposa de Ed) y dos de sus nietos (Edy y Gabriela) que paseaban cerca del jardín del monasterio, los saludamos y dimos dulces a los niños y desde ese momento comenzaron a frecuentar y a brindar su ayuda al monasterio.

Nuestro trato con ellos, particularmente con Ed y Paula, fue siempre muy cercano, llegando a considerarlos como parte de nuestra familia, hasta tal punto que fueron para nosotras -especialmente las hermanas que no éramos americanas- nuestros “papas americanos”, como solíamos llamarlos.

Su ayuda era incondicional, siempre sabíamos que podíamos contar con ellos porque siempre estaban disponibles para todo lo que necesitábamos, desde las cosas más pequeñas hasta las mas grandes y difíciles de conseguir. Es de destacar que estuvieron haciendo las compras mensuales del monasterio desde el ano 1999 hasta el día de la fecha, llegando cada mes con toda la mercadería que les encargábamos ¡y siempre con más de lo que les pedíamos!

No solo nos ayudaban ellos, sino que a todos sus conocidos les contaban de nosotras y trataban de conseguirnos bienhechores.

Semblanza del señor Edward Antonio

Ed nació en Brooklyn Nueva York, el 4 de septiembre de 1940, casado durante 60 años con Paula Dalton, de su matrimonio nacieron Edward Joseph  II y Lynne.

Ed Antonio murió a causa del COVID-19 el 14 de abril de 2020.

Esa misma noche más de 60 de sus atentos vecinos de Bell Harbour rindieron homenaje a su amabilidad con una ceremonia a la luz de las velas. Como gran final, un vecino cantó «How Great Thou Art” (Qué Grande Eres, -es un himno cristiano muy lindo y popular, acá en USA lo cantan mucho en las Misas) en honor de Ed.

Sus virtudes

Nos enseña el Catecismo de la Iglesia que “La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas”.[1]

“Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien”.[2]

Su bondad era genuina y totalmente desinteresada, le gustaba hacer el bien, pero siempre pasar en el anonimato; y aunque era una persona muy afable, en el momento de hacer el bien a alguien, no solía decir muchas palabras, sino que actuaba con mucha discreción.

Si tuviéramos que comparar su persona con algún personaje del evangelio tal vez la figura de San José es la más cercana, el al igual que San José, sabía proveer a las necesidades de los demás sin decir palabras, porque eran sus obras las que hablaban por él.

Su bondad se destaca también hasta en detalles, por ejemplo, se conmovía fácilmente ante el sufrimiento de los demás, tenía lo que se dice en el lenguaje común “un corazón de oro”.

Buscaba también alegrar a los demás, ejemplo de esto es como cada año se disfrazaba de Papá Noel y venía al monasterio con sus bolsas de regalos para todas las hermanas.

Su generosidad era incondicional y universal, es decir estaba dispuesto a dar siempre y a todo el mundo sin distinciones, por eso tenía también incontables amigos.

Amor a Dios y al prójimo

Consideramos su amor al prójimo no una simple filantropía, sino un auténtico amor a Dios que lo llevaba también a amar al prójimo, y estamos convencidas de que no nos ayudaba a nosotras sino al mismo Jesús en sus esposas.

Durante los 21 años que lo tratamos, no lo vimos jamás enojado por tener que ayudarnos, molesto por algo que le hayamos pedido, o incluso darnos algo de mal modo, o mezquinamente. Ninguna filantropía podría sustituir la auténtica y hermosa virtud de la caridad, que como tiene su raíz en el amor a Dios, participa en cierto modo de la inmutabilidad y fortaleza divinas.

Conclusión:

A modo de conclusión, vaya nuestro homenaje, nuestro más sincero agradecimiento y despedida a quien supo ganarse nuestro cariño y afecto filial.

Su memoria quedará impresa en la historia de nuestro monasterio y en nuestras almas.

Querido Ed, un último pedido para no perder la costumbre y porque sabemos que ahora que estás más cerca de Dios te será más fácil obtenerlo, pídele a Jesús y a María por nosotras, para que seamos las esposas de Jesús que debemos ser, y para que podamos seguir tu ejemplo de entrega y amor desinteresado dando una luz de esperanza a este mundo tan materialista y egoísta que se ha olvidado de Dios y del prójimo.

Hermanas del Monasterio Santa Edith Stein

[1] Catecismo Iglesia 1803

[2] Catecismo de la Iglesia, 1804

Ed y Paula - La Familia Antonio y nuestro monasterio