Como ya comentamos brevemente en reenvíos, hemos estado ayudando a los damnificados por el terremoto, del pasado 17 de abril en Ecuador. Queremos contarles lo que pudimos hacer y las gracias que recibimos ayudando a estas personas.

Creo que el título de esta crónica fue lo que nos alentó a seguir adelante durante estos días de misión. Ya que la situación era más que triste en todas las zonas que estuvimos. Y sentíamos una constante impotencia humana, de que era muy poco lo que se podría llegar a hacer.ayuda-a-damnificados-en-el-terremoto-de-ecuador (6)

Llegamos a Portoviejo, capital de la provincia de Manabí. Allí habíamos podido contactar a un sacerdote que nos recibiría, y nos indicaría las necesidades más urgentes de la diócesis para poder ayudar.

Durante los días que estuvimos, un grupo se quedó en Portoviejo, la zona más poblada, por ser la capital y una ciudad grande. Pero, no tan destruida como la ciudad del epicentro y las que la rodeaban. Allí, un grupo de hermanas y un sacerdote, pudieron asistir espiritualmente a todas las personas que se encontraban en los refugios, todos ellos habían perdido casa y algunos familiares. Pudieron conversar con ellos, invitar a las confesiones, celebrar la santa Misa en los diversos albergues y detectar las diversas necesidades materiales, para informar a caritas que se estaba encargando de distribuir la ayuda que llegaba.

Esto último lo pudimos hacer con un grupo de jóvenes muy generosos. Lo que nos permitió hacer un doble apostolado. Con la gente, y con estos chicos con los que compartíamos casi todo el día.

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El otro grupo de religiosos, una vez que pudimos contactar a los sacerdotes, se fue a Pedernales, donde fue el epicentro del terremoto. Allí la realidad era más trágica, tanto que, al llegar a la ciudad, uno necesitaba unos diez minutos para “reponerse”, pues estaba todo absolutamente devastado, todavía quedaban cadáveres bajo los escombros, etc.

Allí los misioneros, como toda la gente del pueblo, tuvieron que dormir en carpa, ya que no habían quedado casas aptas para habitar.

Se dio atención espiritual a muchas zonas, albergues, barrios. Visitando casas, celebrando misas en los barrios, confesando, etc. La gente aún estaba muy asustada, necesitada de consuelo y sobre todo de Dios.

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Son muchas las historias de la noche posterior al terremoto, que fue desoladora, ya que nadie fue a socorrer la zona. La gente rescataba como podía a sus familiares que habían quedado bajo los escombros, muchos, ante la desesperación utilizaron máquinas retroexcavadoras, lo que produjo más muertes. Tenían que recoger solos a sus difuntos y llevarlos a sus casas, para velarlos cada uno a los suyos, ya que todos tenían uno o más familiares fallecidos. Personas que han perdido a todos sus familiares, casa, trabajo, no les queda nada. Muchos de ellos agradecían a Dios por haber quedado con vida, que por ser lo único que les quedaba, lo valoraban mejor, estos testimonios nos edificaban grandemente y eran pocas las palabras con las cuales podíamos confortarlos; pero la sola presencia del misionero y la disposición a escucharlos era para ellos un signo de que Dios no los había abandonado.

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Agradecemos a Dios por haber podido dar esta ayuda a tantas almas, sobre todo en este año de la Misericordia. Según nos contaron la zona más afectada era una zona de fuerte corrupción, considerando muchos el terremoto un castigo divino. Por eso, fue muy oportuno para predicar de la Misericordia de Dios con las palabras y con el ejemplo, invitando a la conversión. Agradecemos, sobre todo por haber podido ayudar con “esa gota” que para nosotros no dejaron de ser grandes gracias.

En Cristo y María,
M, Ascensión, SSVM


Institute of the Incarnate Word, IVE.

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