Por: P. Diego Cano, IVE.

 

Ushetu, Tanzania, 15 de marzo 2020

Nos quedaba todavía hacer otra salida con los voluntarios, especialmente con las dos jóvenes que no había podido llevar en la salida anterior a Nyasa. Habíamos pensado en llevarlos a los lugares de más difícil acceso, para que puedan tener una idea de lo que significa llegar a las aldeas más apartadas. Creo que fue más que suficiente esta salida de las que les cuento ahora. Tuvimos más aventura de la que esperábamos. Durante la noche estuvo lloviendo, y amaneció lloviendo, por lo cual les decía a los voluntarios que no sabíamos si íbamos a poder pasar en la zona del río, que está muy mala, y que tiene un puente que no es suficiente para toda el agua, y el agua pasa por los costados del puente rompiendo el camino.

Nos preparamos como para quedarnos una noche allá, salimos el sábado de mañana para provechar todo ese día lo más posible. Nos dirigimos a Mazirayo, a unos 35 km de distancia. Llevábamos pintura para pintar la pequeña capilla, y ése era el trabajo que trataríamos de hacer con los voluntarios. También venía con nosotros el hermano Petro, que es de Mazirayo y además es un especialista en juegos con los niños. Mientras los voluntarios trabajaran, el hermano Petro jugaría con los pequeños. El viaje se comenzó a presentar complicado en diversas partes del camino que debimos pasar grandes charcos de agua, algunos bastante profundos. Al llegar al río esperamos un poco para ver por dónde pasar, «saltando» entre muchas piedras con la camioneta, con barro muy chirle, agua turbia que no nos permitía ver cuál era la parte mejor. Pero pudimos pasar. Un poco más adelante, nos encontramos con una larga extensión inundada, y no podíamos saber por dónde era conveniente cruzar. Justo detrás nuestro llegó otro vehículo, y nosotros gentilmente les dejamos que pasen adelante… luego seguimos el camino que ellos hicieron. Pero de todas formas el agua llegó a cubrir el capot del auto… y nos aventuramos a eso mientras rezábamos un Avemaría. Para arribar a Mazirayo tuvimos que dar una vuelta grande, porque el camino más corto, que usamos siempre, se había convertido en un arroyo.

Al llegar a Mazirayo lo primero que hicimos fue tener la Santa Misa, y después, al trabajo. Los jóvenes del lugar estuvieron ayudándonos todo el tiempo. Hay un grupo muy lindo, de unos veinte jóvenes. En esta aldea hemos podido construir una casa para misioneros, con la finalidad de poder quedarnos, ya que el viaje es largo, y sobre todo en ésta época de lluvias es complicado. Aprovechamos la casa, que tiene por patrono a otro gran misionero: San José Gabriel Brochero. Hay un cuadrito con su imagen, montado en su mula, junto a la puerta de entrada, en el lado exterior. La gente estaba muy contenta de ver tantas visitas, y los recibieron con gran alegría. Los niños estaban más que felices de ver al hermano Petro, que estuvo todo el día con ellos, incansablemente. Lo tuvimos que llamar varias veces para que venga a almorzar.

A la tardecita, mientras los voluntarios seguían en el trabajo con los jóvenes, hicimos una procesión con los niños, rezando el rosario. Sobre todo para hacer apostolado, ya que es un lugar donde la gran mayoría de los habitantes son paganos. Fue muy hermoso ir rezando el rosario por entre las casitas de barro y techos de paja al atardecer. Los niños impresionaban con su piedad, con las manos juntas, cantando y rezando muy fuerte, y sin jugar entre ellos. Después de recibir un caramelo, se fueron todos a sus casas. Entonces, como todavía quedaba algo de luz, lo invité al hermano Petro a que fuéramos a caminar un poco por la calle central del poblado, y de esta manera predicar con nuestro hábito, como lo hizo San Francisco y otro hermano. Esta gente no está acostumbrada a ver al religioso, aunque ya saben de qué se trata, y sobre todo que lo conocen a Petro, que es de allí mismo. Caminamos saludando a diestra y siniestra. Fue muy lindo. Todo el mundo habla sukuma. Hicimos un camino de ida, y otro al regresar, y caminábamos entre las casitas, desde donde salían los saludos. Una anciana ciega nos identificó a la distancia… me imagino que habrá sido por mi swahili o sukuma, y se puso feliz de saber que estábamos pasando.

Al día siguiente era domingo, así que yo aprovechaba para confesar, y luego la misa dominical. Al terminar la misa, tratar de terminar los trabajos, porque debíamos regresarnos. Luego del almuerzo fui a ver un enfermo, y en el camino veíamos cómo empezaba a levantarse una tormenta enorme, nubes gigantes y negras. Apuramos el paso al regreso, y pensamos que mejor sería irnos inmediatamente, ya que si se desataba un aguacero, probablemente no podríamos pasar el río. Salimos al ratito, y la tormenta ni nos llegó… pensamos en que habíamos escapado inútilmente. Sin embargo no fue así, y Dios en verdad nos inspiró, primero porque en uno de los grandes charcos la camioneta se paró, pero luego e un par de «Acordaos», arrancó y salimos, para alegría de todos. Y en segundo lugar, al llegar al puente, vimos que un camión que venía en sentido contrario, se había quedado empantanado. Imposible pasar, si no salía el camión que cerraba el camino.

Primero nos pidieron prestado el gato mecánico, luego yo les ofrecí una cinta para tirar vehículos, pero no sabíamos si la camioneta iba a poder ayudar, ya que se trataba de un camión, modelo «segunda guerra mundial». Ellos trabajaron un rato, levantando una de las ruedas que estaba más enterrada, con ayuda del gato (jack tool). Intentamos una primera vez de jalar con la camioneta, y no se pudo. Levantaron un poco más la rueda enterrada, y en un segundo intento, ¡pudimos ayudar a sacar el camión! Una alegría para todos. Luego de salir del hoyo, le dejamos cancha libre para que pueda tomar carrera y subir la cuesta enlodada hasta el puente. También lo logró… y esto nos alivió a todos. Ellos súper agradecidos por la ayuda, nosotros contentos de poder ayudar. Y contentos de poder seguir viaje, a buen tiempo. Que si hubiéramos llegado allí más tarde, seguro que nos agarraba la noche, en un lugar muy complicado, lleno de agua y barro, sin luz, y al descampado en medio de la nada. Fue una buena ventura… y creo que los voluntarios gustaron bien de cerca el trabajo misionero, el agua, los charcos, el barro, y la alegría de llegar a los lugares más lejanos y pobres, rezar misa y rosarios, ver cómo crece la fe en estas partes. La capillita cambió la cara totalmente… y la gente siempre estará agradecida a estos jóvenes.

¡Firmes en la brecha!

P. Diego Cano, IVE.