No todos hablamos cien lenguas como San Francisco Xavier –según hiperbólicamente dice un gran hagiógrafo suyo, el Padre García-. Por eso, generalmente el misionero debe aprender idiomas. A veces, estos idiomas son “extraños” o tienen fama de demasiado difíciles o aun de imposibles. Uno de ellos es el chino mandarín. Valga lo dicho para comenzar esta crónica, que me pidieron escriba, acerca de la cinco veces milenaria lengua del Imperio Celeste, que no es sino, a su vez, la lengua más hablada del orbe.

Podría contar muchas cosas sobre el chino, pero me referiré solo a un aspecto: su presunta gran dificultad. El fin de estas líneas es mostrar que el chino es mucho menos difícil de lo que piensa la mayoría de las personas. Para muchos, todo lo muy díficil es “chino básico”.

De hecho, muchas veces hay miedo a la lengua china. Ahora bien, pienso que este miedo es bastante irracional. Si bien el chino presenta algunas dificultades innegables, me parece que el excesivo miedo a esta lengua no es sustentable en motivos objetivos sino que es producto de la imaginación, impresionada por la enorme diferencia cultural que nos separa del Extremo Oriente.

El chino es mucho menos difícil de lo que se piensa. Podría justificar esta proposición apoyándome en argumentos gramaticales y estrictamente linguísticos, mas esto lo hará el Padre Pablo en una futura crónica. Yo voy a basarme en algo más subjetivo: mi experiencia personal.

Cuando los Superiores me propusieron venir a misionar a Taiwán, me dijeron que antes debía someterme a una “prueba de tonos”, es decir, a una especie de examen de oído musical. Me dijeron que si no pasaba esa áspera instancia, el sueño de la aventura oriental debería archivarlo “in aeternum”. El motivo de tal “presión” era que el chino tiene 5 tonos, lo cual en teoría exigiría tener un gran oído[1]. De hecho, siempre me dijeron que no puedo cantar ni el “Feliz Cumpleaños”. Ahora bien, si bien los que alguna vez pertenecieron al coro, vienen al Oriente con cierta ventaja, no es esencial tener un gran oído para aprender el chino, como tampoco es imprescindible tener menos de 30 años. Las profesoras nativas me dijeron que el chino se puede aprender a cualquier edad. De hecho, un compañero nuestro tenía unos 70 años. Fin del comentario, sigo con el relato.

Si bien mi canto es pésimo, al final me dispensaron de la prueba ya que les dije a los Superiores que hace varios años unos seminaristas del coro me habían dicho que tengo oído (pues había repetido bien las notas). La dispensa fue un alivio, pero la paz duró poco porque cuando llegué a Taiwán, al segundo día, alguien me dijo que si no aprendía bien los tonos, ¡me debía hacer el bolso y volver! Y “un bolso se hace en diez minutos”, como decía mi Maestro de Novicios… Hasta acá “los temores” y los “tabúes”. Ahora, les cuento lo que pasó…

Chino - Instituto del Verbo Encarnado

A los 13 días de haber empezado el curso de chino, ya armaba frases y los chinos elogiaban mucho mi progreso. A los 20 días, empecé a aprender a decir la Misa en chino. Al mes, ya estaba conversando en chino en el apostolado y unos paganos me escuchaban contentos cuando les explicaba que le pueden rezar a la Virgen y que ella los va ayudar. Al mes y medio, celebraba buena parte de la Misa en chino. A los dos meses, estuve una hora y media hablando en chino sin ver ni un libro. A los tres meses, ya hacía las compras y conversaba bastante con los feligreses, las profesoras, los niños del catecismo y los vecinos. A los 4 meses, prediqué en chino y empecé a escribir composiciones en chino.

Si bien no canto victoria pues hace poco empecé, el chino avanza bien gracias a Dios, gracias a las oraciones del Monacato y al aliento de mi Superior, que me exhorta a a ser desinhibido (o “caradura”) en lo que respecta al uso del chino –¡esta “desfachatez” es una gran ayuda!-. Este fin de semana y el anterior, celebré y prediqué la Misa dominical en chino en tres Parroquias que tiene a cargo el Instituto. Todos me entendieron. Los sermones los hice basándome en la Catena Aurea, explicando el Evangelio. Tanto para el Evangelio como para el sermón no usé sistemas fonéticos sino que leí directamente los caracteres, salvo unos pocos que aun no sé bien. Muchos feligreses me elogiaron los progresos en el chino.

Aun me falta mucho – el otro día, en una reunión de clero, las ponencias me parecían inextricables-. De hecho, son cinco libros y recién voy por el tercero. De todos modos, ya estoy escribiendo, incluso algunos sermones. Gracias a Dios tengo una profesora de literatura china que me corrige mis escritos y me alienta a escribir en chino.

Debemos estudiar dos años de chino. Pero, no se imaginen que son dos años de silencio o de encierro claustral. En mi experiencia, de algún modo o de otro, estoy hablando casi desde que llegué a estas tierras. Cada vez hablo más. Primero, solo el saludo, ahora les predico el sermón, los visito y tengo varias conversaciones. Y no son solo conversaciones sueltas sino que a menudo nos tocan apostolados, como ser éstos: el P. Pablo viajó a Honk Kong con la Legión, con él hicimos reuniones con jóvenes taiwaneses, hacemos salidas, peregrinaciones y apostolado en el Oratorio. A veces nos piden confesión, pero, si bien nos morimos de ganas, esto aun no lo estamos haciendo. Ya vendrá.

En suma, al menos en nuestro caso, el chino no solo es posible, sino que es una experiencia gozosa, fecunda y apasionante. El chino no es imposible ni mucho menos. ¡Es muy accesible!

Nos encomendamos a sus oraciones para que aprendamos lo mejor posible el chino, y así logremos que que las almas de los infieles se acerquen a oír al Dios Trino que quiere enseñarles lo mas importante, lo cual es una enseñanza que se transmite, mas que con letras o tonos, con ese lenguaje inefable y celestial solo el Espíritu Santo sabe usar en el interior de cada alma.

P. Federico

Misionero en Extremo Oriente

[1] El chino funciona a base de tonos. Un mismo sonido cambia radicalmente de significado si se cambia el tono. El tema de los tonos no es chiste. Si, por ejemplo, un predicador yerra los tonos, puede -sin querer- decir insultos en el sermón. La inmensa mayoría de los sonidos chinos no existen en español y, por eso, uno debe asimilar nuevos hábitos sonoros, aunque no en un tono, sino en cinco. He aquí, que son solo aproximadas (y a veces muy lejanas) todas las “romanizaciones”, es decir, los intentos de escribir palabras chinas con letras latinas.

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