Por: P. Joaquín Vicente, IVE

 

Despidiendo a quien nos recibía…

Como una manera de agradecer, principalmente a Dios, por un don muy preciado y necesario en nuestros días, escribo conmemorando la vida y partida de este mundo de un gran amigo y miembro de nuestra familia religiosa. Este don de Dios ha sido justamente su vida entregada y plena de actos de caridad, y también el ejemplo de fortaleza y fe que fueron sus últimas horas en este mundo. El 1 de abril partía con la confianza puesta en Dios, don Alejandro Ángel Torres Salas, “el Ale”, miembro chileno de nuestra Tercera Orden, fiel de la parroquia Nuestra Señora del Huerto, cristiano fiel a su bautismo. Siempre fue de ayudar a los que lo necesitan, y colaboró con varias comunidades religiosas, y particularmente con el Instituto, al acercarse a nuestra Parroquia Ntra Sra del Huerto hace ya unos 15 años.

Narro brevemente lo que pude vivir junto a él, especialmente sus últimos tiempos, para gloria de Dios y difusión de su testimonio, considerándome indigno realmente de haber compartido esos momentos, sabiendo que tantos otros sacerdotes que han vivido varios años recibiendo de la caridad y ejemplo de Alejandro, hubiesen estado deseosos de poder retribuirle tantos beneficios, mediante la asistencia ministerial y la compañía.
Recibido por él y su esposa María ya desde novicio, hace pocos meses me ha tocado volver a Chile, y hacerles a Alejandro y familia de párroco. Avisado de su última convalecencia, pude asistirlo y despedirlo. Esto ya fue gran regalo de la Providencia, pues por la situación actual de cuarentena, todo apuntaba a que no podría ni ingresar a la comuna donde se encontraba la clínica que lo atendía, incluso luego de consultar a las autoridades. Personal sanitario que lo conocía desde años, por sus tratamientos oncológicos, y que supo apreciarlo, y las gestiones de sus hijos (Alejandro, Juan Carlos y Katherine), pudieron hacer que tenga las autorizaciones para ingresar. Pude administrarle los sacramentos y rezar con él y sus hijos. Lo vi con enorme entereza, soportando los dolores, despidiéndose de su esposa a la distancia (mediante videollamada), pedirle perdón por todo y decirle que la amaba. Lo mismo respecto de sus hijos, todos presentes. Se fue sereno y en sueño, como él mismo se lo pidió a Dios durante su agonía. También cumpliendo un deseo de su hija, que quería aquello como un signo de que se encontraba ya con Dios, se fue también con una sonrisa en el rostro. “Así conozco gracias a él también que el Cielo de verdad existe”, dijo ella en el entierro de su papá. A mi particularmente me dejó como mensaje «Saludo a los chiquillos y a todos en el Huerto», en lo cual también comprendo a todos los miembros de nuestra familia. Despidiéndome le di gracias por todo, y me dijo «No hay de qué, para mí siempre una alegría estar al lado de ustedes». Palabras dignas de un terciario y amigo, que describen lo que fue en vida para nosotros, por supuesto para su esposa, para sus hijos, para todos que recibieron de su caridad; «al lado de ustedes». Un estar “al lado” no pasivo, sino lleno de obras de caridad y sacrificios, compartiendo de todo; los gozos y las penas de nuestra Familia Religiosa, y de cada miembro.

Después de aquella visita, durante la madrugada del martes, me preguntaba por medio de su hija “Porqué el Señor no se lo llevaba todavía”. Le alenté a simplemente vivir la Pasión de Cristo, y a considerarse un elegido por el Señor para eso, y que simplemente se ofrezca generosamente. “Dice que sí”, me transmitió Katherine. Ella misma cuenta: “Veo a Jesucristo en dolor de mi papá, sus dolores, pedir piedad a Dios por su alma, rezar”. También, “se nos adelantó la semana santa”, decía.

Finalmente, sus últimas palabras fueron, con fuerte voz “Que Grande y maravillo eres Dios mío ¡Gracias Señor por venir a buscarme!”.

Acerca de él escribe el p. Gonzalo Gelonch, uno de los más grandes beneficiarios de ese “al lado de ustedes”: “Alejandro Torres es un cristiano ejemplar por muchas cosas (constructor de iglesias, conventos; trabajador ejemplar por lo honesto y disciplinado; sacrificado padre de familia y es-poso fiel en las buenas y en las malas; colaborador y bienhechor de muchas congregaciones religiosas; etc). Pero creo que se destacan en él dos cosas: un espíritu aguerrido y magnánimo que estaba dispuesto a hacer el bien siempre, aunque sea solo y recibiendo críticas de los pusilánimes; y verdaderamente caritativo: pues a los Novicios los ama a todos por igual, como a hijos, en cambio a los religiosos los quiere como amigos y hermanos; siempre conservando de parte de él el respeto y devoción a la jerarquía y el hábito, pero humildemente buscando la amistad estrecha. Por eso, que es un honor para Chile haber tenido este hijo cristiano y patriota; y es un privilegio para el IVE entero poder contarlo en nuestras filas”.

En una carta que luego de mi asistencia, le leyó su hija, le decíamos: “Estamos de corazón contigo y tu familia en este momento, y si toca partir, queremos por favor que lleves estos corazones, que te acompañen y puedas presentarlos como ofrenda por ti y nosotros a María Santísima. Presentarlos junto con nuestras intenciones, pero, ante todo, como cosa de la que ella ya es dueña y señora, y como acción de gracias por dejarnos tenerla, tú y nosotros, como nuestra verdadera Madre”.

A la Virgen, a la cual estaba Alejandro consagrado en Materna Esclavitud de Amor, y al Sagrado Corazón de Jesús, al cual también se consagró, les pedimos por el alma de Alejandro, y les rogamos que atiendan los ruegos que, como confiadamente creemos, el Ale ya se encuentra dirigiéndoles por todos nosotros.
¡Deo Gratias!

P. Joaquín Vicente, IVE