Por: P. Lorenzo Senaccioli, IVE

 

Escribía el P. Segundo Llorente, misionero en Alaska, en su libro Cuarenta años en el circulo polar:

Un día llevaron dos niñas para que las bautizase. Ya tenían nombres indígenas; el nombre cristiano habría sido lo que yo le hubiera puesto. Sin titubear por un momento, les di los nombres de mi madre y mi abuela, y procedí a bautizarlas con la mayor solemnidad que pude emplear.

Las aguas bautismales ahogan en alegría y satisfacción. Un bautismo, aquí en la tundra, me parece un refresco que Dios ha preparado para un misionero después de un penoso viaje a través de tormentas de nieve.

Tres meses después me di cuenta de que la que llevaba el nombre de mi madre se había muerto.

“Y sea”, me dije, “un alma más que rezará incesantemente por mí en el cielo hasta que llegue mi turno. Un alma más que está en el cielo dando gloria a Dios, porque Dios quizo elegirme a mí para bautizarla”.

Pude experimentar algo similar hace unos días, cuando las hermanas de la Madre Teresa me llamaron para bautizar a un enfermo en el hospital.

Aleksey tenía tuberculosis y SIDA, y en una visita a su casa antes de ser hospitalizado, otro sacerdote le había dado una pequeña catequesis sobre la fe cristiana.

El día que fuimos al hospital estaba acostado y no recordaba la visita del padre, así que le hablé brevemente sobre el bautismo, con mi pobre ruso, y después de expresar su consentimiento, Aleksey se convirtió en hijo de Dios, pobre, sufriente y solo.

Una de las hermanas misioneras lo animó a orar en el dolor: «Jesús en ti confío… Jesús en ti confío», invitándolo a repetir esas palabras. Las Hermanas compraron todas las medicinas para su tratamiento y se las dejaron a una enfermera.

Después de unos días otra llamada de las hermanas. Aleksey se ha ido al cielo.

Como otras veces, las misioneras de la caridad organizaron el transporte al cementerio y el entierro.

En una colina en el cementerio de Dushanbe, en una tarde nublada, en una simple fosa excavada en la tierra, después de las oraciones de exequias, en el momento de tirar la tierra con las manos tres veces sobre el ataúd, como es tradición, antes de que los hombres a cargo lo cubrieran, estas palabras me vinieron a la mente: “Adiós Aleksey! Nos vemos pronto!”.

 

Seguía el P. Llorente: Estos consuelos no los gustan los mundanos. Los tiene reservados Dios para sus misioneros. El que quiera hacer la prueba que se haga misionero.

P. Lorenzo Senaccioli, IVE

Misionero en Tayikistan