Ir con espíritu de oración de un lugar a otro, de una ciudad a otra, en el espacio particularmente marcado por la intervención de Dios, no solamente nos ayuda a vivir nuestra vida como un camino; también nos presenta plásticamente la idea de un Dios que nos ha anticipado y nos precede, que se ha puesto él mismo en camino por las sendas de los hombres, que no nos mira desde lo alto, sino que se ha hecho nuestro compañero de viaje. (San Juan Pablo II, Carta sobre la Peregrinación a los lugares vinculados con la Historia de la Salvación)

Hay un desafío común, al parecer, a toda crónica: el de poder narrar en muy poco espacio un sinnúmero de experiencias y anécdotas. En el caso de nuestra hermosa peregrinación, la desproporción parece descomunal: pocas páginas para 43 días, unos 8500 km recorridos (¡sin contar los vuelos!), el paso por 6 países, unos 100 templos visitados, y decenas de nuevos conocidos y nuevas amistades, sin poder siquiera contar las gracias y regalos de Dios particulares que cada uno de los 15 jóvenes y 3 religiosos trajo consigo. El motivo principal que nos llevó a cubrir tales distancias fue la participación en la Jornada Mundial de la Juventud, realizada en Cracovia, Polonia.

Nos proponemos armarles entonces más bien una suerte de muestrario de lo que fue nuestro viaje, y con gran alegría nos comprometemos a explayarnos sobre cualquier punto del mismo ante quien así lo requiera. El fin principal es dar gracias a Dios por algo tan enorme e inmerecido, invitar a los lectores a unírsenos en esta acción de gracias, y hacer que quede escrito algo de esta experiencia, para nosotros mismos y para todos.

La peregrinación comenzó el 23 de julio, y ya el 24 teníamos la primerísima gracia de poder celebrar la Fiesta de Santiago Apóstol en tierra española, en el aeropuerto de Madrid. Retiramos los vehículos en Roma, y emprendimos el viaje de 2 días hasta Praga; una corrida exigente y contra el tiempo, a fin de tomar el tren ya pagado hasta Cracovia. Logramos providencialmente el objetivo, y el 28 de julio ya estábamos en tierras de San Juan Pablo Magno. Nos alojamos allí en un hermoso pueblo de montaña a 1h de Cracovia, Mszana Dolna. Fue muy edificante la acogida que nos brindaron en ese lugar, y también toda la gente de Polonia.

En este país pudimos visitar la casa natal de San Juan Pablo II, la pila donde fue bautizado, el santuario de Kalwaria, la catedral de Wawel en Cracovia, la iglesia de los Carmelitas y el Santuario de La Divina Misericordia (junto con el convento donde vivió Sor Faustina, y la capilla donde se encuentran el milagroso cuadro de Jesús Misericordioso y las reliquias de la santa).

El primer encuentro con el Papa fue en la Vigilia, que culminó con la Misa multitudinaria del domingo. En dicha Vigilia se congregaron casi dos millones de jóvenes de las más variadas nacionalidades, ante los cuales los 15 argentinos nos sentíamos una pequeña gota de agua en el mar. En todo momento el Papa alentó a los jóvenes a seguir de cerca a Cristo. En su homilía, comentando el episodio del encuentro con Zaqueo, dijo “También nosotros podemos hoy caer en el peligro de quedarnos lejos de Jesús porque no nos sentimos a la altura, Esta es nuestra “estatura”, esta es nuestra identidad espiritual: somos los hijos amados de Dios, siempre”.

Finalmente el lunes realizamos una impactante visita a los campos de concentración y exterminio de Auschwitz y Birkenau.

Luego de esa visita dejamos definitivamente Polonia para visitar por un día entero la hermosa ciudad de Praga; ciudad escenográfica, diría un sacerdote, con toda razón. Antigua Capital del reino de Bohemia, tuvo una cristiandad floreciente, que aunque no en su actual gente y cultura, sí quedó reflejada en sus templos. Visitamos el Castillo, la Catedral de San Vito, Nuestra Señora de Tyn, entre otros lugares. Celebramos la Misa en el Santuario del Niño Jesús de Praga, y al día siguiente partimos para Alemania. Visitamos allí Munich y Núremberg, celebramos Misa sobre las reliquias del Beato Rupert Meyer, visitamos las catedrales de dichas ciudades, y el Dokumentationzentrum; museo dedicado a la historia del nazismo en Núremberg, donde Hitler organizaba sus concurridas reuniones y monumentales exhibiciones del poderío de su partido.

Seguimos camino con destino a Lyon, en Francia. Allí, como antes en Alemania, nos recibieron generosamente religiosos de nuestra familia. Cenamos en la comunidad de las hermanas en Loire-Sur-Rohne, con el festejo del cumpleaños de Santiago, uno de los jóvenes peregrinos. En Lyon visitamos la Catedral y la Basílica de Nuestra Señora, que se ve en la cima de una colina desde toda la ciudad. En esta ciudad también pasamos por el antiguo anfiteatro romano, testigo de tantos martirios cristianos. Se destaca sobre todo lo vivido en Francia las visitas a la ciudad de Ars y Paray-le-Monial, esta última cuna de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Tuvimos la enorme gracia de celebrar la Santa Misa ante las reliquias del Santo Cura de Ars, de quien decía San Juan Pablo II: “Podría decirse que Juan María Vianney quería, en cierto modo, arrancar a Dios las gracias de la conversión no solamente con sus oraciones, sino también con el sacrificio de toda su vida. Quería amar a Dios por todos aquéllos que no le amaban y a la vez, suplir en buena parte las penitencias que ellos no hacían. Era realmente el pastor siempre solidario con su pueblo pecador.”

Despidiéndonos de Francia, camino a Italia, nos detuvimos en la Venecia francesa, Annecy, donde recorrimos algunas de sus calles y apreciamos los hermosos canales de aguas turquesas. En la misma ciudad rezamos ante la tumba de San Francisco de Sales, el santo de la dulzura, y de Santa Juana de Chantal, cofundadora de las visitandinas. Luego del largo viaje nos recibieron nuestro padres de Rocca d`Arazzo, Asti, al norte de Italia.

La “Bella Italia” merecería sin dudas una crónica aparte, cuna de grandes santos, cuna de la civilización misma, testigo privilegiado del caminar del hombre en este mundo, del caminar de la Iglesia en la tierra. También es la sede de una parte de nuestra familia floreciente, fuerte y joven, como rama unida al gran tronco de catolicidad y romaneidad que late en el centro de ese país.

Sobre lo vivido en Italia, sin contar aún la peregrinación por la misma Roma, nos queda sobre todo el recuerdo de tantos santuarios y ciudades emblemáticas, y en especial las Misas celebradas; ante las reliquias de Santa Gema Galgani, Santa María Goretti; en las capillas originales donde vivieron y murieron santos como San Juan Bosco, Don Orione. Además, visitamos las reliquias y santuarios del Beato Pier Giorgio Frassati, Santa Gianna, San José Benito Cottolengo, entre otros.

Y volvimos a Roma, donde habíamos comenzado nuestro viaje, pero solo habíamos estado de paso. Justamente algo que buscamos siempre conservar en el corazón es esa vuelta a Roma, y el hecho de que uno, en cuanto católico, siempre en Roma se encuentra como en su casa. Tanta cercanía a Nuestro Señor Jesucristo y su obra nos pareció una muestra viva de esa Ciudad Eterna y Celestial a la que todos anhelamos volver al fin.

Visitamos las Basílicas Mayores, pudimos recorrer las excavaciones de la Tumba de San Pedro, tuvimos Misa en el altar de San Juan Pablo Magno, en la Cámara de San Ignacio, en hermosas capillas dentro de las Basílicas de San Pablo Extramuros, y Santa María la Mayor. Tuvimos también aquel contacto directo que tiene todo el que se acerca a las colosales ruinas del Imperio, como el Foro Romano y el Coliseo en contraste con las humildes catacumbas de quienes por su sangre conquistarían espiritualmente el Imperio. Finalmente, menciono de manera especial la experiencia de poder venerar aquellas reliquias de Tierra Santa y de nuestro Señor que se encuentran en Roma. Momentos cumbres de toda la peregrinación fueron la subida por la Escala Santa, rezar ante la Columna de la Flagelación en la Basílica de Santa Práxedes, y visitar las reliquias de la Santa Cruz en la Basílica de Santa Croce in Gerusalemme.

Como coronación de toda la peregrinación, pudimos participar en la Canonización de la ahora Santa Teresa de Calcuta. Para todos fue como un culmen de la vivencia de catolicidad que experimentamos durante todo el viaje. Ahora la contamos a esta Santa como particular amiga e intercesora de cada uno de nosotros. Le encomendamos a ella que perduren y fructifiquen en cada uno tantas gracias recibidas.

Mucho más queda por narrar, de todo el viaje y de Roma en particular. Agradecemos a todos los que hicieron posible esta experiencia única en la vida, a todos los que nos recibieron, especialmente los miembros de nuestra familia religiosa, y a todas las personas que se dedican a asistir a los peregrinos.

Termino con unas palabras de San Juan Pablo II, quien, haciendo referencia al caminar incansable de todo peregrino, concluye:

En el Evangelio, Jesús se nos presenta siempre en camino. Parece que tuviera prisa de ir de una parte a otra para anunciar la cercanía del Reino de Dios. Anuncia y llama. Su «sígueme» obtuvo la pronta adhesión de los Apóstoles (cf. Mc 1,16-20). Sintámonos todos alcanzados por su voz, su invitación, su llamada a una vida nueva.

Lo digo sobre todo a los jóvenes, ante los cuales la vida se abre como un camino rico de sorpresas y de promesas.

Lo digo a todos: ¡Vayamos tras las huellas de Cristo!


Instituto del Verbo Encarnado

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