Con aprecio a las hermanas que cumplen
a diario aquel “MIRAD, QUE SOY YO!”

Mientras caminaba de regreso al convento, por las callecitas del barrio donde está el Hogar de Misericordia de nuestras hermanas, por ser ya de noche y, por tener las casas, alguna puerta o ventana abierta, se hacía visible la vida cotidiana de la gente de este lugar. Como era la hora de cenar algunos se hallaban comiendo, ya sentados en el piso, ya en un banco, en la misma sala donde no se veía más que una sola cama, si es que la había y llena de ropas arrojadas por encima; utensilios de cocina desparramados; una que otra silla, si la había. Tanto adultos como niños o ancianos, todos en la misma y única habitación que hacía de “casa”. Habitación pequeñísima y pobrísimamente iluminada.

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Así como se iban sucediendo las casitas, así también esta misma realidad con distintos matices. Así como yo iba acercándome al convento, así también crecía la conciencia de esa realidad tan dura, no sólo material, sino por sobre todo moral y espiritual.

Al llegar al convento ingresé por el comedor del Hogar donde, contrariamente, todo era claridad, luz, espacios amplios, una mesa larga bien tendida, con sillas alrededor y una buena comida para la cena; pero lo más importante eran las niñas alrededor de ella, llenas de risas, charlando; y obviamente, el cariño y cuidado de las hermanas que las atendían. Mi reacción natural fue: ¡Qué contraste! ¡Otro mundo! Y en el mismo barrio, ¡a sólo pocos metros! Esto era un hogar. Estas niñas que ahora bajo el cuidado de las hermanas estaban gozando de ese espiritu de familia, venían de ese otro mundo, de esa triste y cruda realidad, tan solo a unos pasos, ahí afuera.

De esa realidad vienen, por ejemplo, Rosita[1] y su hermanita menor. Se puede decir que, aunque se acostumbraron rápido a la vida del Hogar, llamaba la atención la dificultad de Rosita, la mayor, para comunicarse con el exterior. Parecía tener un cierto retraso mental, no reía, casi no hablaba, no reaccionaba a los estímulos o muestras exteriores. En fin, se pensaba que tenía alguna discapacidad. Pero no. El remedio fue el mismo usado en problemas similares con otras niñas que han pasado o están en el Hogar: el amor manifestado en el afecto, en el cuidado, en la atención. Era solo cuestión de tiempo y afecto. Su mamá había sido una mujer de malos hábitos, no tenía papá, su abuela, bajo cuyo cuidado estaba, apenas si podía con ellas. Por eso Rosita y su hermana solían estar todo el día en la calle, sucias, con hambre, sin ir a la escuela y, por sobre todo, expuestas a todo lo que la calle da u ofrece. Así las conocieron las hermanas. Hoy Rosita no sólo ríe, juega y se relaciona normalmente con los demás, sino que además de ser la primera en su clase, toma clases de violín, canto y sobre todo, lleva vida de gracia.

Algo parecido sucedió con Elena y su hermana mayor, quienes venían de una familia con muchas dificultades, realmente necesitada. Particularmente Elenita, quien llegó teniendo 2 años, no parecía reaccionar, al igual que Rosita, a las muestras de cariño y estímulos. Hoy, con el tiempo y el amor, se puede decir que es una niña más que normal –si cabe este término- jovial, traviesa, inquieta, con todas las “cualidades” de ser la más pequeña de la casa.

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Pero no siempre la respuesta al amor es amor, media la libertad personal. Dos ejemplos: María, una adolescente de 13 años, llegó al Hogar en una situación delicada, y por recomendación. Había sido golpeada por otra joven en una pelea callejera a causa de un jovencito. En el golpe cayó al suelo y se quebró el brazo. No teniendo donde ir, llegó al Hogar donde las hermanas  se encargaron de su cuidado y recuperación.

En cambio, Jocelyn, de 16 años, llegó por propia voluntad buscando un lugar seguro donde vivir, ya que en su casa corría riesgo. Por su triste experiencia de no tener una familia, quería aprender, y luchaba, y era dócil a lo que las hermanas le enseñaban.

Las dos recibieron el mismo afecto y cuidado, la misma generosidad de parte de las hermanas, pero decidieron distinto.

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María, habiendo pasado un largo tiempo, cuando logró su total recuperación decidió escapar y volver al mismo ambiente. Prefirió seguir en las mismas condiciones de vida, prefirió “su mal interpretada libertad”, decidió mal. Sólo Dios conoce el dolor que esto causó al corazón de las que, con tanto amor la cuidaban.

Jocelyn, con el paso del tiempo, viviendo vida de gracia y, particularmente por el ejemplo de amor y entrega de las hermanas, tomó otra decisión, totalmente distinta: decidió entregar su vida a Jesús. Hoy es misionera. Decidió bien.

Podríamos seguir ilustrando este concreto amor de las hermanas a Jesús en sus más necesitados, en sus pobres, pero sería extendernos mucho.

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Ahora, ¿por qué no escriben estas líneas las mismas protagonistas de esta historia? ¿Las que a diario practican y hacen concreto el “Mirad, que soy Yo”? Podríamos responder: porque con tantas ocupaciones no tienen tiempo de sentarse a escribir o, porque no escriben español (son todas hermanas filipinas) o…. Pueden haber o podemos poner muchas otras razones valederas, pero pienso que la principal y fundamental es porque para ellas, estas cosas que suceden a diario, son parte de su oficio de madres, y una madre no necesita estar contando lo que, a diario, hace por amor, lo guarda en su corazón, pasa desapercibido.

A diez años de nuestra fundación en Filipinas queremos agradecer especialmente a estas hermanas nuestras que, en situaciones no fáciles, diariamente se entregan de modo generoso, en el silencio y en la abnegación, propios del oficio de madres, a hacer más digna y sobrenatural la vida de aquellas almas que Dios les ha puesto en sus manos. Que Él mismo les recompense tantos desvelos, cuidados y sacrificios en bien de sus hijos.

M. Concepción

Misionera en Filipinas

Pueden visitar el link para conocer más sobre esta hermosa obra: https://www.facebook.com/lujanmercyhomeforgirls

[1] Los nombres que usamos son ficticios.

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